DÍA 97

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-Mario Mejía-


Día 97

Diciembre 10 de 2022, sábado.



Por tercera vez consecutiva enfrenté el día apaleado por la enfermedad y el mal dormir.

A las 5:30am me ubiqué en el quiosco. A pesar de la fatiga conseguí algunos avances en mis textos.

Sentado frente a la computadora empezó a vencerme el sueño, así que caminé hasta mi tienda y me ocupé en organizar los efectos que había en su interior.

Terminada esa tarea y no habiendo tenido contacto con el mar desde el día en que estuvo a punto de devorarme, ingresé en él, pero una vez el nivel del agua llegó a mi cintura una inmensa ola me golpeó haciéndome retroceder varios pasos. Regresé al chiringuito.

A propósito de la convulsión marítima, conversé con uno de los vecinos del profe, Julio, un hombre de unos cuarenta años, piel tostada por el sol, baja estatura, corte militar y una sonrisa blanca y predominante. Al igual que el 20 de noviembre, insistió en el tema misterioso del océano. 

“Ahí donde lo vemos, inquieto y furioso, tiene hambre de carne humana. Cuando logre ahogar a alguien, seguro se va a calmar un poco, porque siempre pasa así” —aseveró.

A continuación, ejemplificó su sentencia aludiendo a un par de jóvenes que unos años atrás, en una playa de nombre Coleta —cerca a Triganá—, se ahogaron presas de un mar exaltado que, una vez los hubo aniquilado, adquirió una cínica y pasmosa serenidad. 


Mi tarde transcurrió aletargadamente, envuelta por una escritura que se movía a pasos lentos e indispuestos, por la visita efímera de una joven francesa que pedía indicaciones al profe, y un viejo suizo que un poco desorientado, en lugar de avanzar en línea recta giró a la derecha al llegar a Finca Iracas, enrutándose hacia un terreno selvático de difícil acceso, cuando su destino —según nos indicó después— era la muy visitada Bahía Aguacate.


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Una vez más fue una buena noche musical en la pizzería.

En un intermedio salvé los pocos metros que separaban El Gecko de Tres Soles. No había ingresado antes al primero: me hallé en un recinto cuadrado muy espacioso cuyas márgenes estaban dotadas, en dos plantas, de habitaciones de huéspedes y generosos corredores en los cuales, al igual que en la plazoleta central, estaban ubicados los visitantes que cenaban y tomaban un poco de cerveza o vino, y que entretanto disfrutaban de la presentación de Gabo, que asistido por guitarra, micrófono vocal, amplificación y un prolífico arsenal de pedales de efectos, discurría sensible y avezadamente en el marco de su fantástica muestra artística.

Entre canción y canción nos dimos un saludo, lo felicité por su tremenda presentación y me dije que pasaría por allí luego para tomar algo y observar uno de sus recitales.

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