DÍA 68

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-Mario Mejía-


Día 68

Noviembre 11 de 2022, viernes.



El profe me contó que el día anterior un periodista le preguntó al jeque de Qatar —un estado soberano árabe ubicado en el oeste de Asia, qué pensaba con respecto a que las mujeres allí tuvieran que permanecer ataviadas y cubiertas con túnicas, a lo que repuso:

“Si usted tuviera que elegir entre un dulce con envoltura, y uno sin ella, ¿cuál elegiría?”

Pensé que, tratándose de atuendos tan radicales, su respuesta resonaba hasta cierto punto con mi forma de pensar, apelando —y hablo desde la mundanidad— al factor “suspenso”.


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Poco antes de las 10am llevé a cabo una primera —y aún incipiente— inmersión. Cada vez me alejaba un poco más de la orilla, aventurándome a profundidades un poco mayores, y experimentando un gran deleite al observar múltiples corales y cientos de peces de diferentes formas, tamaños y colores, en el marco de ese onírico entorno azulado. 

Me encantaba fijar la mirada justo en la línea divisoria de ese “Lado A” —por encima de la superficie— y el “Lado B”, a través del cual nadaba aún con torpeza, pero cada vez más seguro.


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Hablé digitalmente con Mariana Alzate, una vieja compañera sentimental a la que le había perdido el rastro años atrás. Nos pusimos parcialmente al tanto de nuestras vidas, y refirió que sus padres y su hermana menor a quienes estimaba desde el tiempo y la distancia— se encontraban bastante bien. Me alegré sinceramente por ello.

Mariana estudió un pregrado en Literatura, y era una mujer estudiosa, por lo que siempre hallé divertido y muy interesante platicar con ella.


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Un par de días antes, me notificaron del aeropuerto Narcisa Navas de Capurganá que —al fin— mi bicicleta había llegado desde Medellín. Tres semanas antes, durante mi viaje a la capital antioqueña, la había enviado a través de una de las aerolíneas que tenían cobertura en el pueblo y empezaba a pensar que realmente estaba tardando en llegar.

Me desplacé a pie hasta la pista de aterrizaje y Jefferson, un hombre de unos treinta años, moreno, cabello corto, estatura mediana, muy amable, me hizo entrega de mi preciado bien.

Me tomó unos veinte minutos armarla, y después de más de un mes de no disfrutar de ella, me desplacé pedaleando, atravesé la pista y me dirigí a lo de Fercho para tocar, aprovechando la tregua climática.


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Pasadas las 8pm, me empezaba a preocupar la nula afluencia de personas en Tres Soles, pero quizá media hora más tarde empezaron a llegar los comensales. Realicé el montaje de mis artilugios musicales, llevé a cabo la interpretación de “La Piedra Invisible”, una canción de la agrupación madrileña de indie pop español Izal, y de ahí en más todo pintó muy bien para Fercho, y para mí.

Edi era un funcionario de una empresa turística en el pueblo. Se trataba de un hombre de unos treinta y cinco años, oriundo de Ecuador, moreno, esbelto, cabello corto, muy amigable. Me pidió que le permitiera interpretar un par de canciones. Accedí y lo hizo bastante bien, tal y como sucedió quizá un mes antes, en iguales condiciones.


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Por primera vez me trasladé desde el pueblo hasta Finca Iracas en mi bicicleta, y a pesar de la penumbra de la medianoche —que, como he aclarado, me encantaba, pero montado en la bicicleta suponía cierto riesgo, fue un goce absoluto.

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