DÍA 89

 3 6 5

-Mario Mejía-


Día 89

Diciembre 2 de 2022, viernes.




“[…] parce, como te decía, me pareció muy acorde a tu afán de escribir décimas, que por cierto me parece teso.

También he admirado siempre tu inclinación por dejar atrás aquello que se muestra como normal en la sociedad, el triángulo perfectamente equilibrado que se balancea entre familia, trabajo, estudios, y que encierra el "éxito" y la "abundancia financiera", y en cambio, buscar la tranquilidad y la felicidad en lo básico. Hace algunos días hablabas de ello en uno de tus textos.

Hemos compartido algunas etapas, y de algún modo nos encontramos frecuentemente. He visto tu cambio. Dejaste de estudiar en (…) y empezaste a cursar música; luego dejaste el empleo más o menos estable que tenías en (…) y buscaste estar sumergido en un entorno que te proporcionaba tu conocido gusto musical —a veces, incomprensible para mí—, algo más afín, rodeado de instrumentos y personas del medio; buscaste cambiar de residencia y mudarte a Santa Elena, tal vez, siguiendo esa tranquilidad, ese contacto con la naturaleza, y el silencio que se nos hace esquivo en la ciudad.

Ahora, saberte en el Chocó, son pasos de un camino que hace mucho emprendiste, así comenzaras a escribirlo decididamente hace apenas setenta y cinco días.

No siempre tengo el tiempo de leerte, pero me entretiene cuando lo hago, toman vida las palabras tuyas y mis recuerdos de esos sitios. Disfruto las fotos que pones en el estado, me refrescan los viajes a esa zona en dos etapas diferentes de mi vida. Quiero volver y seguir conociéndola.

Un abrazo, parcero, ánimo con ese proyecto”.


En textos previos hablé de otro viejo compañero de trabajo —mucho antes de coincidir con Esteban Arroyave, Juan David Gaviria y los demás en un contexto laboral—: hablo de Jorge Piedrahíta, que semanas antes me escribió dándome un caluroso saludo, contándome sobre el carácter descomunal del libro de Raymond Queneau y aportando las emotivas palabras que acabo de citar.

Como he dicho, al igual que Jorge, muchas otras personas continuaban contactándome y brindándome mensajes sumamente esperanzadores en torno a la redacción de [365], mi bebé literario en gestación. Entre esos gratos mensajes se contaba uno nuevo por parte del ya mencionado Esteban. Me compartió un pequeño segmento de una entrevista que un periodista le hizo a Roberto Gómez Bolaños, un comediante, actor, dramaturgo, escritor, guionista, compositor, director y productor de televisión mexicano al que muchos recordábamos como “Chespirito”, y con el que crecimos riéndonos a carcajadas con su humor "elemental" pero tácita y sospechosamente cargado de una fuerte crítica social y de un contenido relevante y profundo: humor encarnado en sus históricos e inmortales personajes de El Chavo, El Chapulín Colorado, Chaparrón Bonaparte —uno de mis predilectos— y El Chómpiras, entre otras genialidades.

Las palabras de este excelso fenómeno de la comedia me remitieron un poco a la teoría del austríaco Viktor Frankl, de quien hablé en uno de mis últimos escritos.

Al preguntarle qué consejo le daría a un joven que se lo solicita —“en este caso, quien lo está entrevistando”, apostilló el reportero en cuestión— Roberto respondió:


“[…] que tengan proyectos. Yo creo que mientras se tengan proyectos —no importa la edad—, se es joven. 

Puede haber hombres y mujeres de ochenta y cinco años que tienen proyectos: son jóvenes. El que no los tiene, aunque tenga catorce, quince o dieciséis años, es un anciano.

Hay que tener proyectos, y hay que luchar por ellos”.


--- --- --- ---


Mis desplazamientos diarios entre mi lugar de campamento, Finca Iracas situada, como sabemos, en Playa Belén y la Pizzería y Resto Bar Tres Soles en la parte central de Capurganá, donde desempeñaba cada noche las presentaciones musicales que me proporcionaban lo necesario para mi sostenimiento en ese agreste pero mágico territorio, me tomaban a pie, normalmente, entre treinta y cinco y cuarenta minutos, y en mi bicicleta, quince aproximadamente.

El camino entre el pueblo y la finca comprendía una sección “urbana”; una importante franja boscosa en la noche precisaba de la linterna de mi teléfono móvil, o de una lamparita que incorporé a la bicicleta—; el cruce de arroyos cuyo nivel subía y bajaba dependiendo de la marea y la hora del día; la convergencia del Mar Caribe con el fascinante entorno Iracas, colgado de un césped frondoso y esmeraldado, numerosos árboles algunos de ellos, abuelos de colosales dimensiones—; la playa que el gigante azul besaba apasionadamente por esas fechas, y, nuevamente, el majestuoso y enigmático preludio selvático.

Aquel contacto inevitable y permanente con agua dulce y salada —desde que me asenté en Iracas comprobé que lo más práctico para mí era usar zapatillas de caucho— sembró una especie de hongo en el dedo gordo de mi pie derecho, que, aunque completamente indoloro e inoloro, tatuó parcialmente mi uña de un color negro mortal y muy visible.

Tal vez un par de días antes, Aura observó gravemente mi dedo del pie y bromeó al respecto, afirmando algo del tipo: “¿será que en esa uña se está reflejando tu lado más oscuro?”

Mi imaginación voló hasta mis lecturas juveniles del poeta, dramaturgo y escritor irlandés Oscar Wilde, un clásico muy recordado por sus obras teatrales, cuentos, epigramas —composiciones poéticas cortas que ponen de manifiesto un único pensamiento central, ya sea satírico o festivo, de forma inventiva—, y se situó puntualmente en su única novela [El Retrato de Dorian Gray], que caprichosamente entretejí con el insigne [Tartuffe] del poeta, actor y dramaturgo francés Jean-Baptiste Poquelin, popularmente llamado Molière, conjeturando en mi mente desaforada e inquieta un desvergonzado soliloquio en el que para el profe, Gloria, Pipe, Stephanny, Paola, Fercho, Mar Mariscal, Sara López, Yésica, el italiano Marco Andrei y demás allegados en Capurganá, Mario Mejía no era otra cosa que un vil impostor que agradar a todos pretendía, exhibiendo un disfraz de bien fingida nobleza, diafanidad, lealtad, honradez y bondad, ocultando maliciosamente bajo esa persuasiva máscara una infame, pérfida y perversa alma que de manera sorpresiva y paulatina comenzaba a exteriorizarse y a delatarme mediante el ennegrecimiento de la queratina esculpida sobre mi dedo, que acabaría por degradarse y descomponerse —al igual que la pintura de Gray—, avanzando por mi pie, mi pierna, y, finalmente, corroyendo mi pútrida humanidad.


--- --- --- ---


Previo acuerdo, me encontré esa noche con la brillante Silvana Builes. Cenamos, platicamos, nos desatrasamos de nuestras vivencias de los últimos años, retomamos el tema de su maestro belga Jean Drèze, y me recordó, entre otros asuntos sustanciales, su procedencia samaria y sus ambiciones académicas a corto y mediano plazo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

DÍA 145

DÍA 23

LLAMA LA CONCIENCIA - monólogo