DÍA 194

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-Mario Mejía-

Día 194
Marzo 17 de 2023, viernes.




Caminaba, como de costumbre, hacia el paradero del autobús. Una realidad matutina bastante homogénea: gente que iba y venía, trabajadores de aire entusiasta y de caras apesadumbradas, una que otra alma entregada al deporte, algunos que cargaban la noche sobre sí, una botella y un cigarro en la mano y la presunta intención de hacer perdurar la juerga, y otros que parecían no saber para dónde iban, o en qué sitio estaban parados.
En el cordón que dividía las dos calzadas de una de las principales avenidas del centro, tirado en el piso, observé a un tipo. Se veía andrajoso, vistiendo un jean y una franela blanca que cubría el dorso y la totalidad de su cabeza. No usaba calzado, ni calcetines. Yacía recostado sobre lo que me pareció una bolsa de basura, que, a razón del peso ejercido, dejaba escapar parte de su contenido a través de una hendija. No advertí palidez ni rigidez post mortem, por lo que lucía biológicamente vivo, y digo biológicamente, porque moralmente, en lo que a mí respectaba —como lo expresé antes—, alcanzar aquel nivel de degradación era, de cierto modo, como estar muerto en vida. No culpaba al hombre por su deplorable condición. No tenía idea de si obedecía a pobreza extrema, drogadicción, alcoholismo, o a una insana proclividad por vivir de esa manera, pero, debo decirlo, me asqueaba. A su alrededor, cientos de vehículos fluían de norte a sur y viceversa; multitud de personas —a excepción de pocas trayectorias diagonales— de oriente a occidente y viceversa; probablemente, previo a la afluencia, si había pasado allí la noche, un alud de ratas le brindaron compañía también. Me cuestioné de dónde y hacia dónde iba ese individuo, no porque en mi caso estuviera muy claro, sino por pura curiosidad. Lo que sí estaba claro era que mi estado anímico se la pasaba de arriba para abajo con una alternancia tan frecuente que empezaba a exasperarme.
Fue una jornada laboral muy uniforme también. Desde el balcón del comedor avisté el avasallante desarrollo urbanístico, estampado en incontables y enormes construcciones civiles. Un gran edificio permanecía velado de negro, a la espera de ser terminado y ostentar su presencia.
Esa tarde me decía que, al menos, el trabajo —ese trabajo— concluía a la hora de salida, es decir, no se iba conmigo a casa. No obstante, esa noche me percaté de que hubo algo que me acompañó: el recuerdo de una especie de ave desconocida para mí que solía frecuentar las instalaciones de la compañía, al escuchar un graznido procedente del exterior; la expectativa de que las luces de un pasillo en mi lugar de residencia se encendieran automáticamente al ser activadas por un sensor de proximidad, como sucedía en algunas secciones de la empresa, y la invasiva sensación, en un par de ocasiones, de estar siendo vigilado en casa por un circuito de cámaras.

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