DÍA 216

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-Mario Mejía-

Día 216
Abril 8 de 2023, sábado.




Una mujer sonámbula retorna a la vigilia a causa de los gritos de sus dos hijos. Se descubre totalmente impregnada de solvente para pintura tras haber vaciado sobre ellos, y sobre sí misma, el recipiente en el que estaba contenido. Sostiene en una mano un cerillo que estuvo a punto de encender. La joven de trece años, alérgica a las nueces, es prácticamente obligada por su madre a acompañar a su hermano mayor a una fiesta. Ya en sitio, el joven, que exhibe una incipiente adicción a la marihuana, se deshace —no con poco esfuerzo— de la muchacha instándola a acercarse a una salita en la que un apetitoso pastel dispuesto sobre una mesa invita a ser consumido. Un rato después, la chica se incorpora a la estancia en la que su hermano, acompañado de otros adictos, se está drogando. Es presa de un agudo episodio alérgico que obedece a la presencia de nueces en la tarta. Expresa sentir que su garganta se cierra, obstruyendo su respiración. El tipo la alza en brazos y apresuradamente la lleva hasta el vehículo de sus padres, el mismo en el que llegaron a la celebración. La acomoda en el asiento trasero, se sienta al volante y acelera a fondo con el objetivo de llevarla cuanto antes a un hospital. La velocidad del automóvil aumenta y la gravedad del ataque manifiesta un idéntico comportamiento. Agobiada por la falta de oxígeno, la joven gira la manija, provocando el descenso del vidrio. Saca la cabeza por la ventana en un afanoso impulso de respirar. La oscuridad reina y la visibilidad en la solitaria vía es precaria. De repente, el espectro luminoso emitido por los faroles del auto alcanza una masa extraña sobre la carretera: el cadáver de un ciervo. El conductor efectúa una abrupta maniobra con el fin de evadirlo. Termina por acercarse peligrosamente al margen derecho del camino. La cabeza de su hermana impacta violentamente contra un poste del sistema eléctrico, se desprende del cuello y rueda sobre el asfalto. El joven frena en seco con semblante consternado. Permanece quieto, en silencio y arrestado por un shock nervioso. Sabe lo que pasó. No halla la manera de asumirlo en el instante.
—Estás bien. —modula con voz trémula y reanuda la marcha sin mirar atrás. Conduce hasta su casa. Estaciona el coche y camina hasta su habitación como autómata. Pasa el resto de la noche en vela. Horas después, la mañana. Los gritos desgarradores de su madre tras dar un vistazo al vehículo, como un muro de concreto contra el que se estrella, se presentan ante él constatando su siniestra realidad.

Siempre me gustó el cine de terror y suspenso psicológico. Sin embargo, cada vez era más difícil encontrar una buena película enmarcada en ese género. Lo anteriormente descrito era para mí una auténtica genialidad, una muestra fehaciente de que existían elementos que, sin necesidad de apelar a una ficción innecesaria, desbordada y en ocasiones malograda, podían atribuir a un filme el carácter perturbador que lograba el cometido sustancial de una producción de terror. Es decir, que la cabeza de la joven se separara de su cuerpo y rodara por el pavimento estaba bien, y hasta podía impactar, pero que el tipo condujera hasta su casa con el cuerpo decapitado de su hermana y se fuera luego a la cama —claro está, sin poder pegar el ojo en horas— a la presunta espera de que sus padres hicieran el hallazgo: eso eran las ligas mayores, lo que realmente hacía el trabajo.
En mi opinión, mientras más cercanía tuviera una propuesta con la realidad, más interesante resultaba la construcción de ese concepto que operaba, a mi modo de ver las cosas, como un verdugo de la mente.

Esa noche tuve el gusto de ver, por segunda vez, [Hereditary], una película del 2018 dirigida por el estadounidense Ari Aster, un genio indiscutible en ese tipo de tramas retorcidas y exquisitas.

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“Soñé con vos. Fue un sueño extraño. Acordé visitarte en algún lugar. Poco antes de llegar al sitio, me notificaron que acababas de morir. De igual forma, acudí a tu encuentro. Eras muy pequeño. Eras un niño. En efecto, habías muerto, pero lo ignorabas al parecer. Te veías muy triste. Yo trataba de explicarte de algún modo lo que estaba pasando, como si fuera el encargado de hacerte entender”. —Me escribió Esteban Arroyave.

Ya había hablado de escenarios equiparables a estar muerto en vida. Tenía la certeza de que Esteban leía cada uno de los textos que socializaba. De hecho, era recurrente —y enardecedor— leer sus comentarios de vuelta. Me pregunté si el hecho de introducir ese asunto de manera reiterativa en mis escritos había repercutido en su curioso sueño, y, por supuesto, me cuestioné qué podía significar. 

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