DÍA 123

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-Mario Mejía-

Día 123
Enero 5 de 2023, jueves.




Aura conducía su auto. Entretanto, pensaba que de algún modo hacerlo era como tener en sus manos las riendas de su vida. De repente observó a lo lejos una sección pantanosa que cortaba el camino y bajó la velocidad. Algunos vehículos de mayor vigor y tamaño la atravesaban sin problema. Ella vaciló antes de aventurarse a cruzar, temiendo quedarse atascada en el terreno movedizo. Detuvo la marcha del motor en un punto desde el cual consiguió mirar y analizar con detenimiento su panorama, lo que le reportó oportuna serenidad y la posibilidad de decidir sosegada y estratégicamente cómo debía proceder. 


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Empecé a nadar desde la costa. Me acompañaba alguien muy experimentado en el tema. Nos alejamos rápidamente. Veinte minutos después advertí que había perdido de vista al otro nadador, así que avancé con más presteza, retirándome cada vez más. 
—¡Regresa, no te alejes tanto! —escuché que me gritaba a lo lejos, a mis espaldas, percatándome de que me adelanté más de la cuenta. Dirigí mi mirada hacia la orilla y comprobé con horror que jamás había ido tan lejos. El azul del agua había adquirido un tono oscuro que me aterrorizó aún más. Inmerso en mi desesperante situación, no supe más de la persona que me acompañaba. 
No podía creerlo, ¿viviría una pavorosa experiencia como la del 20 de noviembre del 2022?, ¿lograría sustraerme una vez más a una muerte inminente? —me decía, presagiando que no correría con tanta suerte de nuevo. Permanecí flotando, pues hallaba una vana empresa el intentar zanjar la gran distancia que me separaba de la costa. 
Cuando me venció el cansancio y el pánico se declaró vencedor de nuestro duelo, me hundí y tragué grandes cantidades de agua salada, experimentando nuevamente el ardor desagradable en mi garganta, esa notificación por parte del océano de que era completamente suyo desde adentro y fuera de mí. Tras un esfuerzo sobrehumano conseguí emerger. Para mi sorpresa, avisté a una distancia mucho menor que la que se interponía entre la playa y yo, un islote que no había reconocido antes. Saqué fuerzas de donde pude y nadé —no sin dificultad— hasta allí. Tras aferrarme a la filosa roca y trepar por la sección más baja de un acantilado, logré tocar tierra firme. Estuve acostado sobre la hierba durante tal vez una hora, recuperando la fuerza y pensando en lo afortunado que era por haberme salvado otra vez de morir ahogado. Me levanté y me di cuenta de que tenía cortes sangrantes en diferentes partes del cuerpo, que sin duda me propiné mientras me incorporaba a las escabrosas paredes de la isla. Caminé entre una selva que creí virgen, pero de pronto observé tras la espesa vegetación lo que me pareció una gran fortaleza. Sin saber por qué, avancé cautelosa y silenciosamente hasta llegar a una enorme pared de concreto que hacía las veces de una suerte de margen contundente. Después de escrutar el lugar por espacio de unos treinta minutos, descubrí un pequeño agujero en uno de los bloques de piedra. Me acerqué y miré a través de él y vi del otro lado a una multitud de gente; unos se ocupaban en múltiples tareas como herrar caballos, organizar puestos de mercado y recolectar agua; otros simplemente parecían ir y venir sin un propósito muy claro. Hablaban una lengua desconocida para mí y lucían como personas de algún país remoto.
Desperté sobresaltado y procuré digerir mi realidad. Me pregunté si las personas en aquel sueño eran extranjeros, o si el extranjero era yo. Pensé en un texto de Eduardo Galeano que había hallado pocos días antes: 

[ El cazador de historias ]
—Eduardo Galeano

"Tu Dios es judío.
Tu música es negra.
Tu coche es japonés.
Tu pizza es italiana.
Tu gas es argelino.
Tu café es brasileño.
Tu democracia es griega.
Tus números son árabes, tus letras son latinas.
Soy tu vecino, y ¿todavía me llamas extranjero?".

Había llegado a Medellín a las 3am. El bus tardó más de lo acostumbrado a razón de numerosas recogidas de pasajeros,  inclusive más que cuando viajé en ocasiones anteriores desde Necoclí. 
Aura me recogió en la terminal y descansé en su apartamento.
Un rato después de que desperté me contó que tuvo un alegórico sueño. Explicó que el hecho de inmovilizar su auto antes de avanzar hacia el fango, y la inmensa claridad que eso le proporcionó, decretaban para ella una válvula de escape, un detenerse, respirar hondo, calmarse y pensar qué jugada llevar a cabo cuando le parecía que no había una salida. Apostilló que sospechaba que pronto se situaría en el punto que esperaba y que tanto esfuerzo le había costado.

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