DÍA 104
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-Mario Mejía-
Día 104
Diciembre 17 de 2022, sábado.
Me dirigí a la playa de arena en busca de Laura. De camino, saludé a Miguel en Luz de Oriente, donde corría su segundo día de trabajo. Se hallaba en el bar picando algo de fruta. Con una amplia sonrisa reportó estar teniendo una buena jornada.
Era un día radiante en que el azul del cielo y el del océano parecían uno. Encontré a mi nueva amiga acostada boca arriba sobre la arena. Llevaba un traje de baño que revelaba de manera provocativa una generosa parte de su cuerpo armonioso, y un sombrero dispuesto sobre su cara a manera de sombrilla.
Después de nadar un rato, caminamos a la Coquerita. Durante el trayecto le conté la historia de Sonia y Remberto.
En un terreno escarpado nos topamos con un grupo de mujeres que acompañadas de algunos niños —uno de brazos— se veían imposibilitadas para trepar una gran roca y avanzar. Cargué al muchachito y Laura las ayudó también, pudiendo así sortear esa sección particularmente accidentada y complicada para ellas.
Alegría, una chica de unos diecinueve años, alta, delgada, piel trigueña, muy atractiva, nos dio la bienvenida y nos sirvió café negro y chicha de tomate de árbol. Aquella joven era producto del amor que Sonia y Remberto cultivaron mientras fueron pareja.
Pasamos allí unas dos horas disfrutando de la siempre fría, dulce y cristalina agua de las piletas, platicando y contándonos un poco sobre nuestras vidas.
A pesar de que solía observar muy bien el lugar y leer los letreros que Sonia pintaba y colgaba, aquella tarde advertí uno que no había visto en mis visitas anteriores. Rezaba:
“Hay una figura literaria que es preciosa, se llama Oximorón y consiste en colocar dos palabras con significados opuestos en una misma expresión.
Por ejemplo: luz oscura; tensa calma; fracking responsable”.
Cuando salimos de La Coquerita, nos dijimos que las señoras y sus pequeños jamás llegaron, y tampoco nos las encontramos de regreso al pueblo.
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Pasé donde Jose, pero me puso al tanto de no haber podido revisar la guitarra, aduciendo que había sido un día agitado para él.
Esa noche pude tocar en Tres Soles gracias a la solidaridad de mi amigo y colega Gabo, que en vista de que en esa ocasión no se presentaría en el Gecko, me permitió tocar con su guitarra, una electroacústica cuyas cuerdas de nylon.
Lo invité a interpretar algunas canciones. Fue un placer escucharlo.
Laura Greiffenstein se contaba entre los asistentes a mi recital, que en su mayoría fueron extranjeros.
Poco antes de dar por terminada mi presentación, Jose llegó a la pizzería con mi guitarra. Consiguió repararla. El alivio que sentí fue directamente proporcional a la suma de dinero que tuve que pagarle, cantidad que, a decir verdad, pensaba destinar a otros menesteres.
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Al final de la noche me percaté de una serie de heridas encarnadas y en extremo dolorosas que tenía en mis pies a razón de mi contacto permanente con el río y los arroyos presentes entre el pueblo e Iracas de Belén.

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