DÍA 113

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-Mario Mejía-


Día 113

Diciembre 26 de 2022, lunes. 



Poco después de dar cuenta de una deliciosa empanada de queso y atún preparada por Gloria, llegó al quiosco una familia bogotana residente en Apartadó. Se componía de una señora de aproximadamente cincuenta años, cabello corto rojizo, piel blanca y en cuyos ojos parecía brillar la humildad; el padre, un hombre de quizá cuarenta y ocho, moreno, ojos verdes, bastante robusto y muy sonriente, y su hija, una mujer de unos veintiocho, de bonito rostro, voluptuosa, cabello castaño un tanto rizado, piel blanca y ojos claros —como los de su papá—, que me contó rápidamente cómo el mar le hizo pasar un buen susto el día anterior, arrastrándola y suscitando una colisión contra una superficie rocosa que le ocasionó algunas pequeñas laceraciones en brazos y piernas, situación similar a la que experimenté, al igual que ella, un día antes. 

Hablamos un rato sobre la agresividad propia del océano durante el fin de año y los dos meses subsiguientes, como del especial cuidado que los bañistas debían tener. Posteriormente, padres e hija se encaminaron al pueblo.


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“Ya que mencionás el oxímoron, no sé si alguna vez te hablé de una canción que hice regida por esta figura. Titula «te vi llegar cuando te fuiste»”.


En un texto que había compartido en fechas anteriores mencioné brevemente aquel modelo retórico de pensamiento, y esa mañana recibí este mensaje por parte de Esteban Arroyave. Esperé escuchar pronto la composición musical en boga.


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El mar lucía un vestido a rayas en el que el azul claro era sucedido por un verde aguamarina, y este, a su vez, por un azul más oscuro, perpetuándose así las franjas que embriagaban mi vista y configuraban en mi cabeza un pensamiento que cada vez era más recurrente: mientras más peligroso se pone, más hermoso se ve.


Entrada la tarde llegaron nuevos turistas. Viajaron desde Cocorná, un municipio situado en el oriente antioqueño. Pasarían unos días en una de las cabañas de la propiedad Iracas. Se trataba de Andrea, una profesora de Ciencias Naturales de tal vez cuarenta años, baja estatura, piel dorada por el sol, delgada y actitud jovial; Arturo, su compañero sentimental, un artesano y cocinero que contaba unos tres años menos que ella, moreno, alto, cabello negro muy largo, barba y bigote desprolijos, y la hija de la mujer, Saya, una jovencita a punto de cumplir quince que llevaba el pelo corto y oscuro, de piel blanca, delgada y aparentemente introvertida. Los tres eran poseedores de una energía diáfana y afable y pronto se estableció un auténtico nexo de camaradería.


Después de almorzar con el profe, Gloria y Miguel, tuvo lugar un evento coincidencial. En mi reporte del 20 de diciembre hablé de una especie de animal cuyo nombre desconocía, y que traté de describir lo mejor que pude tras haberlo encontrado de camino a Bahía Aguacate en fechas previas. Cuando el profe terminó de leer aquel texto, me indicó que el nombre del espécimen era “Saíno”. Mientras mi anfitrión pronunciaba aún la frase informativa, recibí un mensaje de David Pineda :


“[…] El animal que vieron se llama Saíno, o Pecarí de collar.

Nombre científico: Pecari Tajacu.

Familia: Tayassuidae.

Con gusto aportaré cualquier contribución para tu libro, y si tiene que ver con animales, mucho mejor”.


David señaló que uno de sus sueños era descubrir una especie animal, pero el mundo aeroespacial lo alejó un poco de la posibilidad de materializarlo.


“[…] A veces me pongo nostálgico al pensar qué sería de mí si hubiera seguido mi vocación como biólogo. Estoy seguro de que ya tendría muchas especies nuevas a mi haber” —añadió.


Me exhortó a fotografiar cuanto animal extraño me encontrara en aquellas tierras donde era probable, como apuntó, que habitaran especies no descubiertas.


“[…] descubramos una especie juntos y la designamos con un nombre dedicado a Spinetta o Charly” —concluyó el flaco Pineda.


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Mi viejo profesor de música, Diego Palacio, me notificó que había viajado esa tarde desde Medellín, y aterrizado en el Narciza Navas hacía poco tiempo. Pasaría aproximadamente tres semanas en Capurganá y se alojaría en el ostentoso Hotel Tacarcuna, una de las propiedades de su padre.

