DÍA 69
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-Mario Mejía-
Día 69
Noviembre 12 de 2022, sábado.
Amenazaba con tormenta esa mañana. Sin embargo, era bastante temprano cuando efectué una primera zambullida, en la que, por primera vez, no tuve visiones importantes. “Aún deben dormir”, bromeé para mis adentros.
De vuelta en el quiosco, sonaba una canción de Fausto —un cantautor colombiano— cuya letra siempre había llamado mi atención:
“Al ladrón tratan señor y al señor como un pirata
Del que hay que aplastar la flor y reventarle la mata.
Se volvió palabras Dios y hay sin hechos mil corbatas
Y el amor es un amor en la medida en que pagan.
De la iglesia suya, abuelo, ya casi no queda nada
Los curas, que no son santos, la quieren manipulada.
El verde de las haciendas se cubrió de sangre y balas
Y las nanas de los niños tabletean de metrallas”.
Me hizo recordar con nostalgia viejos tiempos en la finca familiar, en Frontino, y por supuesto, a mi padre.
A propósito de la familia paterna, conversé con mi prima Jennymar. Nacida en Medellín, estaba radicada hacía varios años en Ituango, un municipio localizado en la subregión norte del departamento de Antioquia.
Normalmente, mantenía contacto permanente con ella, pero había pasado un buen rato desde nuestra última interacción a causa de ciertos roces que tuvieron lugar durante mi última visita en Medellín, fechas en las que me encontraba notablemente alterado e irritable.
Me contó que viajaría con Dani, su mejor amigo, a Moñitos, un municipio ubicado en el departamento de Córdoba, a orillas del mar Caribe, a 78 km de la ciudad ganadera de Montería. Dani era propietario de un negocio en Ituango, que, obedeciendo a numerosas fotografías que Jennymar me había compartido, se me antojaba un lugar excepcional. Se trataba de una suerte de bar ubicado en un sitio privilegiado, dotado de un mirador ante el cual se desplegaba un majestuoso panorama, caracterizado por las montañas antioqueñas vestidas de un exótico verde esmeraldado. El colosal Río Cauca serpenteaba en la lejanía, confiriendo al paisaje un último y exquisito toque que, a mi modo de ver, era digno de la más hermosa postal. Su amigo tenía en mente poner en marcha un nuevo proyecto, por lo que le pidió a mi prima lo acompañara en su viaje a tierras cordobesas en busca de un espacio para establecer un hostal-bar, y, de hecho, radicarse allí.
Desde que emprendí mi viaje, fue algo recurrente conocer a personas que optaban por dinamizar alternativamente, ajenas al esquema típico de trabajar en una empresa, muchas veces, desempeñando funciones tediosas que distaban de sus pasiones, y de lo que realmente amaban.
Me puse con mi prima un poco al día de nuestras novedades y dejamos sobre la mesa la posibilidad de que me visitara a mediano plazo.
Más tarde, platiqué de nuevo con Mariana. Por algún motivo abordamos el tema de la riqueza. A grosso modo, ella la asoció con la comodidad que ofrecía ser poseedor de una casa y otras cosas más. En mi opinión, aquella apreciación era válida. Empero, eso había dejado de ser una prioridad para mí desde un tiempo atrás. Estaba enfocado más bien en resolver ciertos conflictos, en una autoconfrontación permanente, como en alimentar y suplir mis necesidades inmateriales. Al parecer, me estaba dando resultado, pues me sentía en paz y feliz, en el marco de una construcción fundamentada en algo sustancial: hacer lo que más amaba en la vida, escribir y hacer música. De hecho, podía decir que lo segundo me estaba proporcionando mi sustento, en miras de cumplir mi férvido sueño de redactar y publicar mi libro. Pensaba —así se lo expresé a Mariana— que cuando se consigue una estabilidad, un equilibrio mental y espiritual, todo lo demás, llámese “comodidades”, “lujo”, “confort”, “fortuna”, finalmente, llegaría por añadidura, de manera natural y espontánea. Ciertamente, no pretendía haber rozado siquiera esa armonía incorpórea que, en teoría, se leía muy bien. De hecho, estaba lejos de alcanzarla, pero era para mí un motivo de regocijo legítimo ser consciente de que estaba transitando, sin duda, la senda que allí conducía.
Me había forjado un concepto de riqueza que estaba categóricamente emparentado con algo menos vulgar que el dinero: un asunto realmente trascendental, a saber, tener la posibilidad de hacer lo que se ama, eso con lo que se vibra de forma genuina, aquello con lo que se está en sintonía, en pro de evolucionar y conseguir una versión cada vez mejor de uno mismo.
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Como a las 10:30 el clima adquirió un semblante azul claro que me exhortó de inmediato a tomar la careta y entrar en el agua. En contraposición con el chapuzón de unas horas antes, me pareció haber “cambiando de canal”, hallándome una vez más envuelto por docenas de especies marinas, y por esa azulina atmósfera alucinada. Un inmenso cardumen de pequeños peces se extendía ante mi vista. Súbitamente, un espécimen de unos treinta centímetros de longitud, plateado, alargado y de cabeza puntiaguda, atravesó el banco a gran velocidad, procurándose un lozano entremés.
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Horas de la tarde. Me desplacé al pueblo en bicicleta. Era la primera vez que lo hacía a plena luz del día, y fue grandioso. Transitar en ella surcando bosques, flanqueando la playa, acompañado del canto constante de la fauna presente en la zona, me generaba mucho bienestar, y parecía recargarme.
Me senté a escribir en el pórtico del hostal Tres Soles.
Sara López, la amiga y futura asistente administrativa y contable de Andrés Uribe , me preguntó si conocía su paradero, pero no tenía idea. Se ubicó en una de las sillas del recibidor y charlamos un rato. Me contó que el día anterior había ido a Acandí en busca de algunos implementos para el negocio.
Yo tenía cierta curiosidad por ir a Acandí, obedeciendo a sus aguas que se asemejaban a un postre de limón, de un verde cremoso muy claro, que había contemplado en mis previas llegadas a aquellas tierras paradisíacas, tanto en el año en curso, como en el anterior, 2021.
Le pregunté a Sara por Acandí y refirió que le parecía advertir que sus gentes carecían de una calidez muy especial que, a su modo de ver, era un rasgo característico presente en los carpuganaleros.
La lluvia hizo de las suyas esa noche. Dos veces tuve que desmontar mis efectos musicales —que se mojaron considerablemente— y resguardarlos en el hostal. Sin embargo, los asistentes estaban conectados y disfrutaban tanto del repertorio musical, que me pidieron continuara tocando la guitarra y cantando en el pórtico del hostal.
Un argentino de nombre Paolo, contextura gruesa, blanco, ojos, claros, vestía algunas canas, de actitud festiva y agradable, me instó a interpretar canciones de sus compatriotas Luis Alberto Spinetta, Fito Páez, Charly García, Gustavo Cerati, entre otros, y lo disfrutó a carta cabal, al igual que su novia y el grupo de amigos que lo acompañaban, entonándolas, aplaudiendo y riendo.
Era medianoche y seguía lloviendo a cántaros. Mar me ofreció pasar la noche en Tres Soles, argumentando que el camino que debía recorrer en mi bicicleta para llegar a Iracas de Belén, seguramente, debía estar bastante fangoso. Acepté.

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