DÍA 78

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-Mario Mejía-


Día 78

Noviembre 21 de 2022, lunes.



Después de despedirme de Lina Ramírez y su familia, a eso de las 2:30am, me desplacé a la playa con Ondina y Fabián León, un turista de quizá treinta y cinco años, moreno, cabello negro corto, muy cordial, que se alojó en Tres Soles durante ese fin de semana, y que sugirió asentarnos en la arena para platicar y escuchar buena música.

Le pedí que reprodujera algo de Pink Floyd, y entonces la introductoria doce cuerdas electroacústica de “Wish you were here” invadió el hasta ese momento silencioso espacio, respaldada por el nítido sonido emitido por el altavoz.

Entré al agua en un intento de hacer las paces con el amo y señor de esas tierras remotas. En cuestión de unos cinco minutos me arrastró, para mi tranquilidad, hacia el extremo derecho de la playa, que lindaba con un vigoroso rompeolas. Lo interpreté como una nueva advertencia, mucho más amigable que la anterior, de que me mantuviera en tierra.

Mis acompañantes se encontraban, tras mi inusitado desplazamiento acuático, a unos veinte metros del lugar al que fui a parar.  

Mientras caminaba hacia ellos, me sorprendí al comprobar que, justo enfrente, se hallaba el hotel en cuya piscina, casi dos meses antes, se había ahogado el niño, evento que relaté en la fecha pertinente.

Me paré en la cerca que demarcaba la propiedad y permanecí enajenado con la vista puesta en la pileta mortuoria, pensando en la sugerente casualidad que constituía el hecho de que Fabián —yo no visitaba aquella playa desde el trágico ahogamiento del pequeño—, justamente horas después de mi temible vivencia, nos instara a desplazarnos precisamente allí.

Me pareció recrear los horripilantes instantes previos a la muerte del chico, habiendo experimentado en carne propia una situación semejante la mañana anterior.


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La lancha que me llevaría desde Capurganá hasta Necoclí estaba programada para salir a las 10am, pero, al parecer, la copiosa y constante lluvia se encargó de retrasarla.

El espeluznante acontecimiento del día anterior me hizo temer por ese trayecto, cosa que antes no me había pasado. Ver al mar enfurecido, asistido por la lluvia y la mañana gris, removió en mi memoria ese momento difícil, y sentí miedo de viajar.

No obstante, después de abandonar el puerto, tal vez veinte minutos después, se restableció mi calma y me dispuse a disfrutar de la vista solemne que un asiento en el segundo nivel de la embarcación me sirvió en bandeja de plata.

En breve, un sol radiante desdibujó el semblante lluvioso y gris que había prevalecido, dando paso a un estival cielo azul.

El bote hizo una breve escala en Triganá, una diversa bahía chocoana de la que mucho había oído hablar, pero que, a pesar de mi interés, no había podido visitar. Allí desembarcó un pequeño número de tripulantes, y acto seguido, se reanudó nuestra travesía. El color verdoso de sus aguas y la alucinada claridad de su arena me sedujeron ipso facto, por lo que me prometí, cuando estuviera de vuelta, desplazarme hasta allí y pasar una tarde al menos.

Conversé con mis vecinos de asiento en el catamarán, Jennifer y Bayron, una pareja que refirió haber pasado unos días en Capurganá. Jennifer era una mujer de unos treinta y seis años, delgada, morena, cabello oscuro y largo. Ingeniera ambiental.

A su novio le calculé una edad similar, quizá un año más. Abogado de profesión, era un hombre robusto, de piel blanca y cabello corto.

Habían viajado desde Ibagué, una ciudad del departamento del Tolima situada en el centro-occidente del territorio colombiano. Habían llevado a cabo una larga travesía para llegar hasta tierras capurganaleras, viajando en bus desde su ciudad natal hasta Bogotá, donde tomaron un avión que los llevó a Apartadó, para movilizarse desde allí, una vez más por tierra, hasta Necoclí, donde, finalmente, navegaron hasta su destino turístico: mi nuevo hogar.

Compartimos algunas palabras, entre las cuales les hablé de mi experiencia. Intercambiamos números telefónicos y reportaron su interés por leerme.


Arribamos en Necoclí poco antes de la 1pm, y corrí con la suerte de llegar a la terminal de buses justo a tiempo para abordar el autobús que salía para Medellín a esa hora.

Charlé con mi compañero de asiento, Rubelio Parra, un señor de unos setenta años, delgado, piel blanca, muy conversador. Su vasta experiencia se materializaba en los copos de nieve que coronaban su cabeza.

Era funcionario de la Secretaría de Educación de Antioquia —entidad para la que trabajaba hacía cuarenta y un años— y regresaba de San Pedro de Urabá —un municipio ubicado en la subregión de Urabá— para movilizarse a la capital paisa.

Me contó que en San Pedro realizó una especie de monitoreo a sus rectores colegiales, hallando todo en orden. Me explicó la curiosa procedencia de su nombre, argumentando que sus padres querían llamarlo Rubén Ebelio. El cura sugirió abreviarlo, y obteniendo el consentimiento de sus progenitores, lo bautizó Rubelio.

