DÍA 182
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-Mario Mejía-Día 182
Marzo 5 de 2023, domingo.
“Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra. Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
—Estoy indefenso —le dije, vino y empezó a picotearme, lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies; ahora están casi hechos pedazos.
—No se deje atormentar —dijo el señor, un tiro y el buitre se acabó.
—¿Le parece? —pregunté, ¿quiere encargarse usted del asunto?
—Encantado —dijo el señor; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿puede usted esperar media hora más?
—No sé —le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí: —por favor, pruebe de todos modos.
—Bueno —dijo el señor, voy a apurarme.
El buitre escuchó tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que lo había comprendido todo: voló un poco lejos, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación: en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.
[El buitre]
—Franz Kafka
Como al buitre, aquel cuento de Kafka me ahogó cuando abrí los ojos, dando apertura a mi mañana consciente.
--- --- --- --- ---
La última vez que circulé en bicicleta por una ruta pavimentada fue una calurosa noche en la pista de aterrizaje de Capurganá, mientras pretendía lapidar el desasosiego con cada pedalazo.
Aquella mañana transitaba sobre las dos ruedas, después de un tiempo, por las avenidas de la ciudad. Había acordado con Tífany salvar los kilómetros que nos separaban del municipio de Barbosa. Esperaba que llevando a cabo una actividad que me proporcionaba tanto bienestar conseguiría medianamente desasnar el escollo que amenazaba con hacerme naufragar en las alevosas aguas de mi inestabilidad emocional. Al respecto obtuve una respuesta dual, experimentando un regocijo renovado por el entorno rural, por las ingrávidas pero estimulantes gotas de lluvia que nos acompañaron durante una parte del trayecto, y por la sensación de libertad inherente a surcar el viento a cierta velocidad. Ahora bien, lo anterior fue ligeramente mancillado por un fuerte dolor muscular que pareció desatarse a razón del período considerable que permanecí al margen de largas travesías en bicicleta; probablemente, también por la mala costumbre de prescindir de un concienzudo estiramiento. Tal situación sembró en mí el germen de la tribulación, considerando que aquel recorrido no representaba mayor exigencia. Desde mucho antes de regresar a Medellín me hallaba expectante por realizar largas rutas, visitar pueblos, como solía hacerlo, así que el asunto no dejó de taladrarme el cerebro.
De regreso, una fuerte lluvia transitoria, una que otra chimenea industrial estropeando la escena con sus densas emanaciones y un deleite claramente eclipsado por una pierna afectada a tal punto que me imposibilitó zanjar la última fase del itinerario. Finalmente, mi amiga se ofreció a llevarme —y a mi bicicleta— a casa. Acepté, como acepté también el sabor amargo que suponía la posibilidad de que aquel perjuicio volviera a presentarse.
--- --- --- --- ---
Por una u otra razón el Caribe colombiano continuaba presentándose en mis días, ya en forma de recuerdo, ya como acontecimiento nacional, tal y como sucedió en esa ocasión, dando de qué hablar luego de devorar a dos mujeres después de que la embarcación en la que navegaban naufragara, a razón del estrepitoso oleaje, en el Parque natural Tayrona, en el departamento del Magdalena.
—Estoy indefenso —le dije, vino y empezó a picotearme, lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies; ahora están casi hechos pedazos.
—No se deje atormentar —dijo el señor, un tiro y el buitre se acabó.
—¿Le parece? —pregunté, ¿quiere encargarse usted del asunto?
—Encantado —dijo el señor; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿puede usted esperar media hora más?
—No sé —le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí: —por favor, pruebe de todos modos.
—Bueno —dijo el señor, voy a apurarme.
El buitre escuchó tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que lo había comprendido todo: voló un poco lejos, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación: en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.
[El buitre]
—Franz Kafka
Como al buitre, aquel cuento de Kafka me ahogó cuando abrí los ojos, dando apertura a mi mañana consciente.
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La última vez que circulé en bicicleta por una ruta pavimentada fue una calurosa noche en la pista de aterrizaje de Capurganá, mientras pretendía lapidar el desasosiego con cada pedalazo.
Aquella mañana transitaba sobre las dos ruedas, después de un tiempo, por las avenidas de la ciudad. Había acordado con Tífany salvar los kilómetros que nos separaban del municipio de Barbosa. Esperaba que llevando a cabo una actividad que me proporcionaba tanto bienestar conseguiría medianamente desasnar el escollo que amenazaba con hacerme naufragar en las alevosas aguas de mi inestabilidad emocional. Al respecto obtuve una respuesta dual, experimentando un regocijo renovado por el entorno rural, por las ingrávidas pero estimulantes gotas de lluvia que nos acompañaron durante una parte del trayecto, y por la sensación de libertad inherente a surcar el viento a cierta velocidad. Ahora bien, lo anterior fue ligeramente mancillado por un fuerte dolor muscular que pareció desatarse a razón del período considerable que permanecí al margen de largas travesías en bicicleta; probablemente, también por la mala costumbre de prescindir de un concienzudo estiramiento. Tal situación sembró en mí el germen de la tribulación, considerando que aquel recorrido no representaba mayor exigencia. Desde mucho antes de regresar a Medellín me hallaba expectante por realizar largas rutas, visitar pueblos, como solía hacerlo, así que el asunto no dejó de taladrarme el cerebro.
De regreso, una fuerte lluvia transitoria, una que otra chimenea industrial estropeando la escena con sus densas emanaciones y un deleite claramente eclipsado por una pierna afectada a tal punto que me imposibilitó zanjar la última fase del itinerario. Finalmente, mi amiga se ofreció a llevarme —y a mi bicicleta— a casa. Acepté, como acepté también el sabor amargo que suponía la posibilidad de que aquel perjuicio volviera a presentarse.
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Por una u otra razón el Caribe colombiano continuaba presentándose en mis días, ya en forma de recuerdo, ya como acontecimiento nacional, tal y como sucedió en esa ocasión, dando de qué hablar luego de devorar a dos mujeres después de que la embarcación en la que navegaban naufragara, a razón del estrepitoso oleaje, en el Parque natural Tayrona, en el departamento del Magdalena.

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