DÍA 180

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-Mario Mejía-

Día 180
Marzo 3 de 2023, viernes.




Una vez más me presenté en el centro de salud. En esa ocasión fui solo. El dolor de mi madre era incisivo y persistente. Precisaba la asignación de una cita. De nuevo, las caras estampadas de desagrado e irritación, las miradas enfermizas, la mujer de piedra enmarcada en la ventana y la enfermera de hostil semblante. Nuevamente, la espera, los fichos, un minutero agonizante. Deseé que el sistema no caducara justamente en el momento en que adjudicarían las consultas, tal y como sucedió pocos días antes. Mientras ese instante llegaba, leí la carta que al naturalista, poeta, novelista y dramaturgo alemán Johann Wolfgang von Goethe escribió su coterráneo Arthur Schopenhauer el 11 de noviembre de 1815:

“No se encuentra la verdad no porque no se la haya buscado, sino por la sencilla razón de que no se la buscó adecuadamente, y es que, en vez de hallarla a ella, se trató de reencontrar una opinión ya preconcebida. Con tal propósito había que dar rodeos e idear toda clase de subterfugios y utilizarlos contra los demás y también contra uno mismo. El valor de no guardarse ninguna pregunta en el corazón es lo que hace al filósofo. Este tiene que asemejarse al Edipo de Sófocles, que, en busca de ilustración acerca de su terrible destino, no cesa de indagar aun cuando intuye que de las respuestas que reciba puede sobrevenirle lo más horrible. Mas la mayoría de los filósofos portan en su interior una Yocasta, la cual ruega a Edipo, en nombre de todos los dioses, que no siga inquiriendo, y como ceden ante ella, así le va a la filosofía siempre como le va".

[Carta a Johann Wolfgang von Goethe]
—Arthur Schopenhauer

Me llamaron por un número. Era mi turno. No hubo fallas en el sistema. Obtuve la esperada cita, que tuvo lugar esa misma tarde. Consistió en una revisión presurosa y la prescripción de una radiografía lumbosacra —parte baja de la columna— que sería necesario gestionar en otro sitio.

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Me reuní con Tífany poco antes del ocaso. Bebía una cerveza en un teatro-bar del centro que disponía algunas de sus mesas en el exterior, un pasaje estrictamente peatonal, dotado de un tenue dosel arbóreo y de la presencia de esos rostros que poco o nada me importaban, pero que por alguna razón esperaba volver a ver. Permanecimos allí alrededor de dos horas, poniéndonos al tanto de nuestras novedades. Entregada como estaba a la dinámica ciclística, factor que yo echaba de menos, charlamos un poco al respecto y convenimos que, como ocurría con la vida misma, la ausencia de altibajos en una ruta plana terminaba por tornarla tediosa.
Mi amiga estaba perfectamente al tanto de esa parte que extrañaba de la ciudad y su condescendencia al respecto fomentó una suerte de pequeño tour por algunos bares. Fue divertido descubrir de nuevo en las pantallas de los establecimientos a Jim Morrison, Scott Weiland, Chris Cornell, Billy Corgan y otros artistas legendarios, disfrutar de sus músicas, compartir en esos espacios donde convergían la gente, el rock, los cromatismos y las bebidas de colores. Todo estuvo bien, pero algo dentro de mí, sin tener claro siquiera de qué se trataba, sin importar dónde y con quién me hallara, no lo estaba. 

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