DÍA 178
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-Mario Mejía-Día 178
Marzo 1 de 2023, miércoles.
Mi mirada saltó a través de la ventana del vagón y siguió el curso del río. Lucía estéril y marrón. Sus aguas sórdidas corrían de sur a norte en pocas cantidades características del verano, e imaginé que así lucían mis pulmones, y que así fluía el aire viciado dentro de ellos. En efecto, pesqué un resfriado que triscaba en abundante mucosidad y estornudos apremiantes. Por supuesto, ya no estaba respirando en verde y azul, habitando un lugar remoto en medio del mar y la selva, ajeno a la polución encarnada en la ciudad a la que decidí regresar. Existían razones de peso para estar ahí en ese momento y debía asumir las consecuencias de la reintegración.
Me presentaría a la 1pm en las oficinas de la compañía para la que solía trabajar. Mi vista oscilaba entre docenas de caras apiladas al interior del tren —que avanzaba, como el salmón, en sentido contrario al río—, el río obsceno y la geometría de los vehículos que avanzaban rápidamente por la autopista paralela a la vía férrea, y de las construcciones grises que se desplegaban por doquier, y que, en muchos casos, escupían al cielo bocanadas de humo negro a través de sus despiadadas chimeneas. Entretanto, hablaba en mis auriculares la filósofa española Maite Larrauri, exponiendo la crucial diferencia entre los imperativos hipotéticos y categóricos kantianos, centrada en la calidad de un principio moral en sí mismo dentro de cada uno de nosotros que confiere un carácter irrefutable al segundo, frente a la mera intención —por loable que pueda ser— irresoluta del primero.
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Ya en las instalaciones de la empresa, saludé a viejas caras conocidas en la sala de recepción, advirtiendo el choque térmico entre la tórrida atmósfera externa y la temperatura glacial gestionada por los contundentes sistemas de ventilación.
Cinco minutos después me hallaba reunido en una oficina cuadrada de paredes blancas con el gerente de la compañía, un hombre cincuentón, alto, robusto, piel blanca y una frente pronunciada y flanqueada por un cabello gris muy corto; su esposa, una mujer de pasados los cuarenta, delgada rubia, muy blanca; y la asistente de la segunda, que rondaba los cincuenta, de cabello negro y ojos redondos de color miel. Atendiendo a su petición, les ofrecí un recuento ligero de mi experiencia chocoana. Acto seguido se colocaron las cartas sobre la mesa, y estando de acuerdo, se cerró el trato: el lunes siguiente tomaría con ellos un nuevo cargo.

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