DÍA 92

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-Mario Mejía-


Día 92

Diciembre 5 de 2022, lunes.




El día anterior compré dos tiquetes para viajar por tierra desde Medellín hasta Necoclí.

Marco Andrei, el viejo socio y amigo de Mar y Fercho, había llegado a la capital paisa un día después de mí. Nuestra fecha de regreso a Capurganá coincidió. Partiríamos a las 8pm de ese lunes para llegar aproximadamente a las 6am del día siguiente.

Compartí la totalidad de ese último día con mi madre y mi hermana.

La primera, de nombre Luz Ospina, era una mujer de baja estatura, piel blanca, cabello negro corto, medianamente robusta. Aunque algunas arrugas en su rostro revelaban el desgaste que las incontables preocupaciones que mi padre, mi hermana y yo pudimos ocasionarle a lo largo de los años, sonreía frecuentemente. Siempre fue un ser noble y mesurado. A pocas personas recordaba no haber visto alguna vez con una copa, un cigarrillo o una cerveza en la mano, y mi madre era una de ellas. En una que otra reunión familiar bromeaba con ella extendiéndole un trago de ron o aguardiente —una bebida alcohólica destilada de un fermentado, muy consumida en tierras paisas—, conociendo de antemano su negativa.

Puede parecer gracioso, pero en ella parecían convergir muchas de esas frases clichés y prefabricadas que solían publicar muchas personas en las redes sociales, año tras año, en la fecha designada como “día de la madre”.

La amaba con todo mi ser; le agradecía por su perenne incondicionalidad, “quitándose el pan de la boca con tal de dar lo mejor a su familia” —como rezaba algún adagio popular—, y siempre era para mí un gusto tenerla cerca, con su emisora radial de música romántica “de plancha”, sus noticieros, sus telenovelas y su antiquísima máquina de coser, frente a la que se sentaba algunas tardes, aguzando la mirada tras sus lentes de aumento, para hacer “ruedos” y demás ajustes de sastrería.

Escribí en ese espacio sagrado, disfruté de su deliciosa comida tradicional, de la compañía de ella, Carolina —mi hermana— y Moon, mi gata, y en las horas de la noche me despedí de ellas. 

Poco antes de las 7pm emprendí rumbo a la terminal de buses para encontrarme con Marco Andrei. Nos reunimos en el sitio previamente acordado, tomamos el autobús y platicamos largo y tendido, entre otras cosas, sobre nuestra estadía en la ciudad.

Fueron nueve horas y media de viaje hasta Necoclí, durante las cuales no conseguí dormir, así que tuve mucho tiempo para pensar. 

Reflexioné sobre la percepción que tuve de Medellín por esos días, versus la fuerte impresión que bastante me afectó un mes y medio atrás. A grandes rasgos, puedo decir que a excepción de la incisiva molestia que me produjo la estridencia citadina —condensada especialmente en el centro de la ciudad—, los molestos pitos de carros y motos, el estruendoso sonido de los motores, la invasiva polución y los frecuentes embotellamientos en las vías, y en comparación con mi última visita, mi cerebro se paseó ingrávidamente por parajes de tranquilidad y reconciliación.

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