DÍA 84

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-Mario Mejía-


Día 84

Noviembre 27 de 2022, domingo.



Lo primero que vi esa mañana en la finca de Alexa y Arturo fue un numeroso grupo de gallinas. Escarbaban en la hierba en busca de lombrices y otros insectos para el desayuno. Las encontré adorables.

Inmediatamente, recordé unos párrafos que Laura Ramos nos leyó un día a Ondina y a mí. Se trataba de un texto del escritor, narrador, ensayista y periodista español Rafael Barrett, cuyo letrado discurrir tuvo lugar, en mayor parte, en Paraguay —un país suramericano ubicado entre Argentina, Brasil y Bolivia—, donde fue remarcado, durante el siglo XX, como una importante figura literaria.

El escrito tenía por nombre [Gallinas]:


Gallinas

—Rafael Barrett


"Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.

La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina, la ataba dos días a un árbol para imponerle mi domicilio, destruyendo en su frágil memoria el amor a su antigua residencia. 

Remendé el cerco de mi patio con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. 

Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías, yo, dueño de mis gallinas, y los demás, que podían quitármelas. 

Definí el delito. El mundo se llenó para mí de presuntos ladrones, y por primera vez, lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.

Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas al intruso, pero saltaron el cerco y aovaron en casa del vecino. 

Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces, vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. 

Sus pollos pasaban el cerco y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y, cegado por la rabia, maté uno. 

El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado y no quiso aceptar una indemnización pecuniaria. 

Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, por lo que empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. 

Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. 

El vecino dispuso de un perro decidido a todo; yo pensé en adquirir un revólver.

¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre: ahora soy un propietario".


Hubo un par de semanas, mientras Isabel estuvo en Capurganá, en las que ella, Ondina y yo compartimos bastante. Una noche nos sentamos en el extremo del muelle y leímos, en voz alta, varios textos, propios y no.

Nuestra amiga poeta, entre otros muy buenos escritos, nos compartió una versión sintetizada de “Gallinas”. Acto seguido, busqué en mi teléfono móvil un breve contenido que bastante tenía que ver con su reciente lectura, pero no me fue posible ubicarlo. Semanas después, sin buscarlo —como suele pasar—, hallé el material. Se trataba de un segmento de [El discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres], de Jean Jaques Rousseau, que había leído quizá veintidós años atrás, y que captó mi atención de tal manera que jamás lo borré de mi memoria. 

Rousseau fue un polímata suizo: filósofo, naturalista, músico, botánico, musicólogo, dramaturgo, epistológrafo, politólogo, ensayista, enciclopedista —término que generalmente solía designar a los amantes del saber— y crítico musical que vivió en los años mil setecientos.

Su filosofía se tejió partiendo de la idea de que una sociedad justa estaba supeditada a la actuación del hombre en su estado estrictamente natural, argumentando que este es bueno por naturaleza, pero su devenir social lo vicia paulatinamente.

Las líneas que quise leer aquella noche a mis amigas rezaban:


“El primero al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir «esto es mío», y encontró personas lo suficientemente ingenuas para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil.

Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, miserias y horrores habría ahorrado al género humano quien, arrancando las estacas, o rellenando la zanja, hubiera gritado a sus semejantes «¡guárdense de escuchar a este impostor! Están perdidos si olvidan que los frutos son de todos, y que la tierra no es de nadie»”.


Siglos después, los planteamientos de Rousseau y Barrett parecían una mera utopía, pero a mi ingenuo modo de ver esbozaban un panorama que estaba muy cerca de ser perfecto.

Al igual que —como proponía Rousseau— una interrupción tajante frente a la creación y el desarrollo del concepto de propiedad y su aparición en la vida del hombre pudo haber sustraído de su historia incontables barbaries, consideraba personalmente que otro tanto ocurría con la iglesia. Yo pensaba que, apelando coloquialmente a su estado natural, si las creencias y prácticas religiosas hubiesen mantenido un carácter individual, y más que eso, un carácter hermético y exento a la socialización, podría haberse anulado la propagación de posturas tan cuantiosas como diferentes, y muchas veces tan opuestas, que acabarían por promover el derramamiento de sangre como una lamentable consecuencia de absurdos dogmatismos religiosos. 


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Llovía a cántaros y de fondo se escuchaba, al interior de la casa, el estridente sonido que emitía y caracterizaba —como indicó Alexa— a la tetera en la que preparaba una bebida caliente con panela y limón, y a la que Arturo llamaba “la histérica”, atendiendo a ese rasgo sonoro.

Disfrutamos de aquella preparación tan propicia para la baja temperatura del día, y platicamos durante unas horas.

Luego de que Claudia, Alicia, Juan Carlos y Juan Pablo se despidieron, y en vista de que Arturo había salido a trabajar en las horas de la mañana, solo permanecíamos en la afable salita Aura, Alexa y yo, que después de haber dado cuenta de un improvisado y delicioso almuerzo, decidimos desplazarnos hasta el parque principal de Santa Elena.

Llegamos al lugar y encontramos a Arturo, que esa tarde era partícipe de una suerte de feria artesanal.

Nuestro amigo había gestado, unos años atrás, su propia marca de pinturas y esculturas Manosy Arte, cuyo asertivo eslogan, “echándole color a la vida”, siempre hallé de todo mi gusto. 

La tarde era gris, húmeda y muy fría, y mientras Arturo degustaba una copa de ron que alguien le brindó, reportó la poca afluencia de gente, que obedecía claramente a las fuertes lluvias que habían azotado aquel domingo.

Amablemente, nos obsequió a Aura y a mí algunos botones y posavasos, producto de su creación artística, como de la prolija manufactura respaldada por la magia inexorable y naciente de sus manos.

 “Dado que están hechas a mano alzada, nunca dos piezas serán idénticas”, habían convenido Aura y Alexa mientras observaban detalladamente el trabajo de Arturo, dispuesto en una mesa protegida de la lluvia por una carpa de considerables proporciones.

Como señalé en anteriores apartados, Aura había abandonado su quehacer como abogada para dedicarse al trabajo artesanal, y después de despedirnos calurosamente de Alexa y Arturo, y de emprender el descenso a Medellín, reflexionó y verbalizó tenuemente algo —pienso que subestimaba su gran aptitud artística— sobre la “imperfección” propia de su producción manual.

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