DÍA 116

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-Mario Mejía-


Día 116

Diciembre 29 de 2022, jueves. 



El calor era intenso y a razón de un mar cuya bravura crecía con el paso de los días me conformé con refrescarme en la pileta de agua dulce lindante con el chiringuito.

Terminaba el año y paulatinamente aumentaba el número de turistas que recorrían a pie el trayecto Capurganá-Aguacate y viceversa, y cuyo paso obligado era la propiedad Iracas de Belén. Algunos cruzaban de largo; otros departían un rato en el apacible quiosco bebiendo cerveza o café, comiendo alguna de las exquisitas preparaciones de Gloria, o escuchando y compartiendo experiencias mientras reunían la energía necesaria para zanjar los terrenos escarpados que suponía avanzar hasta El Aguacate.


"[…] Yo escribo aquí en mi habitación y el mundo arde allí afuera…"


—Se reproducía en mi teléfono. Se trataba de “Tu vida, mi vida”, una canción del argentino Rodolfito Páez. Me pregunté cómo sería su proceso literario, ¿engorroso y lento como le sucedía a veces con la composición de algunas de sus canciones, tal y como lo promulgó en una entrevista televisiva, atribuyendo dicha condición a una declarada falta de método, o sería, por el contrario, ágil y estructurado?

En cuanto a que el mundo ardiera afuera o no, realmente me tenía sin cuidado aquel día.


Una pareja llegó a la caseta preguntando si se ofrecía allí alguna alternativa vegetariana. Dado que el profe les brindó una oportuna elección, tomaron asiento. La cara del tipo se me hizo bastante familiar y advertí que él me observaba con actitud similar. Un minuto después me percaté de que era un antiguo compañero de la secundaria, Víctor Osorio, un hombre de unos cuarenta años, alto, escuálido, cabello corto negro, pálido y ojeroso. Lo acompañaba Catalina Duque, su pareja, de tal vez su misma edad, morena, alta y cabello crespo. Notificaron haber llegado desde la capital paisa esa mañana. 

Víctor me preguntó qué había sido de mi vida, y tras ofrecerle un breve resumen del tema señaló que era propietario de un restaurante vegetariano desde hacía nueve años, situado en el municipio de Envigado, al sur del Vallé de Aburrá. Catalina, por su parte, formuló su decidido interés por la [Ayurveda], un sistema de medicina alternativa de carácter pseudocientífico oriundo del subcontinente indio, y agregó que era una disciplina que combinaba con el yoga en un marco laboral.

Víctor y yo éramos egresados de un colegio en el que a partir del octavo grado cada estudiante elegía una modalidad técnica que cursaría, paralelamente al pénsum académico, durante los últimos cuatro años del bachillerato. Él optó por Dibujo Técnico, materia con la que según señaló no volvió a tener nada que ver después de graduarse. Mi electiva fue Electricidad, y aunque estuve implicado laboral y académicamente en ese rubro por espacio de casi una década, honestamente, no fue algo que me haya proporcionado pasión y bienestar.


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“[…] Excelente, mi hermano, seguí compartiendo esos textos tan chéveres, qué nota leerte.

Te deseo un excelente año nuevo.

Sabés que esta es una amistad de prácticamente toda una vida.

Gracias por tus escritos, por tu arte, por tu esencia, por tu buena energía.

Te deseo lo mejor en esas tierras, y ¡vamos es con toda!” –Fue el emotivo mensaje de fin de año que recibí por parte de Hernan Gutiérrez, un viejo amigo con el que estaba pendiente desde meses atrás un encuentro en su lugar de residencia, el Carmen de Viboral, municipio ubicado en el oriente antioqueño.


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En la noche llegaron a Tres Soles, una vez más, Manuel Medrano, David y Melissa Palacio, el novio de la modelo, y dos o tres hombres más que creo eran primos de mi viejo profesor Diego Palacio. 

Al saludarme, Medrano me dijo algo del tipo —¿ves?, nos gustó tanto el plan del martes que aquí estamos de nuevo” —y su sentencia verbal se materializó notablemente al escucharlo cantar, al igual que dos noches antes, las canciones que Sealkie y yo tocamos, y al verlo bailar enérgicamente “Como un burro amarrado en la puerta del baile”, un clásico de la agrupación de rock española El último de la fila.

El músico cartagenero interpretó impecablemente “Pequeña serenata diurna”, del maestro cubano Silvio Rodríguez, y movió avezadamente el nylon de mi guitarra clásica versionando una pieza bossa cuya compleja armonía demandaba cierto nivel en la ejecución del instrumento.

En realidad no era un gran conocedor de la música de Medrano, pero sí sabía que era dueño de una voz excepcional, y en aquella oportunidad pude comprobar que como guitarrista era grande también.

Mientras Sealkie y yo interpretábamos la canción “Amor Depredador” de la banda de rock bogotana The Mills, noté que Manuel capturaba la escena en su teléfono celular. Más tarde, se acercó a mí, me enseñó la pantalla de su dispositivo y me mostró el video de mi compañero y yo, aclarando que se lo había enviado a Álvaro Charry —más conocido como “Bako”—, vocalista de los Mills, instándolo a escuchar una buena versión en vivo de su canción que tenía lugar esa noche en tierras chocoanas.

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