Dejamos sobre la mesa la posibilidad de reunirnos.


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Marché al pueblo. Necesitaba obtener noticias de mi guitarra por parte de Jose. Por otra parte, yo acostumbraba efectuar mantenimientos periódicos a mi bicicleta, dado que el salitre predominante en el ambiente se constituía como un agente decisivamente invasivo y destructor, y aquella tarde precisaba conseguir un lubricante eficaz para llevar a cabo dicho menester.

Me encontré con información desalentadora. Jose halló que el jack de la guitarra estaba completamente sulfatado y corroído, y en la remota aldea caribeña resultaba prácticamente imposible encontrar la pieza averiada. En ese orden de ideas, debía seguir tocando con la guitarra en su modo puramente acústico, y en vista de que amplificar mi voz —o lo que quedaba de ella— generaría un notable desbalance, cantar implicaría un mayor esfuerzo y desgaste. 

Al menos pude conseguir, a través del mismo Jose, el gel lubricante para consentir mi medio de transporte a dos ruedas.


Caminé hasta los negocios de la cancha para tomar algo. Allí me topé con Pipe, su novia Melissa, y con Fantasma y Dana, sus dos rozagantes perros de raza Pit Bull. El macho llevaba puesta una máscara que perfectamente lo hacía pasar por la versión canina de Hannibal Lecter, el psicópata antropófago creado por el escritor estadounidense Thomas Harris, autor de una serie de novelas de suspenso en las que Lecter era el singular protagonista. 

Pipe señaló que Fantasma, aunque cariñoso y noble con los seres humanos, solía tornarse un despiadado criminal con otros perros.

Después de cruzar unas palabras más con la pareja, me dirigí a Tres Soles, donde ofrecí, acompañado de Sealkie en la percusión, un recital acústico que a pesar de mi voz lastimada resultó bastante bien logrado y muy emotivo.

Esa noche conocimos a Camil Muñoz, un hombre de unos treinta y dos años, blanco, estatura promedio y cabello oscuro que, entusiasmado con nuestro repertorio, nos brindó un generoso número de copas de ron.

En una de las mesas departía Johana con un grupo de amigos. Uno de ellos, Pablo, de nacionalidad chilena, moreno, delgado y blanca sonrisa se sumó al número interpretando con desenvoltura algunas canciones de los argentinos Fito Páez, Soda Stereo, y del músico multi-instrumentista franco-español Manu Chao.

Terminado el show, Diego Palacio se acercó y me saludó. Era un hombre de tal vez treinta y ocho años, piel blanca, cabello corto y rubio, y amplia sonrisa. Llevaba lentes. Me dijo que yo no precisaba amplificación, arguyendo que desde el segundo piso del hostal Tres Soles, donde residía su papá, pudo escuchar a la perfección nuestra propuesta. Añadió que le sorprendió cómo había evolucionado en la ejecución de la guitarra, e inclusive bromeó comentando que le diera algunas clases, porque —supuestamente— estaba tocando mejor que él, cosa que por supuesto distaba de la realidad.


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Recibí desde Brasil un caluroso saludo de mi entrañable amigo Juan Esteban Ramírez:


“[…] Feliz navidad. Te quiero mucho, hermano. 

Me da mucha alegría siempre leerte. Escucharte sería mucho mejor, pero ¡leerte es una puta maravilla! Qué chimba acercarme a tus textos y verte junto a mí cuando mirábamos aquellos viejos videos de Fito, ¡qué buenos momentos, man! Qué nostalgia, aquí me estoy tomando un vino en tu nombre. También tocando la guitarra.

Te quiero un montón. Seguí escribiendo. No dejés de escribir nunca. Qué bien que estés viviendo la vida, y qué chimba tu viaje. ¡No parés de escribir, y no parés de viajar”.


Tratándose de Juanes, aquel mensaje me tocó de manera notoria. Le envié respuesta y pactamos seguir en contacto.


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Sealkie, Camil y yo caminamos al muelle, donde pasamos un par de horas más colgados de la noche estrellada, las luces de colores que saltaban en el pueblo, el ron, la guitarra y buenas conversaciones.

El segundo se despidió e ingresó a un hotel contiguo al muelle; Sealkie se quedó en la finca en Plan Parejo y proseguí mi travesía nocturna hasta Iracas de Belén.

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