DÍA 75

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-Mario Mejía-


Día 75

Noviembre 18 de 2022, viernes.




Una vez más, un arcoíris muy intenso fue mi primera visión al salir de la carpa.

Entendía que se forman cuando los rayos de luz solar iluminan las gotas de lluvia, que actúan como prismas mientras están suspendidas en la atmósfera. 


Recibí un mensaje de Jorge Piedrahíta, un viejo compañero de trabajo. Me envió un archivo que hablaba de un libro de tan solo diez páginas, escrito por el poeta, novelista y escritor francés Raymond Queneanu en el año 1960, que incluía cien billones de poemas. 

Cada página contenía un soneto. Los versos mantenían un patrón rítmico, y estaban cortados en tiras, de manera que podían combinarse con los de otros sonetos. Así, el número de combinaciones posibles contenidas en el libro era de diez elevado a la catorce, es decir, cien billones de poemas distintos. Semejante cifra denotaba que nadie podría, por más que lo intentara, leer la totalidad de los poemas.

Cualquier mezcla que se hiciera construía un soneto estructuralmente correcto y coherente, obedeciendo a los parámetros métricos —versos estrictamente endecasílabos: once sílabas por verso— y rítmicos propios de esa figura literaria.

Era muy probable que un poema formado por una persona que tomó al azar los catorce versos propios de un soneto, fuera la única en el mundo que leyera, exactamente, dicha configuración.

Según afirmaba el mismo Queneanu, si leer uno de los sonetos tomaba cuarenta y cinco segundos, y preparar el siguiente, quince, leer todas las combinaciones posibles requeriría de aproximadamente doscientos millones de años.

Aquel reporte inusual me dejó inquieto en demasía.

Me hizo pensar en un proyecto de poesía combinatoria integrado en una aplicación llamada “n”, desarrollado, en asocio con una reconocida marca de teléfonos móviles y otros artículos tecnológicos, por el cantante y compositor uruguayo Jorge Drexler.

Según comprendía, consistía más o menos en lo siguiente.

Drexler escribió trescientos dieciséis versos. En un estudio se congregaban el artista y treinta invitados, cada uno con la aplicación "n" instalada en su dispositivo móvil.

Jorge iniciaba un discurrir musical, la ejecución de una canción que títuló “Habitación 316”. Los participantes elegían, uno por uno, uno de los versos; daban un “clic”, y la línea seleccionada aparecía, en tiempo real, en la pantalla de la tablet que el uruguayo tenía enfrente, cantándola.

Sin importar los versos que en lo sucesivo los invitados fueran eligiendo, y Drexler interpretando, una canción cuya letra tenía sentido iba tomando forma.

Con trescientos dieciséis versos en el menú, la posibilidad de generar un número de versiones era bastante mayor que la cantidad estimada de estrellas en el universo. Por cierto, alguna vez explicó Jorge que la aplicación se llamaba “n”, dado que se componía de posibles canciones cuyo contenido se podía combinar ”n” veces. 

“A veces, las cifras son tan inconcebibles como diez elevado a la 27 posibles versiones de una misma canción” declaró el uruguayo mediante un periódico— "La canción funciona como la memoria biológica, que no es fija y va cambiando [...]. De hecho, el tema habla de los recuerdos de una noche, que suelen ir variando con el tiempo". apostilló también, aduciendo que era una canción "líquida", en movimiento, compuesta especialmente para la aplicación

Los versos propuestos giraban en torno a dos perfectos desconocidos que se encuentran en una habitación de hotel. El desenlace de los protagonistas dependía de los versos definidos por los usuarios, y del orden que estos establecían.

En este orden de ideas, Jorge Drexler concibió una canción digitalmente alterable en la que el usuario podía mezclar los versos, creando su propia culminación de los hechos.


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El mar conservaba su mal temperamento. Habían transcurrido un par de días sin entrar en él para caretear. Presa de una suerte de síndrome de abstinencia, ingresé. Comprobé que entrar y salir del agua suponía cierta agitada dinámica en la que las fuertes olas podían desestabilizarme un poco, pero después de conseguir distancia de la orilla, podía disfrutar del espectáculo subacuático.


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Continuaba compartiendo mis textos a todos mis contactos de teléfono mediante los grupos de difusión, y variados comentarios llegaban de vuelta. Un par de personas más manifestaron no querer recibir más contenido, y di solución a ello en el acto. Por otra parte, me seguía sorprendiendo darme cuenta de que tenía un número importante de seguidores que leían mi creación, e inclusive, esperaban, muchas veces, que enviara los escritos más recientes para dar cuenta de ellos. 

Varios amigos y conocidos me escribieron mensajes alentadores que dictaban que, sin duda, algo estaba haciendo bien.

Un mensaje de una vieja amistad, Lina Giraldo, me conmovió particularmente. Me permito citarla:


“Me encanta este diario de tu nueva y aventurera vida, se zambulle una en imágenes de calma, reflexión y relajación, escenarios a los que casi todos, en algún momento de la vida, quisiéramos pertenecer.

