DÍA 108
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-Mario Mejía-
Día 108
Diciembre 21 de 2022, miércoles.
Me senté con Laura en uno de los establecimientos del desembarcadero. Dimos cuenta de un delicioso desayuno mientras esperamos la llegada de Sebastián, un amigo suyo que había salido un día antes desde Bogotá.
Conocí a Gino, un hombre procedente de Mauricio, una nación insular en el Océano Índico, de unos cincuenta años, piel morena, bastante alto y fornido. Mi amiga había coincidido con él en el catamarán que los movilizó desde Necoclí hasta Capurganá días antes. Cuando ella le contó que yo era músico, repuso que él también lo era, e intercambiamos números para establecer un contacto posterior dado que él había llegado con la intención de establecerse en la aldea caribeña.
A las 10:30am arribó Sebastián. De unos treinta y dos años, era un tipo trigueño, alto, musculoso, cabello largo color castaño y actitud ingrávida y muy cordial.
Hablé con mi amiga Johana sobre el recién llegado y establecieron un acuerdo: él se hospedaría en su casa durante los cinco días que iba a pasar en Capurganá.
Nos encontramos con Sealkie, acompañamos a Sebastián a casa de Johana, y luego de que descargara sus cosas, nos encaminamos a la reserva natural El Cielo.
Cerca a un sector de nombre 15 de mayo conocí a un amable lugareño. Se trataba de Efraín Hernández, un señor de ochenta y tres años, de baja estatura, piel blanca, copos de nieve en su cabello y barba. Bajo su sombrero se albergaba una carismática sonrisa y una diáfana mirada. Me habló de lo feliz que se sentía de vivir plena y tranquilamente en aquellas tierras hacía veintiséis años.
Un par de kilómetros más adelante avisté a Neil adelantando trabajos en su cabaña. Lo saludé desde el sendero y se acercó a la empalizada que demarcaba su propiedad para invitarnos a pasar. Le presenté a mis acompañantes que al igual que yo al visitar por primera vez el lugar experimentaron una evidente atracción frente a las peculiares y muy llamativas figuras que, nacidas de sus manos de artesano consagrado, ornamentaban aquel espacio. Platicamos un rato y proseguimos atravesando múltiples arroyos de agua dulce, fresca y cristalina, abrazados por el verde aperitivo selvático del Darién. La presencia de migrantes de distintas nacionalidades era habitual en aquella zona. Ese día no fue la excepción, topándonos con algunos grupos, en su mayoría de indios.
A la 1:24pm llegamos al Cielo y lo primero que advertí fue que era un lugar frío y oscuro.
Mientras hacíamos el ingreso coincidimos con una familia de holandeses muy sonrientes y entusiastas. Uno de ellos, un joven de tal vez veintiséis años, alto, rubio, blanco y ojos de un azul profundo, miró a Sebastián y profirió:
—Realmente, ¿conoces a André Rieu Crew?
Aquel lucía una camiseta color vinotinto con el logo del compositor, violinista y director neerlandés, y repuso que sí —Sebastián laboraba en el área de logística y alturas de grandes conciertos—, y que, de hecho, había trabajado con él en el año 2019 que se presentó en la ciudad de Bogotá.
El Cielo era un lugar fresco, revestido por una ubérrima vegetación y bendecido con una abundante presencia hídrica que se desplegaba llenando varios pozos en los que sumergirse después del ascenso a pie resultaba una dádiva verdadera de la que, por supuesto, no prescindimos. En primera instancia nos arrojamos al agua tras previamente colgar por quizá diez segundos asidos a una polea de hierro que se desplazaba sobre un fuerte cordón de acero trenzado. Acto seguido, atravesamos una porción de agua montados en un planchón de madera cuyo desplazamiento propiciamos halando de una soga atada en la ribera de destino. Luego, ascendimos hasta asentarnos en El Pozo las Ninfas, refrescante masa de agua dulce y fría en la que nos sumergimos aproximadamente a 2.1m de profundidad. Finalmente, avanzamos hasta lo alto del mirador del Cielo, desde donde la primera planta celeste —inerte y lúgubre, como mencioné— acababa eclipsada besando un vasto resplandor que se extendía con fulgurante desenfreno hasta donde la vista nos alcanzaba y donde la majestuosidad del océano remataba aquel cuadro espléndido.
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Un par de horas más tarde, Sealkie marchó a lo de Prem, y pasé un rato más con Laura y Sebastián en la costa platicando sobre temas profundos y no.
Algo captó mi atención esa tarde. Como personalmente lo había evidenciado, y según habían reportado las personas que habitaban la región desde décadas atrás, en Capurganá la indigencia era un factor inexistente. Mientras conversábamos en la orilla del mar, alguien se aproximó a nosotros para pedirnos limosna. Era un hombre de unos cuarenta años, moreno, pelo largo y grasiento, delgado y semblante alienado. Tras recibir una negativa por parte nuestra prosiguió con su desprolijo andar.
Cuando se anunció el ocaso me desplacé a la pizzería para darme un baño, ponerme ropa seca y efectuar el discurrir musical de esa noche.
Terminada la función, compartí el fin de la noche en la playa, acompañado de Johana, Laura, Sealkie y Sebastián, escuchando música y bebiendo un poco de ron.

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