DÍA 120
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-Mario Mejía-
Día 120
Enero 2 de 2023, lunes.
Salí temprano de la finca de la argentina. Me encontraría en Playa Regalo con Melina, la compañera de Diego “Tarzán”, y con los padres de ambos. Planeé ir al Aguacate ese día. Quería hablar con Bárbara —de Doble Vista— sobre la posibilidad de llevar a cabo allí un voluntariado. Estaba sobre la mesa la opción en Casa Mola, en Sapzurro, pero dado que Ondina había realizado uno en el primero sabía de antemano que existía un punto a favor que, a decir verdad, me sentaría bastante bien. Precisamente por Ondina supe que Melina y compañía proyectaron caminar a Bahía Aguacate aquella mañana, así que me puse en contacto con ella y acordamos ir juntos.
Como a las 7:20am llegué al Regalo, y unos veinticinco minutos más tarde el grupo de ocho personas, compuesto por la ya conocida Melina; su madre, de nombre Luz Marina, una mujer de aproximadamente cincuenta años, baja estatura, trigueña, cabello corto, extremadamente cordial; Miguel, su padre, de tal vez sesenta y cinco años, alto, delgado, piel dorada por el sol y actitud de afectuosa sencillez; Beatriz, madre de Tarzán, una señora que rondaba los cincuenta, cabello rubio y pequeños ojos claros; Magda, hermana de Beatriz, de tal vez sesenta, delgada y trigueña; Vanessa, hermana de Tarzán, de unos treinta y dos años de edad, blanca, voluptuosa, ojos claros, muy sonriente; y Julián y Diego, dos hermanos gemelos que los demás conocieron por casualidad en alguna playa, morenos, altos, fornidos y un acento en el hablar que en algún momento me hizo pensar que procedían de la India. Si había un común denominador en aquel grupo era sin duda una genuina amabilidad.
Mientras salvábamos uno de los ascensos, un pájaro muy bello que había avistado en numerosas ocasiones, de tamaño mediano, plumaje negro y blanco, ojos de un amarillo intenso y llamativo cantar se posó en una rama. Melina apuntó que se trataba de un Cyanocorax affinis, una especie de ave paseriforme perteneciente a la familia Corvidae llamada comúnmente Urraca Pechinegra o Carriquí.
Unos cuarenta minutos después llegamos a lo de don José, donde saludamos a Ondina, que ese día brindaba apoyo en las diferentes tareas del concurrido restaurante.
Después de ubicar nuestras cosas en uno de los quioscos del lugar, Melina, su padre, Diego, Julián y yo fuimos a caretear en la que personalmente empezaba a llamar “la playa del yate”, y por primera vez nadé, acompañado de la primera, un poco más allá de donde este permanecía anclado.
Están enfermos. Padecen una afectación en su ph a causa de las temperaturas variables —espetó Melina después de que hallamos voluminosos corales cubiertos de manchas blancas.
Después de explorar la zona por espacio de quizá media hora, como a cinco metros de profundidad, avistamos con indecible sorpresa una hermosa raya, un batoideo, superorden de peces cartilaginosos emparentados con los tiburones. Llenamos nuestros pulmones de aire y descendimos para observarla un poco más de cerca, mas mi menor capacidad respiratoria, la presión en mis oídos y mi torpeza subacuática me dejaron atrás, siendo mi acompañante quien alcanzó el fondo y consiguió filmarla justo antes de que huyera velozmente dejando tras de sí lo que pareció una pequeña nube de arena.
Melina me habló brevemente sobre la clasificación de los peces, enumerando los Condrictios, peces cartilaginosos como tiburones, rayas y quimeras; y los Osteíctios —vulgarmente llamados óseos—, vertebrados dotados de esqueleto.
Me contó acerca de la tentativa de realizar una práctica profesional en Panamá, que, redondeando, orbitaría en torno a la investigación del porqué estaba teniendo lugar el hallazgo de tortugas y delfines muertos en las costas.
A eso del mediodía caminamos hasta La Mora, una paradisíaca playa a escasos sesenta minutos del lugar en el que hicimos nuestra primera parada. En el trayecto nos topamos con un Cangrejo Ermitaño, un crustáceo decápodo de la superfamilia Paguroidea que, en miras de proteger su frágil exoesqueleto desnudo, se apropia de caparazones de moluscos vacíos. A medida que crecen ocupan conchas de mayor tamaño. Tristemente, algunos de ellos han sido descubiertos llevando tapas plásticas en lugar de corazas.
Después de compartir un par de horas con el nutrido grupo, acordamos vernos más tarde, pues debía coordinar con Ondina la visita a Doble Vista. Al llegar al restaurante, me encontré con Olga, Ñáyade y Abaturk. La primera estaba sentada en una silla bajo la sombra, y los otros dos practicaban Acro-yoga en el césped. Nos saludamos y disfruté de la práctica acrobática revestida de fuerza, concentración y un estético equilibrio.
Un rato después llegó Melina y su grupo, y siendo también una aguerrida militante en el tema, se sumó a la actividad. Participé en una o dos de las posturas grupales, sustrayéndome hasta donde me fue posible a mi inherente amotricidad.
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El ocaso me sorprendió en el deck visualmente privilegiado de Doble Vista. Lamenté que la esperanza del voluntariado se disipara, dado que el personal estaba completo.
Mientras Abaturk daba una calada a un cigarrillo carente de filtro, explicó que los “peches” deben encenderse por el revés —donde estaba dispuesto su logo—, pues se decía que “el indio prefiere morir quemado que en manos de un hombre blanco”, y me instó a que en algún momento fumara uno y entretanto escuchara la canción "Indio", del Taita Luis Alfonso Pazos de Alegría, y a que atento a su letra reconociera qué tan indio era.
Acompañado de Ondina y sus visitantes paisas pasé poco más de una hora en el apacible lugar. Considerando que ya no era posible encontrar una lancha, y que no era la mejor idea caminar de regreso a Iracas, opté por pasar la noche con ellos en la fantasmal cabaña de Ondina, situada en medio del bosque.

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