DÍA 66
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-Mario Mejía-
Día 66
Noviembre 9 de 2022, miércoles.
Escribía en la caseta y una de las chicas que pasó la noche en una carpa —no tomó parte de la integración del día anterior—, pereirana, de piel blanca, cabello oscuro y largo, fue picada por un erizo cuando salía del agua. Se acercó preguntando por una aguja para tratar de retirar una púa que se quedó enterrada en uno de los dedos de sus pies. Señaló que le causaba un dolor punzante. El profe retiró una espina de un cactus para suplir la aguja, y al parecer, le resultó útil.
Esa madrugada Fernando y Gabriel Durán viajaron a Necoclí, desde donde se desplazarían en bus hasta Montería —municipio localizado al norte de Colombia, y capital del departamento de Córdoba—. Allí tomarían una avioneta que los llevaría, finalmente, a su lugar de residencia, Bogotá.
El segundo sembró en mí, el día anterior, el interés por el nado con esnórquel. El profe contaba con unas gafas de natación, y haciendo uso de ellas, entré al mar con el fin de comprobar cómo serían las cosas al carecer del tubo para respirar. Un universo nuevo se desplegó ante mis ojos, ese “Lado B” de la masa oceánica del cual prescindí durante prácticamente toda mi vida, esclavo, por una parte, del miedo, como por no haber tenido antes la posibilidad de usar cómodamente, y durante un lapso importante, los efectos pertinentes.
Poco tiempo después de estar en el agua, pude ver enormes y llamativos cardúmenes de peces de muchas especies y colores. Docenas de erizos que se escondían en el fondo coralino de Playa Belén me hicieron agradecer por nunca haber ingresado al agua sin zapatillas.
A medida que transcurría el tiempo —mientras estaba en el agua, el reloj parecía correr más rápido—, afianzaba mi incipiente práctica, flotaba y nadaba con cierta destreza, y me sentía, paulatinamente, más confiado de adentrarme más. Anteriormente, siempre que dejaba de tocar fondo, sentía un pavor automático que me hacía dar media vuelta y retroceder hasta pisar tierra, pero no sé si fue el uso de la careta —y el día previo, del esnórquel completo—, pero poco a poco pude aventurarme hasta cierta profundidad, a una distancia de la orilla que nunca antes había visitado.
Me sentía extasiado ante un espectáculo de semejantes proporciones, pasmado ante el relieve demasiado irregular del fondo. Evidencié que en esa zona específica —la playa contigua a mi nuevo sitio favorito para la escritura: el tan nombrado quiosco— podía estar apoyando los pies en tierra, y dos o tres pasos más adelante, toparme con pozos mucho más profundos, de un azul cada vez más oscuro, en los que proliferaban criaturas nuevas que nadaban ante mis ojos. Lo asemejé a una cornisa oceánica de la que podía saltar a fosas cada vez más recónditas, o simplemente, flotar sobre ellas, albergando siempre un profundo respeto por el gigante azul.
Una aparición me aterró particularmente. De un resguardo rocoso, salió una anguila de tamaño mediano —junto con morenas y congrios, las anguilas pertenecen a los anguiliformes, un orden de peces teleósteos—, color marrón, franjas amarillas, una cara monstruosa y una boca amplia bordada de colmillos afilados. Lucía realmente amenazante. Al tratar de acercarme para verla más detalladamente, invadido por una extraña pero típica mezcla personal de miedo y curiosidad, adoptó, sin duda, posición de ataque, lanzándome una mirada del tipo: “aproxímate un centímetro más y conocerás el poder de mi mandíbula”. La cobardía venció a mi curiosidad y huí despavorido, mientras le dije mentalmente: “soy consciente de invadir tu reino y tu espacio. Me gustaría verte una vez más, pero lo último que quiero es molestarte, y menos lastimarte, así que seguiré mi camino y te dejaré en paz”.
Después de esa experiencia, comprendí la adicción de Ondina por la fervorosa práctica del careteo, y me dije que necesitaba un esnórquel en mi vida.
Un rato más tarde, convergíamos en el chiringuito Gloria, el profe, Graciela, Jose, Marcela, Sebastián y yo. Me enteré de que la argentina estuvo inmiscuida por varios años en la cultura Hare Krishna. En inglés, ISKCON, acrónimo de International Society for Krishna Consciousness: Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna, es un movimiento religioso fundado por Bhaktivedanta Swami Prabhupada en 1966.
Todos la llamaban por una abreviación, a saber, "Prem". Obedecía a que el día en que su gurú espiritual la bautizó, le otorgó un nombre espiritual: Premasarovaror devi dasi, que en sánscrito significa “el lago del amor”. Refirió que el Vedismo —religión del período védico, históricamente, anterior al hinduismo— llamó mucho su atención. Vivió en un templo krishna en Santa Isabel, un barrio residencial de Bogotá, perteneciente a la localidad de Los Mártires. Nos contó que a las 2am se levantaban y hacían fila para bañarse con agua muy helada, en miras de iniciar su rutina espiritual.