Particular también encontré el hecho de que, habiéndose recibido como biólogo y químico, la dicción que formaba su nombre se compusiera de dos elementos de la tabla periódica, a saber, el Rubidio (Rb) —un metal muy blando y de color blanco plateado, perteneciente al grupo de los metales alcalinos, y cuyo número atómico es 37— y el Helio (He) —que presenta las propiedades de un gas noble, de número atómico 2—.

Me pareció que era coterráneo del Padre Marianito, sobre el cual me preguntó, y al brindarle una respuesta insuficiente, me exhortó a conocer un poco sobre él.

Atendiendo a su demanda, me enteré de que su nombre de pila era Mariano de Jesús Eusse Hoyos; que era oriundo de Yarumal, un municipio situado en la subregión norte de Antioquia, y de que fue un sacerdote, predicador y misionero que obtuvo la beatificación, un reconocimiento por parte de la iglesia católica, consistente en la certificación de su entrada al cielo al momento de morir, y de su facultad de otorgar beneficios a las personas que rezaban por él.

Rubelio afirmó que Marianito fue el primer santo colombiano, y que su cuerpo, sin aditamento alguno de por medio, jamás se descompuso, es decir, se momificó naturalmente.

Mientras vivía se habló de los milagros y del poder de Marianito para comunicarse con Dios, pero el portento que propició su ascenso al sitial de los beatos fue la sanación de un cáncer linfático, el 13 de junio de 1999, al presbítero —segundo grado de la jerarquía eclesiástica— Rafael Gildardo Vélez Saldarriaga, de la Diócesis —distrito o territorio cristiano donde se ejerce la jurisdicción eclesiástica— de Santa Rosa de Osos, otro pueblo del norte antioqueño.

Marianito pasó la mayor parte de su vida en Angostura, vecino de su pueblo natal, donde fue nombrado párroco y ejerció ese cargo hasta el momento de su muerte, a sus ochenta años, el 13 de julio de 1926.

Cuando me preguntó de dónde venía, para dónde iba y demás, y le conté sobre lo que estaba escribiendo, mencionó algo que, inmediatamente salió de su boca, se trazó en mi mente como un maravilloso e inspirador ensueño a la hora de escribir un tercer o cuarto libro. Con tono entusiasta refirió que un gran amigo suyo adecuó su propia casa rodante y recorrió, en lo que constituyó una aventura inolvidable, el subcontinente austral de América, más conocido como Suramérica.

Debo admitir que envidié un poco el hecho de que Rubelio, según señaló, hubiese tenido la fortuna de recorrer los 125 municipios de Antioquia, departamento colombiano con mayor número de ellos, seguido del departamento boyacense, que cuenta 123.

Apostilló que Murindó, un municipio de la subregión urabeña, siempre capturó especialmente su atención, obedeciendo a su acceso inicial por el Río Sucio, una masa hídrica que discurre por Antioquia y Chocó, y que, posteriormente, desemboca en el Atrato, un río bastante relevante que nace en el Cerro del Plateado, en el municipio de El Carmen de Atrato, en la Cordillera Occidental de los Andes, y que desemboca en el golfo de Urabá, en el Mar Caribe —ese que me llamó a rendir cuentas un día antes—, cerca de la frontera con Panamá.

Habló de la onírica coloración hidrológica que se despliega en el punto exacto en que el Río Atrato y el Río Sucio —su afluente— convergen.

Platicando en torno a la proyección de mi libro terminado y publicado en físico, se concebía un corpulento volumen. 

Como ya he explicado, constaría de 365 textos diarios, y cada uno, en promedio, contaba entre cinco y seis páginas, tal vez un poco más, por lo que el número total oscilaba entre 2000 y 2200 páginas. Rubelio se pronunció al respecto admitiendo que, personalmente, vacilaba antes de embarcarse en la lectura de libros tan extensos. Puso en juego una sugerencia: publicar dos tomos, uno por semestre, situación que podría, por una parte, alivianar su lectura, y de otro lado, generar expectativa en los lectores del primer tomo frente a la publicación del segundo y concluyente.

Por esos días varias personas me hablaron sobre un asunto que era —me atrevería a llamarlo así— inherente a la concepción y pretenciosa —y por supuesto, parcial— comprensión que yo tenía del mundo: La Perenne Dualidad que confiere sentido a la existencia.

Rubelio fue uno más, al colocar sobre la mesa posibles nombres que, según su criterio, podrían ser pertinentes para los dos tomos en boga: día y noche  /  ocaso y crepúsculo  /  Yin y Yang…

Pensé que puntualmente no adoptaría uno de aquellos dimorfismos, pero mi imaginación, desaforada por naturaleza, comenzó a tejer sus estratagemas.


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Llegué a Medellín a eso de las 11pm.

Carolina, mi hermana, dormía, así que di un caluroso saludo a Luz Ospina, mi madre, y a Moon, mi gata.

La segunda durmió a mi lado y no se despegó de mí durante las escasas cinco horas que estuve en la cama —cada vez dormía menos—, superficie que, no podía negarlo, extrañaba un poco, al menos por unas noches.

Sobre la primera discurriría verbal y generosamente en escritos posteriores.

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