DÍA 82
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-Mario Mejía-
Día 82
Noviembre 25 de 2022, viernes.
Almorcé con Aura.
Me dijo:
“Eres un caso particular:
mitad amor – mitad odio
mitad ternura – mitad hostilidad
mitad luz – mitad oscuridad
mitad dulzura – mitad amargura"
Fue curioso, dado que por esos días varias personas con las que intercambié algún discurso, de alguna manera, tocaron el tema de los dualismos, como lo hizo recientemente don Rubelio al sugerirme lo que él consideraba podían ser posibles nombres para mi proyecto, en caso de que decidiera adoptar la idea de publicarlo en dos tomos.
Personalmente, pensaba que la [ Dualidad ], en su sentido más amplio, le confería sentido a la existencia. ¿Cómo tendríamos una idea clara y certera de lo que es la tristeza, sin saber qué es y cómo se siente eso que llamamos “Felicidad”?; o, remontándonos un poco a Platón —filósofo griego, pupilo de Sócrates, y maestro de Aristóteles—, ¿sería posible dilucidar su elaborado y complejo concepto de [ Bien ], sin tener claridad frente a su antagonista?; ¿posible sería esclarecer el concepto platónico de [ lo Bello ] —desarrollado en su diálogo Hipías Mayor—, desconociendo su antítesis?
Pensé en la [ Teoría Aristotélica de los Opuestos ], que a mi modo de ver podía constituirse como la piedra angular de la filosofía de Tomás de Aquino, un teólogo, filósofo, presbítero y fraile católico-italiano de los años mil doscientos, catalogado como uno de los máximos exponentes de la Teología Sistemática: a grosso modo, una disciplina teológico-cristiana que buscaba sustentar la fe mediante un método efectivo, aplicable tanto objetiva como subjetivamente.
Dichos Opuestos eran cuatro: contradictorios, contrarios, privativos y relativos.
La teoría en boga plantea que los conceptos pueden:
Contradecirse por completo, como el “sí” y el “no”.
Oponerse contrariamente, como el negro y el blanco.
Oponerse privativamente, como la visión y la ceguera.
Oponerse relativamente, como la relación padre-hijo.
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En las horas de la noche tuve la oportunidad de contemplar un Mar de Luces. Así advertía a la ciudad de Medellín, observada desde la altura de alguna de las montañas que enmarcaban su casco urbano, bajo el manto de la benigna oscuridad. Ascendí a una de ellas acompañado de Aura.
De cara a gélidas corrientes de aire, asocié la inquieta luminiscencia urbanita con los rayos de sol que franqueaban la superficie, se hundían en el mar y parecían decirme aquella aciaga mañana del 20 de noviembre:
“Sal de ahí, hoy no es el día de ir a parar al fondo”.
Unas horas más tarde, decidimos desplazarnos a la Unidad Residencial Marco Fidel Suárez, más conocida como las Torres de Bomboná.
Me sorprendí al enterarme de un par de cosas sobre aquel lugar. Por ejemplo, que en el año 1903 —mucho antes de que se erigiera allí aquel notable músculo residencial— fue una cárcel de mujeres operada por una comunidad religiosa de nombre “Hermanas de la caridad”.
Supe también que en 1912 actuó como sede del Centro de Estudios Generales de la Universidad de Antioquia, un bachillerato de corte norteamericano donde estuvo presente también el Museo Etnológico de dicha universidad.
Finalmente, en 1974, fue construido el complejo residencial.
En la plazoleta central de las Torres, nos encontramos con Ivan Villa y Fredy Ochoa, a quienes conocía desde hacía más de una década.
Iván era un hombre de unos cuarenta y un años, estatura promedio, robusto, cabello corto y bastante cordial.
Fredy, de unos treinta y ocho, tenía la piel blanca, ojos claros, cabello oscuro.
Nos pusimos un poco al tanto de nuestras cotidianidades.
Sostuve con el segundo una conversación que, ciertamente, fue enriquecedora en lo concerniente a la construcción de mi libro.
Fredy señaló que había leído capítulos aleatorios de mi producción literaria, aduciendo que, a su modo de ver, funcionaba bastante bien como lectura aislada, pero que, concebido como lo que era, un libro completo, tenía algunas dudas.
Me cuestionó con respecto a una expectativa integral, a una trama o hilo conductor que suscitara en el lector una curiosidad, una necesidad de pasar la página y, finalmente, terminar de leer la obra.
Como le expliqué, poseía cierta claridad en cuanto a ese elemento sustancial, y, de hecho, lo había expuesto de manera explícita en algunos textos a los que él aún no se había acercado, obedeciendo a su modelo de lectura ramdomizada.
Mi abrupto cambio de vida y todas las modificaciones geográficas, culturales, climáticas, sociales, y culturales que implicaba, encerraban lo que para mí consistía en una búsqueda interior muy personal, de orden mental, espiritual, filosófica si se quiere, que exhibía sus avances mediante los escritos que procuraba redactar y compartir a diario, adelantos que inmiscuían, muchas veces, lugares, personas, situaciones y pensamientos que, aunque en ocasiones parecían aislados, no eran otra cosa que piezas de un mismo rompecabezas, pedazos de historia que muchos de mis lectores, según reportaban en apreciaciones frecuentes, hallaban bastante entretenidos, inesperados e interesantes.
A propósito, tal vez una hora antes de aquella ligera disertación, platiqué telefónicamente con Paulina Franco, que al final de la conversación me hizo saber que estaba leyendo mis textos, encontrándolos —me gustó mucho su inusitada analogía— como capítulos de una serie que, aunque aparentemente inconexos, suscitaban cierta intriga frente a una posterior concatenación.
Como ya había sucedido, me dije que, tratándose de una construcción de tipo bitácora, el desenlace mismo de cada uno de mis días me generaba una profunda expectativa, y por supuesto, estaba latente todo el tiempo una expectación global: ¿qué pasaría conmigo; con mi manera de ver y de vivir mi vida; y con mi manera de pensar, transcurridos los 365 días que estaba documentando en mis textos, y que daban el nombre a mi creación?
Fredy pareció satisfecho con mi argumentación.
Planteó un nuevo cuestionamiento.
No recuerdo sus palabras exactas, pero fue una pregunta del tipo: ¿qué me ofrece la lectura de tu libro; qué me puede aportar?
Al respecto, mi respuesta era clara también, y al igual que con el primer planteamiento, había sido expuesta en algunos de mis reportes diarios.
El hecho de que Esteban Arroyave me comunicara que la lectura de mis textos lo había inspirado a materializar un proyecto de escritura que había procrastinado por mucho tiempo; de que Natalia me hiciera saber que había dado un auténtico salto de conciencia al disminuir notoriamente la compra de cosas que reconocía como innecesarias, y de, inclusive, haber regalado ropa, juguetes y demás enseres que su familia había dejado de usar; de leer y escuchar comentarios de mis lectores manifestando que habían aprendido y obtenido información valiosa que no conocían mientras leían mi libro, era para mí en extremo gratificante, y a su vez, respondía honesta y espontáneamente a la segunda pregunta de mi interlocutor.

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