DÍA 71

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-Mario Mejía-


Día 71

Noviembre 14 de 2022, lunes.



El clima me facilitó pasar la noche en la carpa, en Iracas de Belén.

Antes de las 6am estaba escribiendo en el quiosco.

Tipo 7:30am llegaron Gloria y el profe. Les contaba sobre el recital de la noche anterior e hizo su aparición Diego Álvarez, un personaje muy conocido en la región a quien todos llamaban El Gato. Era un señor de tal vez setenta años, muy delgado, canoso, ojos verdes y enigmático carácter. Según escuché, había llegado a Capurganá hacía treinta y cinco años. Vivía en una modesta cabaña localizada en la parte trasera de la vivienda de las hermanas Karen y Stephanny Rojas. En su fresco corredor estaban dispuestas una hamaca, una estantería con libros y una mesita de madera con algunas sillas. Su pared frontal estaba ornamentada con pinturas, y de la estructura del techo pendían tres o cuatro móviles de fabricación artesanal.

El Gato tenía fama de ser un ferviente lector, rumor que constaté habiéndole prestado un par de los libros que viajaban conmigo, y recibiéndolos de vuelta, tan solo un día después, acompañados de alguna apreciación puntual al respecto.


Desayuné con Paola y Stephanny en la cabaña de la segunda.

El día era azul radiante, así que nos pusimos en marcha hacia Bahía Aguacate, acompañados de Catnoir y Tom, dos perritos cachorros con los que Paola andaba a todas partes; y de Luna, una perra adulta que la había seguido la noche anterior, perteneciente a Gonzalo —a quien conocí durante mis primeros días en Capurganá, en nuestra excursión vespertina al Islote Narza—, conocido en común de los tres.

Catnoir era una pequeña perrita negra, muy tierna. Tom, su hermano, era de pelaje café y muy inquieto. Ambos eran enérgicos y juguetones. Luna, por su parte, era de mayor tamaño, de color negro, su cara era rubia y unos ojos muy claros le conferían cierto aire de agresividad que, según comprobé, no iba más allá de las apariencias.

El trayecto al Aguacate implicaba llevar a cabo algunos pronunciados ascensos y descensos a través de terrenos escarpados, pero los dos cachorros, con un eventual empujón manual de Paola, los supieron sortear muy bien.

Hicimos una parada en la playa de piedras de colores que visité y describí unas semanas antes. Allí el agua vestía unos azules a los que resultaba difícil resistirse.

Ellas decidieron no entrar en ese punto, así que ingresé solo.

Me aparté como nunca de la orilla. El oleaje me desplazó a un lugar distante de la sección en la que mis amigas me esperaban. Fui a parar a una playa tan alejada, que para retornar a la orilla en la que ingresé, me vi en la obligación de subir y bajar una montaña que habíamos recorrido unos treinta minutos antes.

Cuando, finalmente, llegué caminando, mis acompañantes estaban bastante asustadas y miraban en todas direcciones, tratando de ubicarme. Señalaron que, al perderme de vista, y después de cierto lapso transcurrido, empezaron a pensar lo peor.

Caminamos hasta una demarcación rocosa, y después de dar cuenta de un delicioso almuerzo preparado por ellas dos, hicimos una primera inmersión colectiva en un pozo cuya profundidad era bastante irregular. Lo atravesé, crucé un canal estrecho que lo conectaba con mar abierto y me aventuré a ir más allá. Cada vez me sentía más confiado, pero el océano no dejaba de infundirme un decidido respeto, así que cuando empezaba a perder de vista el fondo, daba vuelta en busca de la orilla.

De camino al Hostal Doble Vista —donde Ondina llevaba a cabo su voluntariado—, tuvimos la fortuna de avistar los hermosos monos aulladores, y de escuchar sus imponentes rugidos.

Salvamos el ascenso hasta el hospedaje, pero regresamos rápidamente, en vista de la ausencia de mi amiga.

Fuimos en busca de otra playa. 

Tal vez a unos treinta y cinco metros de la ribera, había un velero de tamaño mediano; estaba anclado. Nadé hasta él, y mientras lo hacía, pude comprobar que realmente estaba más lejos de lo que parecía. No obstante, a pesar de haber entrado al agua sin la válvula, conseguí cruzar la importante porción de agua. Avancé por debajo de la embarcación y observé su fondo externo cubierto totalmente de algas, a las cuales se aproximaban centenares de peces diminutos.


