DÍA 141
3 6 5
-Mario Mejía-
Día 141
Enero 23 de 2023, lunes.
Desperté antes de que sonara la alarma. Creo que fueron las gordas gotas de lluvia percutiendo el tejado de La Mariápolis las que me exhortaron a la vigilia.
Salté de la cama, me puse medianamente presentable y tomé, en compañía de Cristian, un tuk tuk hacia el desembarcadero. El lugar era esa mañana un amasijo de lugareños, turistas y migrantes de distintas nacionalidades que se movían de un lado a otro procurando no mancillar su calzado con el lodo espeso producto de la insistente lluvia. El mar se regía por un sosiego que realmente no me esperaba, y unos cuarenta y cinco minutos después llevábamos a cabo el desplazamiento, que, a excepción de uno o dos “¡ay!” proferidos por algunos tripulantes a razón de un igual número de ligeras sacudidas de la embarcación, no reportó ninguna novedad.
El gris de la mañana quedó atrás, dando paso a un sol radiante y a un cielo cuyo azul se reflejaba fielmente en las aguas del Caribe. A las 10am pisamos el ardiente asfalto del muelle capurganalero. Bullía en él una multitud de personas que hablaban en español, francés, inglés y alemán, situación que reveló mi ignorancia al ser consciente de que, a duras penas, conocía mi propia lengua.
Después de saludar rápidamente a Kelly en uno de los establecimientos contiguos al puerto, me despedí de los dos primos que, según señaló Cristian, no se veían desde hacía más de una década.
Según lo convenido, me dirigí a casa de Johana, donde me encontré con una amiga suya que iba a estar apoyándome, al menos inicialmente, en las labores previas a la reapertura. Se trataba de Doralicia Moulie, la chica francesa a la que conocí -también en lo de mi amiga- cuando llegué a Capurganá cinco meses atrás. La acompañaba su amiga y coterránea Meggane, una mujer de quizá treinta años, alta, rubia, delgada, mandíbula proyectada y orejas muy pequeñas que lucía lívida y decaída. Con un mal español me contó que tenía el estómago repleto de parásitos, condición que, siendo recurrente, comenzaba a representar una creciente preocupación.
—Pienso que son mis miedos y otros asuntos psicológicos muy arraigados somatizándose —concluyó.
Desayunamos una suerte de potaje de avena con miel y trozos de manzana que Doralicia nos sirvió.
Las dos europeas se encaminaron a la playa y yo permanecí cerca de una hora avanzando en mis escritos. Acordé reunirme a la 1pm en La Bohemia con Doralicia y Milena, una mujer que -como lo acordó previamente con Johana- nos daría una mano en la limpieza del lugar.
De camino me topé con Kike. Se mecía tenuemente en una hamaca dispuesta en el recibidor de su casa, cuya puerta se abría de par en par. Mientras intercambiábamos saludos, pasó caminando Stephanny, mi antigua vecina en Iracas de Belén. Cris, su hijo, un chico de unos once años, piel blanca, delgado, cabello largo, negro y lacio, estaba con ella. Me indicó mi amiga que había viajado desde Cali para radicarse en la aldea. Tras pactar vernos pronto para platicar y hacer algo musicalmente, me despedí de madre e hijo en la puerta del hostal, que estaba de camino a Plan Parejo, donde residían.
La Bohemia consistía en una edificación de dos plantas. Cuando visité el espacio por vez primera, en febrero del 2021, la totalidad de su construcción era en madera. Casi dos años después, concluidos los trabajos de remodelación, era el concreto el material predominante en el primer piso, que comprendía la cocina, una sala de estar y tres amplias habitaciones. Por su parte, la segunda planta -erigida en madera- contaba con tres alcobas de menor tamaño, un baño y un espacioso balcón cuya vista inmediata era una nutrida vegetación detrás de la cual podía visualizarse una porción marítima.
Conocí pues a Milena, una mujer de aproximadamente cuarenta y cinco años, baja estatura, piel morena y actitud maliciosa. Dos iguanas de gran tamaño -una de ellas, quizá la más grande que había visto hasta ese día- masticaban hojas verdes y nos observaban desde un árbol mientras poníamos un poco de orden en el balcón. Tres o cuatro ardillas de pelaje oscuro jugueteaban en las ramas vecinas.
Un rato después nos visitó Lewis, hijo de Milena. Se trataba de un niño de unos once años, moreno, robusto, muy espabilado. Con aire altivo me explicó cómo, gracias a la eficaz y divertida metodología de una de sus profesoras, aprendía inglés a pasos de gigante.
--- --- --- ---
Corría la noche. Mientras comía algo en uno de los negocios de la cancha, me sentí un poco solo, cosa que no recuerdo haber experimentado desde mi primera salida de Medellín. Caminé hasta La Bohemia, y en vista de que uno de los trabajadores había asegurado sus puertas con un candado cuya llave solo él portaba, me desplacé nuevamente al apartamento de Johana.
Platiqué -o eso traté- con Doralicia y Meggane, mas no comprendía muy bien su español. Por lo demás, de francés no tenía la menor idea.
Quizá treinta minutos después, la primera nos dio las buenas noches. La segunda se sentó en una mesa muy pequeña al lado de la barra de la cocina y se dedicó a escribir en un cuaderno, según me dijo con gesto infantil, una reflexión en torno a una canción del cantautor español Enrique Iglesias.
Esa noche me enteré de que Fernando, el viejo inquilino de Johana -que dormía en su cuarto desde que llegué-, saldría también de Capurganá, temporalmente, en las semanas posteriores.

Comentarios
Publicar un comentario