Muy entretenida tu escritura, Mario, me cautivó. Tomando toda mi atención, me hizo sentir ese gusto por querer seguir leyendo, sensación que he tenido con mis libros favoritos.

Seguramente, lo que más me atrapa es la connotación de una realidad tan marcada y vívida. Es una sensación de alegría saber que estás en tu mejor momento, disfrutando plenamente de cada cosa que haces, de cada día vivido: transmites mucha felicidad.

Valioso aporte a este mundo, y a los días que se ponen pesados.

Espero seguir recibiendo tus misivas, pudiendo disfrutar con mi mente de maravillosos lugares”.


Su mensaje fue de los más emotivos que había recibido por parte de mis lectores, y me hizo sentir honrado y orgulloso.


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Un par de días antes, terminando una conversación con mi viejo amigo Juan Ramírez, se despidió de mí escribiendo “¡mucha mierda!”

No entendí el contexto de la expresión, le pregunté al respecto, y me dijo que me lo explicaría en una próxima charla.

Ese viernes nos comunicamos mediante una llamada telefónica, y entre otras cosas, me sacó de dudas.

Me explicó que “mucha mierda” es una expresión que comúnmente usan los actores de teatro para desearse buena suerte.

A pesar de haber asistido a numerosas funciones teatrales, y de inclusive tener varios conocidos pertenecientes al gremio, no tenía idea de aquello. 

Al parecer, detrás de ese modismo subyacían, al menos, tres trasfondos diferentes.

Leí que se remontaba a la época Shakespiarana, en la que, terminado un número, el público arrojaba a los actores, en caso de no gustarles, tomates y otros vegetales.

De otro lado, cuando la puesta en escena era del agrado de los asistentes, les aventaban monedas, por lo que los artistas debían agacharse para recogerlas, adoptando posiciones sugerentes.

Hallé otra versión situada en los siglos XVI y XVII. Cuando las personas de una elevada posición económica acudían al teatro, lo hacían montadas en sus carruajes. Mientras más nutrido era el público en los espectáculos histriónicos, más cantidad de boñiga se apilaba en las entradas, denotando un fructuoso ingreso económico para los ejecutantes.

Una tercera glosa databa de la Edad Media. Los actores eran nómadas que llevaban su show de aldea en aldea. Cuando en las afueras de una población observaban cantidades importantes de excremento de caballo, era una señal de que en ese lugar se celebraba una feria, y por lo tanto, habría allí multitudes a las cuales presentar su exhibición teatral, incrementando las posibilidades de obtener una mayor retribución económica.


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Esa tarde, por previa invitación de Fercho, fui a Tres Soles a almorzar. 

Decidí permanecer escribiendo en el pórtico del hostal.

Tal vez dos horas después, acudió Stephanny. Habíamos acordado practicar algunas canciones que cantaría conmigo esa noche, como también en fechas posteriores.

Más tarde, durante la presentación, así fue, y aunque sonó bien, supimos que había trabajo por hacer.

Durante la velada musical, tuve el gusto de conocer a Saraí Pernía y Camilo Roa, una pareja de esposos que disfrutaban de la comida italiana propia del lugar, y de mi música.

Saraí era una mujer de unos treinta años, piel trigueña, cabello negro, largo, sedoso, y cordiales maneras. Camilo contaba quizá una década más que ella, estatura promedio, moreno, cabello corto, lucía una barba bien llevada.

Platicamos un poco sobre mi proyecto literario-musical, y acerca de su interés de radicarse en la remota aldea caribeña.

Otro personaje bastante apacible y simpático estuvo presente aquella noche, durante mi presentación. Oscar Salazar era un hombre bonachón, de piel blanca, robusto, cabello rubio, usaba lentes. Había salido en un vuelo desde el Aeropuerto Olaya Herrera, de Medellín, con destino al José Celestino Mutis, un aeródromo comercial ubicado a 3km de la cabecera municipal de Bahía Solano, un municipio chocoano en la costa norte del Oceáno Pacífico. Refirió que el mal clima imposibilitó el aterrizaje, así que el piloto de la nave decidió retornar al aeropuerto paisa, donde, a causa del alto tráfico, tampoco pudo realizar tal maniobra. El aeronauta se decantó por dirigirse a Apartadó, donde, finalmente, tocaron tierra. Oscar, extrovertido y jocoso como era, terminó conversando con un grupo de turistas que habían llegado de otros lugares al aeropuerto Antonio Roldán Betancourt, en la subregión de Urabá, en jurisdicción de Antioquia. Viajó con ellos, improvisadamente, a Capurganá, donde estaba disfrutando ese fin de semana.

Otro personaje al que no veía hacía más de un mes regresó esa fecha a la aldea, Diego Ospina “Tarzán”. Durante mi última estadía en Medellín, fue atacado por una bacteria que complicó su salud, por lo que debió viajar a la capital paisa, donde le practicaron un riguroso tratamiento con antibióticos que, como él mismo señaló, demostró su eficacia desde el primer momento.

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