De camino a Belén, nos encontramos con Ondina, y no perdí la oportunidad de efectuar otro chapuzón acompañado de la tranquilidad y la confianza que ella me contagiaba.

Me sorprendí al verla descender e ingresar a través de una boca estrecha que se abría en el fondo en una caverna bastante profunda en la que, minutos antes, había visto dos de los peces más grandes que me había encontrado hasta ese momento. Uno era una criatura azul, de visos amarillos, que calculé podía pesar ochenta libras. El segundo, un animal color rojo escarlata de unas setenta.

Narró mi amiga que aquel acceso era, en efecto, tan reducido, que mientras lo atravesaba rozó un afilado coral con el tobillo, lo que le ocasionó una pequeña fisura que sangró en poca cantidad. 

Lo más fascinante de su experiencia radicó en que a través del confinado canal —aludo a su descripción textual— pudo ver una amplia sala de aguas subterráneas de un tono de azul distinto al del exterior.

Traté de sumergirme para dar un vistazo a aquella maravilla, pero la presión del agua en mis oídos fue tanta que debí ascender nuevamente hasta la superficie.

De regreso en la orilla, Ondina nos invitó a conocer el lugar en el cual se instalaría a corto plazo. Consistía en una prístina cabaña de madera, de dos pisos, aspecto lúgubre —de todo mi gusto—, situada en medio de un bosque espeso a poca distancia de la playa.

Mi amiga se encargaría de llevar a cabo algunas restauraciones, haciendo que el lugar, de por sí encantador, se optimizara estructural y estéticamente. 

Stephanny, Paola y yo, ofrecimos brindarle ayuda cada vez que nos resultara posible.

Había allí algunos libros antiquísimos en muy mal estado, roídos por la humedad y por el devastador salitre. 

Tomé uno, bastante descompuesto, lo abrí en una página al azar y leí en voz alta un párrafo aleatorio:


"[...] no solo sucede con el júbilo, sino con todo: con la ira, con la tristeza, con la desdicha, con la felicidad, con todo, así es. Lo demás simplemente son situaciones en que se expresan cosas que están ocultas en vosotros. No son causas; no están causando algo en vosotros. Sea lo que fuere que suceda, os sucede a VOSOTROS. Siempre ha estado ahí; lo que pasa es que reuniros con ese amigo se ha convertido en una situación en la que ha salido a la luz lo que estaba escondido. Se ha hecho aparente y se ha manifestado desde las fuentes ocultas. Siempre que esto suceda, centraos en la sensación anterior, y entonces tendréis una actitud diferente acerca de todo en la vida”.

—OSHO, emociones


Más allá de lo contenido en aquellas líneas, validé cuán acertado era uno de mis imperativos personales: LA PALABRA COBRA VIDA AL SER LEÍDA.

Me pregunté cuánto tiempo pudo haber pasado desde la última vez que alguien leyó el ejemplar que recién había tomado, permaneciendo cada letra, cada sílaba, cada palabra, cada premisa, cada párrafo, cada página, sepultados en el olvido y la corrosión. Pero esa tarde, en mis manos, aquel texto resurgió, volvió a la vida en esa cabaña, en medio de ese bosque, resucitó muy cerca del mar, y en nuestros cerebros.


Mientras caminábamos rumbo a Iracas, conocí el árbol de achiote —también llamado urucú, onoto, bija y rocú— una especie botánica muy conocida usada como colorante para alimentos.


Llegamos a lo del profe tipo 6pm, y continuamos hasta Plan Parejo en busca de algo para la cena.

De regreso, cuatro hombres nos dieron un aventón en una especie de moto con remolque. El artefacto se movía rápidamente a través de lodazales, piedra y cruces de agua, en medio de una oscuridad absoluta. Uno de ellos, el más dicharachero, bromeó sobre lo aterrador que le resultaba la sola idea de transitar por ahí de noche, añadiendo cómicamente que —lo cito— “si usted va caminando, y escucha que la bruja silba a lo lejos, ¡mucho cuidado, porque la tiene al lado. Si silba al lado suyo, relájese, porque está lejos”.

Pensé que hacer caso a ese tipo de chanzas tornaría aterradores mis desplazamientos diarios del pueblo hasta Finca Iracas, la mayoría de ellos, a plena medianoche.

De vuelta en la finca, me dije que éramos afortunados por el empujón. Tal vez un minuto después me percaté de que había olvidado mi bolso en la tienda, en Plan Parejo. Exhausto como estaba, tomé mi bicicleta y resolví el tema.

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