DÍA 143

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-Mario Mejía-


Día 143

Enero 25 de 2023, miércoles.


Después de desayunar con Meggane y Doralicia en lo de Johana, me trasladé nuevamente al hostal con el ánimo de adelantar pendientes. En el camino intercambié algunas palabras con Diego Tarzán y Marco Andrei. El primero saldría de Capurganá el 28 de enero para reanudar su voluntariado en las islas de San Blas, y Marco se encargaba por esas fechas de producir su pan italiano, cuya receta, según había escuchado, era bastante cotizada en la aldea.


Los mosquitos eran voraces e insoportables en La Bohemia. Su modo de ataque era siempre el mismo, empezando por pies y piernas. Comencé a usar jean, medias y tenis, pero se empeñaron en mortificarme acudiendo a mis brazos, codos y orejas. Era una situación realmente frustrante y a veces sentía que se me salía de las manos. Eché de menos el tiempo en que viví en Iracas de Belén, donde la brisa fuerte y constante los mantenía lejos de las personas.


Poco antes del ocaso preparé arroz y garbanzos para un almuerzo tardío. El primero quemado y los segundos duros y salados fueron el resultado natural de mi ya expuesta aversión y tedio a la hora de cocinar. No obstante, comí un poco, al igual que Doralicia, que, para mi sorpresa, no aportó comentarios al respecto y vació su plato. Refirió que su amiga Meggane se había movilizado a Salpzurro, donde pasaría unos días. Veinte minutos después de cenar, se fue al encuentro de algunos amigos. 

Me dediqué a la escritura. A eso de las 8:30pm llegó Fernando. Charlamos un buen rato e interpretamos en mi guitarra algunas canciones del cubano Silvio Rodríguez, que él ejecutaba bastante bien.


A la medianoche, mientras caminaba de vuelta al hostal, me escribió Doralicia invitándome a pasar un rato en la playa con ella y sus amigos, y quince minutos más tarde convergía con ellos sobre una zona de arena muy clara, olas de buen tamaño y algunas embarcaciones que, ancladas, eran movidas por ellas. 

El grupo se componía por Fanny, una francesa de unos treinta años, muy delgada y alta con la que me había cruzado algunas veces en el pueblo y en Plan Parejo; Silvana, coterránea de Doralicia y Fanny, una mujer de tal vez veintiocho años, rubia, voluptuosa y muy atractiva que conocí dos meses antes en la celebración del cumpleaños de Michelle, en Sapzurro; Alan, de tal vez treinta y dos, moreno, alto y corpulento; Tomás, procedente de Buenos Aires, Argentina, también treintón, piel blanca, barba y cabello crespo; y dos o tres tipos más con quienes no crucé palabra. Platicamos mientras reproducían géneros musicales variados en un parlante recargable. 

Alan señaló haber vivido varios años en Capurganá. Me contó que aproximadamente una década atrás caminó durante seis horas, acompañado de dos amigos, hasta una reserva de nombre La Paloma, lugar donde acamparon por una semana. En una ocasión, mientras avanzaban a través de un bosque pigmeo -también conocido como “bosque enano”, es un ecosistema bastante inusual con árboles de muy poca altura-, los tres escucharon fuerte y claramente a un grupo de niños que reían enérgicamente, evento que los dejó absortos, siendo las únicas personas allí presentes. Tiempo después, se supo que en la zona donde sucedió el misterioso caso, encontraron considerables cantidades de oro. Me habló, además, sobre lo que el llamó “el pagamento” de las personas que extraían de la tierra el metal precioso, explicando que estaban condenados a vivir en la miseria absoluta bajo el influjo de una energía incomprensible.

Fanny, por su parte, me contó que vivía en la aldea hacía tres años y medio, y que quería marcharse, argumentando que -la cito- “si no se es oriundo de estas tierras, tarde o temprano llega un momento en que, de una manera u otra, te hacen saber que te quieren fuera”.

Finalmente, Tomás relató que, mientras días antes viajaba dormido en un microbús desde la ciudad de Cartagena hasta Montería en las horas de la noche, de repente despertó estrellándose violentamente contra el asiento de adelante después de que el conductor experimentara un micro sueño y el vehículo se estrellara contra un camión que, obedeciendo a una falla mecánica, se había quedado varado al lado derecho de la carretera. Según lo expresó, tanto los pasajeros como el conductor de la buseta, corrieron con mucha suerte de sobrevivir.

Una hora después, vencido por el sueño, me despedí de los allí presentes y me fui a dormir al hostal.

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