DÍA 70
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-Mario Mejía-
Día 70
Noviembre 13 de 2022, domingo.
La noche anterior, cuando iniciaba mi recital, me topé con Paola y Stephanny. Acordamos salir a las 8am de ese domingo para Bahía Aguacate en busca de parajes interesantes para caretear.
Llovió durante toda la noche, y así fue hasta las 9am. Cuando el clima dio tregua, me encaminé a Playa Belén en mi bicicleta. Tal y como esperaba, había grandes cantidades de lodo, y los niveles de agua en los cruces obligados en el camino subieron notablemente. No obstante, desde años antes había disfrutado bastante de andar en bicicleta, a veces, por trochas y zonas boscosas.
Me gocé, al igual que en las dos ocasiones anteriores, el trayecto, y llegué a Iracas sin otra novedad que el lodo cubriendo buena parte de mi cuerpo, y de la bicicleta.
Saludé a Gloria, que descansaba en una de las hamacas del chiringuito. Señaló que el profe se encontraba en el pueblo.
Platiqué con mis compañeras del plan frustrado al Aguacate. Bebimos café negro en el agradable pórtico de la cabaña, y contemplamos la posibilidad de materializar la idea, en caso de que el día adquiriera un semblante más alentador que el gris profundo que lo envolvía todo.
El tiempo transcurrió. Siendo mediodía, aún bastante nublado, desdeñamos, finalmente, nuestro plan, y lo postergamos para el día siguiente, si el clima lo permitía.
Para mi sorpresa, me enteré de que mis vecinas tenían esnórquel completo, compuesto por gafas —todo el tiempo había practicado mis inmersiones con tan solo ese accesorio que el profe me había facilitado— y el tubo o válvula respiratoria.
Unos minutos más tarde, me hallaba fascinado, a una distancia importante de la orilla, disfrutando del show subacuático que ofrecía el fondo coralino de la playa aledaña al quiosco Iracas. Usar el tubo para respirar proporcionaba confianza y comodidad.
Regresé a la cabaña y escribí un buen rato más, mientras mantenía eventuales conversaciones con Stephanny y Paola en torno a futuras excursiones, entre otras cosas.
Poco antes de la hora en que acostumbraba desplazarme al pueblo para presentarme en Tres Soles, recibimos la grata visita de Ondina. Regresaba de la aldea. Extasiado y adicto como me sentía frente al careteo, y en presencia de la mejor nadadora que había conocido hasta la fecha, no vacilé un segundo en invitarla a entrar juntos al agua.
Mis numerosas zambullidas previas, la facilidad que el respirador confería, y la compañía de mi avezada amiga, me hacían sentir confiado y tranquilo.
Esa tarde me aparté de la playa, advertí profundidades notorias y avisté especies nuevas para mí.
Ondina me enseñó los tips necesarios para entrenar mis primeros descensos a algunos metros bajo la superficie.
Regresamos a tierra firme, nos despedimos, pactamos seguir careteando más a menudo, y ella siguió su camino hacia Doble Vista, en El Aguacate.
Entrada la noche, caminé con Stephanny y Paola al pueblo.
Compramos algunos víveres para el plan propuesto del día siguiente y me dirigí a Tres Soles a tocar.
Cuando terminé de presentar la primera canción de la noche —“Hasta la raíz”, de la mexicana Natalia Lafourcade— una señora se aproximó a mí. Era una mujer de unos mal contados cincuenta años, baja estatura, delgada, cabello negro, corto y crespo. Se presentó como Martha Guevara. Me informó que su hija —a la que vi bastante animada frente a mi primera interpretación— estaba cumpliendo veintisiete años, y que le gustaría que la felicitara en público a su nombre.
Después de hacerlo, la joven se acercó, me dio las gracias y rápidamente me puso al tanto de su buen gusto musical, por lo que le extendí en físico la lista de algunos de los temas que tenía preparados para que eligiera cuáles deseaba escuchar en vivo en ese, su festejo.
De nombre Laura Guevara, de piel blanca muy tatuada, cabello negro y verdoso, muy simpática, al igual que sus dos acompañantes —su madre y otra mujer—, disfrutó notablemente de la presentación musical.
Lo mismo sucedió con los demás asistentes, a quienes advertí joviales y bastante receptivos frente a mi propuesta artística.
Terminado mi número, Martha y su hija me invitaron a su mesa. Me preguntaron acerca de mi travesía, y sobre mi libro, del que hice una breve mención mientras aún tocaba. Se mostraron bastante interesadas, así que les platiqué un poco sobre la configuración del cambio geográfico, cultural y social que estaba viviendo.
La tercera mujer en la mesa se presentó como Juliana Restrepo, contaba unos cuarenta años, blanca, cabello muy corto y rubio y actitud afable. Psicóloga de profesión, refirió haber sido la terapeuta de Laura en el pasado, mas un tiempo después se hicieron amigas, como sucedió, de igual forma, entre ella y Martha.
Laura era la más extrovertida de las tres, y habló caudalosa y entretenidamente sobre temas diversos. Era profesional en marketing y amablemente me brindó una serie de consejos que, de inmediato, identifiqué como útiles y oportunos, encauzando mis ideas hacia el momento de publicar mi obra.
Me contó también que practicaba Calistenia, una serie de ejercicios físicos que se trabajan con el propio peso corporal, y que enfatiza en los movimientos de las cadenas musculares que conforman el cuerpo humano.
Intercambiamos contactos con el fin de que se acercaran a mis textos, les deseé buen viaje de regreso a la ciudad de Pereira —donde las tres residían— y nos despedimos.

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