Premisas como que el sexo, inclusive en el matrimonio, debía practicarse solo para procrear, me parecían un tanto extremas, pero la visitante mencionó otras más que hallé muy respetables, como su profundo respeto por la vida —también muy presente, según entendía, en las filosofías hinduistas y budistas—, principio que ilustró haciendo alusión a una escena de "Siete años en el Tíbet", una película estadounidense de drama histórico, dirigida por el francés Jean-Jacques Annaud en la que un grupo de personas invierte horas en desplazar el ecosistema de gusanos presentes en una zona en la que debían cavar para no causar perjuicio alguno. Al respecto, Sebastián opinó que eso rayaba en un sesgo de fanatismo. Explicó Prem —así le gustaba que la llamaran— que los krishna, que practicaban el veganismo —una actitud y una manera de vivir orientada a evitar causar daño a los animales, en la medida de lo posible—, optaban, en una situación de hambre apremiante, por consumir un pedazo de carne que podría salvar una vida.
Me quedé boquiabierto cuando Jose, el experimentado pescador, me enseñó algunas fotos resultantes de su actividad económica: peces bravo, atunes de ciento treinta y seis libras, meros de quinientas, albacoras, peces vela, chernas, bacalaos, pargos rojos, pargos roqueros —de roca—, y pargos prietos. Sobre los pargos, detalló que el rojo se encuentra normalmente a profundidades de trescientos metros; que el mecanismo de defensa del prieto consiste —como ocurre en pulpos, calamares y camaleones— en la mimetización, vistiendo tonos muy claros al moverse entre la arena, y marrones y negros mientras nada sobre entre las piedras. Apuntó que en Cabo Tiburón —un accidente costero que marca el inicio de la frontera común entre Panamá, al occidente, y Colombia, al oriente, en el mar Caribe— vio la barracuda —un pez carnívoro de aguas profundas, cuyo género es único en la familia de los esfirénidos— más grande que alguna vez se cruzara en su camino, de unas ochenta libras. Indicó que cuando le disparan y no muere en el acto, la barracuda suele atacar con violencia.
Fue el turno de Sebastián para hablar un poco sobre su historia en Capurganá. Diez años atrás llegó de vacaciones, y de ahí en más decidió no regresar a Medellín, al menos no de forma definitiva.
Elaboró una asociación con respecto a qué día y qué hora era, hipotetizando sobre cómo serían las cosas si aún viviera en Medellín, y viéndose, un miércoles como el que corría, encasillado en una oficina, esclavizado trabajando para enriquecer a otros.
Cuando llegó al pueblo, la promesa por parte de un importante hotel de que iba a trabajar como su administrador se fue a pique.
Un tío suyo tenía una cabaña en Capurganá. Le pidió a Sebastián que le ayudara a deshacerse de una gran cantidad de mangos que se estaban perdiendo en el solar, pero él, pensando en obtener algo de dinero, se los llevó a la playa, los peló, los sirvió con sal y los vendió.
Se empleó como administrador en otro hotel, pero meses después, percibiendo una latente explotación, renunció, ofreciéndole a su jefe un argumento válido: “para mí es mucho más valioso el tiempo que el dinero”.
Posteriormente, conoció a Marcela, que se crió en esas tierras. En ese entonces vendía ropa, gorras y accesorios en un local propiedad de su madre, que —puntualizó— fue la primera guía turística en Capurganá. Más tarde, siendo pareja, se dedicaron a pintar piedras. Empezaron dibujando caritas en ellas; luego, plantas, animales marinos, etc.
Poco a poco, ampliaron su portafolio, sumando imanes y artesanías en general, y hasta el día en que tuve el gusto de conocerlos, vivían de aquel bonito proyecto, establecidos en un local situado en la parte central de la aldea, a propósito, a una cuadra de Tres Soles.
El profe hizo alusión a una máxima de Deepak Chopra: “toma del Universo solo lo estrictamente necesario. Lo demás, déjalo fluir”.
Chopra era un escritor y conferencista indio de temática Nueva Era y promotor de terapias pseudocientíficas. Se definía como “alguien que no sabe quién es”. Escribió sobre espiritualidad y el supuesto poder de la mente en la curación médica.
Mi anfitrión exhibió una interesante concepción de la felicidad: "disfrutar cada instante de lo que se es y lo que se tiene, sin mortificarse por lo que se quisiera ser, y lo que se quisiera tener".
Al anochecer, caminando hacia Tres Soles, me encontré con Ondina. Me informó que Fercho no abriría tampoco esa noche. Lo contacté y me confirmó lo dicho por mi amiga.
Decidí avanzar hasta Plan Parejo a buscar algo de comida para el resto del día.
En Playa Piedra me topé con Stephanny —la chica que vivía en una de las cabañas de Finca Iracas con su hermana Karen, a unos metros de la zona de camping— y Paola, una mujer de treinta años, esbelta, piel morena y cabello largo oscuro que había conocido en la pizzería recién llegué a Capurganá. La primera me contó que había estudiado teatro en la Academia de Actuación Naar Landaeta, situada en su ciudad natal, Cali. Refirió que Karen había viajado a Cali por espacio de más o menos dos semanas, y que entretanto Paola se estaba alojando en su espacio.
Ambas sabían de mi actividad musical y me hicieron la propuesta de una “guitarreada” en los días subsiguientes, con lo que estuve de acuerdo.
Me instalé en el benévolo quiosco por el resto de esa noche y retomé la escritura.

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