DÍA 142

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-Mario Mejía-


Día 142

Enero 24 de 2023, martes.



Me quedé en una hamaca dispuesta en la sala de Johana. Totalmente expuesto, los miserables mosquitos parecieron acuchillarme durante toda la noche. No provocaron la típica picazón derivada de sus picaduras, sino un ardor intenso que no me dejó pegar el ojo, por lo que las horas corrieron lentamente mientras me movía en ciclos interminables de saltar de la hamaca, recorrer la sala, abrir la puerta, salir al aire libre procurando hallar un pequeño alivio y, finalmente, retornar a la tumbona para intentar, en vano, conciliar el sueño. 

Me prometí no volver a pasar la noche así.


Me encaminé a Iracas con las exiguas energías derivadas de mi mal dormir. Quería volver a ver al profe, a Gloria, a Miguel y al paisaje imponente característico de aquel lugar. Avanzaba por la zona pastosa previa a la propiedad y comprobé que el océano –a diferencia de un par de días antes, cuando salvé la gran masa de agua entre Necoclí y Capurganá- conservaba su mal carácter.

Ya en el chiringuito, di un caluroso saludo a la familia y platiqué con el profe sobre mi reciente estadía en Medellín, y acerca de cómo se movían las cosas en su remoto lugar de residencia. Entre otras novedades, relató que días antes el mar ingresó con tal fuerza por debajo del balcón que rodeaba la piscina, que desprendió con violencia uno de los pesados tablones que configuraban el piso; y cómo los ventarrones implacables de las fechas anteriores habían arrancado una a una, a excepción de la mía, las carpas que yacían en la zona de camping.

Escribir en el benévolo quiosco era algo que echaba de menos, así que lo hice por un rato, aprovechando la conexión a internet -única a la que tenía acceso por esas fechas- para compartir en los grupos de difusión un par de escritos que tenía listos. 

Pasado el mediodía, retiré de mi maleta -que seguía en la finca- algunas cosas que precisaba con cierta urgencia y me enruté para regresar al pueblo.


Ya en Plan Parejo, pasé a la finca de Pipe. Charlamos por un breve lapso. Refirió que Melissa había retornado a Miami el 16 de enero, situación que le reportaba una tenue nostalgia. 

Un día antes de viajar a Medellín, me percaté de que una de las fundas, la que gestionaba los cambios entre platos delanteros, había sufrido una avería, por lo que acepté el amable ofrecimiento de mi amigo -como ya he señalado, avezado en el tema- de dejarle mi bicicleta un par de días más para tratar de reparar el daño.


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El sistema de tuberías estaba en proceso, así que no había agua en el hostal, déficit que me obligaba a desplazarme recurrentemente a casa de mi amiga para ducharme, lavar y tratar de cocinar. Así pues, me dirigí allí una vez más para procurar preparar algo para la cena. Me encontré a Fernando, con quien había establecido un afable vínculo desde que llegué a aquellas tierras. Conversamos largo rato y me brindó un plato de deliciosos fríjoles -reitero, mi plato preferido- que había recién preparado.

Fernando marchó al centro de buceo, donde debía ultimar algún asunto, y me ocupé tal vez dos horas en la redacción de mis textos.


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Esa noche llegué temprano al hostal para pasar mi primera noche, dado que previamente había comprado y cambiado el candado de la puerta principal para evitar un inconveniente como el del día anterior, y entregado una copia de la llave a Agustín, el trabajador que adelantaba el tema de la tubería.

Ya había evidenciado un relevante infortunio en aquel espacio, y era la presencia abundante y mezquina de los endiablados mosquitos, por lo que me aseguré de instalar sobre mi cama, lo mejor que pude, un toldillo para procurar defenderme de sus despiadadas emboscadas.

Hacía calor, y, a pesar del agotamiento producto de la mala noche anterior, tardé tal vez una hora en dormirme. Entretanto, cierto episodio nostálgico onduló en mi atmósfera tras infiltrarse envuelto en la música que llegaba del Carambolo, un bailadero situado a cierta distancia de allí.

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