DÍA 102
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-Mario Mejía-
Día 102
Diciembre 15 de 2022, jueves.
En las horas de la mañana llegó al chiringuito una pareja singular, Karen Molina y Luis Fernando Torres. Ella contaba treinta años aproximadamente, alta, piel blanca, de curvas sensuales y armoniosas, cabello oscuro, bello rostro, bastante extrovertida. Lucía unas gafas oscuras vintage y un atuendo algo sesentero que me hizo evocar a la cantante estadounidense Janis Joplin. Su compañero era un hombre de unos cincuenta años, delgado, piel morena, estatura promedio, cabello corto y grisáceo, de actitud alegre y divertida.
Habían viajado en avioneta desde Medellín el día anterior. Nos brindaron cerveza fría que el profe sirvió. Iban caminando hacia Bahía Aguacate, pero llovía con fuerza, así que pasaron un rato en la modesta caseta. Me preguntaron de dónde provenía y qué andaba haciendo en esas tierras remotas, y al contarles un poco de mi historia, se mostraron a la vez sorprendidos y orgullosos. Luis refirió ser odontólogo, buzo, saxofonista y comerciante. La voluptuosa mujer, por su parte, empezaría a adelantar estudios en contaduría. Señalaron llevar juntos tres años, y que residían en el barrio Belén de la ciudad paisa. Los allí presentes reímos a cántaros escuchando algunas indecorosas ocurrencias que emanaban de la boca sonriente de aquel hombre jovial.
Cuando el clima tuvo clemencia, se despidieron efusivamente, iniciaron el ascenso por la montaña tomando el camino a la derecha del iglú sintético y continuaron su expedición.
Unas horas más tarde fue el turno de “Pomila”, un lugareño amigo del profe, y su pareja. Se trataba de un moreno corpulento, de quizá cuarenta años y cabello muy corto. Su novia, cuyo nombre no conocí, era una mujer de una edad similar a la suya, piel muy blanca, esbelta, cabello oscuro y corto, un tanto introvertida.
Se sentaron en el quiosco y tomaron alguna bebida mientras Pomila narró cómo hacía un tiempo estuvo a punto de ahogarse. Se encontraba en la ya mencionada Coquerita e ingresó a un mar azul y calmo, y habiendo nadado durante cierto lapso sin novedad alguna, se percató de lo mucho que le costaba regresar a la orilla, atrapado por inusitadas corrientes que le dictaron que, en efecto, se hallaba en peligro. Señaló que después de luchar contra las cerriles aguas por espacio de tal vez quince minutos, apelando a una inteligente jugada, logró ingresar en una poderosa ola que, aunque haciendo que impactara con cierta violencia contra las rocas de la orilla —en ese punto no hay playa—, lo devolvió a la anhelada tierra firme.
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Poco antes de iniciar mi exhibición musical en lo de Fercho recibí una videollamada desde el corregimiento de Santa Elena. Eran mis viejos amigos Alexa y Arturo, a quienes visité un par de veces acompañado de Aura Lina en mi última visita a tierras antioqueñas.
Al percatarse del daño que sufrió mi computadora un par de días antes a causa de la humedad y el salitre, ofrecieron hacerme llegar hasta el aeropuerto capurganalero una que conservaban, pero que habían dejado de usar. Conversamos un momento, les agradecí enormemente su gesto solidario y me entregué a un apasionado discurrir musical que rindió muy buenos frutos.
Eddie, el guía ecuatoriano que ya en un par de ocasiones había interpretado algunas canciones en el pasado, tomó mi lugar por un rato y ostentó su propuesta una vez más.
Antes de abandonar el pueblo pasé a saludar a los anteriormente referidos Marcela y Sebastián en su negocio Los Pintapiedra, que estaba situado a una cuadra de Tres Soles. Era un lugar encantador, repleto —tanto en su interior como en el exterior— de su innovadora creación que además de brillar por la genialidad de la pareja para dibujar y pintar, estaba coronada por su dinámica fascinante de hallar piedras en las playas con formas que se ajustaban perfectamente a las figuras que posteriormente pintaban encima y alrededor de ellas.
Daba gusto verlos entregados laboriosamente a su extraordinaria actividad artística.

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