DÍA 88

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-Mario Mejía-


Día 88

Diciembre 1 de 2022, jueves.




Empezó a incomodarme un poco el hecho de que, después de compartir los textos que recientemente redactaba, y habiéndolos revisado, hallaba detalles por corregir o mejorar. Por ejemplo, me percaté de haber publicado un texto en el cual olvidé referir un par de descripciones que habitualmente incluía.

Me ocurrió por primera vez que, al hablar sobre un personaje en particular, y habiendo hecho mención de él en apartados iniciales, no recordaba si había reportado o no una descripción de él. 

Toqué el tema en una conversación telefónica que sostuve con Aura. Sobre lo primero, me sugirió configurar un método, una especie de derrotero para efectuar una revisión diligente y eficaz de los textos antes de publicarlos. 

Con respecto a lo segundo, le hablé sobre la idea de implementar una táctica que, tal vez un par de años atrás, conocí mientras veía una entrevista que le hicieron al británico Ken Follett —en escritos anteriores hablé sobre este excelso autor, como de mi profunda admiración por él—, en la que explicó que usaba una tabla de Excel en la que, a medida que los personajes —a veces, doscientos o trescientos por tomo— iban apareciendo en sus novelas, los registraba uno a uno en ella, detallando sus características físicas, aptitudinales y comportamentales. De esa forma, cuando una figura se mostraba en una de sus historias, bastaba con buscarla por su nombre en la tabla, constatando así su número de intervenciones hasta ese punto, y de paso, los rasgos que Follett había inscrito metódicamente en ella.

Mi interlocutora se mostró interesada y de acuerdo y aportó algo que, según indicó, había leído en algún lado sobre el Nobel de Literatura Gabriel José de la Concordia García Márquez, escritor y periodista colombiano, comúnmente conocido como “Gabo”, que declaraba que cuando redactaba con máquina de escribir, y se equivocaba, retiraba la hoja, la arrugaba y la arrojaba al cesto de la basura. Acto seguido, ignoraba lo que había plasmado en la página y la comenzaba de nuevo, ejercicio que le permitía desarrollar mejor lo que buscaba expresar, situación que redundaba en una escritura cada vez más pulcra y mejor lograda.


Aura y sus hermanos eran personas estudiosas y dedicadas a la academia, y —cambiando de tema— me contó algo que halló un gesto humilde por parte de Susana Hernández, una de sus hermanas menores.

Susana se encontraba por esas fechas en Tijuana, una ciudad fronteriza de México. Dos días antes sustentó su tesis de doctorado en el Centro Universitario de Tijuana. Unas horas después, manifestó a Aura su afán por hablar con ella por teléfono. Cuando se contactaron, Susana se mostró muy angustiada, argumentando que lo había hecho muy mal, equivocándose recurrentemente durante la discusión que, normalmente, procedía a la sustentación de los profesionales. 

Lo que a Aura le resultó curioso y contradictorio fue que su hermana hubiese reportado tal situación aún a sabiendas de haber recibido una mención de honor.

Según aducía Susana —una opinión semejante me brindó mi amiga Silvana—, más que la sustentación misma de su tesis, lo que siempre le produjo mayor ansiedad y preocupación fue la discusión, aclarando que, en caso de haber existido alguna falencia en su presentación, era la oportunidad del jurado designado para volverla trizas.


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Me escribió una vieja amiga, Paula Mosquera.

Me honró leer sus palabras:


“Encontré este escrito de Eduardo Galeano —un escritor y periodista uruguayo, reconocido como uno de los principales exponentes de la izquierda latinoamericana-—y pensé en vos.

Me alegra que con tus ejercicios literarios estés movilizando tantas cosas. Seguramente, después de [365] vendrán muchas más obras.

¡Muchos éxitos, y no te detengas!”, me dijo Paula.


Cuando se le preguntó a Eduardo Galeano el porqué de dedicarse a escribir, su respuesta fue:


“Por qué?, no sé, pero en tren de buscar explicaciones podría decir que escribo porque mi tendencia al pecado me impidió ser santo. Porque en el fútbol siempre fui un pata dura. Porque hay historias que merecen ser contagiadas. Porque me divierte desenterrar tesoros escondidos. Porque me duele el dolor ajeno. Porque me goza el ajeno placer. Porque escribiendo devuelvo a los demás lo que de ellos viene. Porque escribiendo juego a saltar el abismo que separa el deseo y el mundo. Porque escribiendo juego a creer que puedo decir lo que quiero decir. Porque escribiendo comparto alegrías, melancolías, descubrimientos, deslumbramientos. Porque de Sherezade aprendí que hay historias que valen un día más de vida. Porque de Onetti aprendí a buscar palabras mejores que el silencio. Porque soy caminante y cada palabra es un nuevo viaje que empieza. Porque así hablo al oído de amigas y amigos que no conozco, y en ellos me reconozco, y porque siendo como soy, un inútil total, no puedo hacer otra cosa”.


Las palabras de Galeano, honestamente, me conmovieron, y debo admitir que me sentí muy identificando con varias de sus razones.

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