DÍA 67

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-Mario Mejía-


Día 67

Noviembre 10 de 2022, jueves.



Desayuné con Gloria y el profe en el chiringuito. Ella me enseñó una foto de su nieto de un año. Sostenía en sus pequeñas manos un teléfono celular. Inclusive, parecía hacer contacto con uno de sus dedos sobre la pantalla sensible del dispositivo, probablemente, replicando una dinámica previa y comúnmente observada en sus padres. No pude menos que sentir una automática repulsión. Pensé que era algo preocupante, enfermizo, vergonzoso y estúpido que un bebé hiciera tan precoz incursión en esa especie de jaula virtual en la que ya muchos adultos éramos cautivos.

No era algo nuevo para mí, ya había visto a niños muy pequeños usando celulares, ordenadores y otros efectos tecnológicos, pero la imagen exhibida por Gloria, sencillamente, me refrescó la memoria, y yo, que por esas fechas andaba bastante sensible frente a muchos asuntos, sentí una mezcla de aversión y decepción frente al curso de las cosas mientras en mi mente resonaba alguna canción acerca de cómo las descendencias iban de “generación en degeneración”.

Recordé a Jose Martín y Tomás, los dos hijos de Érica y Giovanny, en su finca en San Carlos, mirando, ávidos de aprender, cartillas y libros, y trepando árboles en busca de fruta. Sonreí.


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Caminaba por el predio Iracas y saludé a Stephanny y Paola, que tomaban café en el pórtico de la cabaña en la que vivía la primera con Karen, su hermana.

Entre otras cosas, tocamos el tema de la tertulia pendiente, y uno más, el de ir a caretear juntos. Dicha práctica me proporcionaba cada vez mayor bienestar, alternando mi proceso literario con inmersiones periódicas en las que un nuevo ingreso al mar representaba el avistamiento de arrecifes y otras especies que no había observado antes.


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Escribía y en mi computadora se reproducía el primer álbum de Portishead, una banda británica creada en 1991 en la ciudad inglesa de Bristol, considerada pionera en el Trip Hop —un género de música electrónica y subgénero del downtempo que se originó a principios de la década de los noventa en el Reino Unido, una de mis vertientes musicales favoritas. 

Mientras revisaba mis libros en busca de un contenido muy puntual, me encontré un aparte corto de Jean Cocteau, un escritor, crítico de arte, dramaturgo, poeta, pintor, ensayista, director de cine y diseñador francés: cuando alguien le preguntó si su casa se incendiara , ¿qué se llevaría?, respondió: “me llevaría el fuego”. Tratándose de Cocteau, sospechaba más o menos de qué hablaba, y me hizo evocar un párrafo con el que siempre me sentí plenamente identificado. Hacía parte de [El lobo estepario], novela escrita por uno de los autores más brillantes y respetables para mí, el alemán Hermann Hesse, un escritor, poeta, novelista y pintor alemán.

A continuación, las líneas en boga:


“[...] Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo susurra y anda de puntillas. 

Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semi-satisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme, desesperado, en otras temperaturas, a ser posible, por la senda de los placeres, y también, por necesidad, por el camino de los dolores”.


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Por cuarto día consecutivo Tres Soles no abriría al público, debido a que Felipe, mano derecha de Fercho en la cocina del restaurante, sufrió una complicación visual. No obstante, caminé al pueblo con el fin de resolver un asunto.

En textos anteriores, hablé de Andrés Uribe. Por primera vez, me senté en su negocio y degusté un trozo de carne muy gustoso.

Me presentó a su amiga Sara López Valderrama, una atractiva mujer de unos veintisiete años, cabello largo, lacio y rubio, cejas negras muy tupidas, esbelta, atlética y ojos grandes y expresivos. Había llegado desde Medellín para apoyarlo en la parte administrativa y contable de “Carnívoros”, un ambicioso proyecto empresarial que había estado gestando, y que, al parecer, estaba a punto de poner en marcha en tierras capurganaleras. La mujer pasaría, como mínimo, el resto del 2022 en la remota aldea caribeña, inyectando su energía y su conocimiento en pro de establecer los sólidos cimientos sobre los que se iba a erigir aquella sociedad.


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A eso de las 8pm, concluidos mis pendientes en el pueblo, retorné a Playa Belén con mi guitarra al hombro, que ya había pasado a recoger a la pizzería.

En el pórtico de una cabaña de madera pintada, al igual que el quiosco Iracas, de blanco, verde y naranja, fresca, espaciosa y acogedora en demasía, tuvo lugar, finalmente, la comunión musical previamente pactada con Paola y Stephanny, sumándose la última a mis interpretaciones con su cantar, revestido de un timbre y un matiz que hallé bastante llamativos.

Tras acordar futuras interacciones musicales, me despedí de ellas y avancé hasta el iglú sintético que constituía mi dadivosa morada. Estaba exhausto y dormí en breve.

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