DÍA 73
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-Mario Mejía-
Día 73
Noviembre 16 de 2022, miércoles.
Durante toda la noche y en la madrugada escuché el mar rugiendo con fiereza. Creía que difícilmente podría alcanzar el nivel de la estructura sobre la cual estaba montada la carpa, y pensaba, más por morbo que por temor, en cómo serían las cosas si de repente sus indómitas aguas arrasaran con todo, con plataforma de madera, con mi campamento y conmigo adentro.
Salí del iglú y me percaté de que llovía, y de que el océano, efectivamente, se agitaba con mayor ímpetu que el día anterior.
Mi vista se deleitó al observar cómo el arcoíris emergía del agua salada, cruzando la aldea en dirección al norte, dato que me suministró la brújula que el profe me obsequió, y sobre la cual hice referencia en textos anteriores.
Extrañaba sumergirme y caretear, pero el mar parecía conservar su mal carácter, así que permanecí escribiendo en casa de Stephanny, observando un indeciso comportamiento climático que se debatía entre diluviar o no.
Días antes, ella, Paola y yo establecimos una suerte de “sinergia alimenticia” que, según pude percibir, comenzaba a beneficiar tenuemente nuestros bolsillos.
Más tarde, en el quiosco del profe, conocí a Jean Phillipe Varlet, procedente de la ciudad francesa de Lyon. Refirió haber estado viajando desde hacía ocho meses, comenzando por México, Belice —un país situado en la costa este de Centroamérica—, Guatemala y, finalmente, Colombia.
Hizo mención, con actitud altiva, de su travesía por Cundinamarca, Boyacá, Santander, Sucre y La Guajira. Eufórico y sonriente, como si hubiese acabado de saltar, recreó vívidamente su experiencia de arrojarse al vacío en Bungee Jumping, en San Gil, un pequeño municipio andino en territorio santandereano.
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Me enteré de que esa tarde mis amigos David Pineda y Julián Arenas, líderes de Cipsela Corp., se presentaron en Teleantioquia, un canal regional de televisión abierta donde estuvieron hablando sobre el lanzamiento de una Misión de nombre Artemis I, una misión no tripulada programada por la NASA —una agencia gubernamental estadounidense responsable del programa espacial civil, y de las investigaciones en materia aeroespacial y aeronáutica—, siendo la primera del programa Artemis que fue ejecutada con el sistema de lanzamiento espacial y la nave Orión como carga útil.
Durante la transmisión, David y Julián también platicaron sobre la nueva era espacial que se desplegaba en el marco del primer alunizaje —llegada a La Luna— hecho por una mujer.
Llevaron a cabo, además, una transmisión online, y asistieron la misión en boga.
Siempre me sentí orgulloso de aquellos dos cerebros excepcionales.
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En un giro diametral de tema, un par de horas después, mi amiga Natalia me contó que, habiendo hallado en su cocina algunos plátanos, decidió preparar con ellos una auténtica delicia culinaria conocida en Colombia como aborrajao’.
Por una parte, me hizo evocar una de las regiones más lindas que recordaba haber visitado: Ginebra, un municipio situado en la parte central del Valle del Cauca. De otro lado, recordé exactamente el día en que, en un pasado lejano, comí por primera vez aquella sabrosa preparación típica del departamento vallecaucano, consistente en plátano maduro relleno de queso y bocadillo.
A propósito de esa delicia, recordé que más de un año antes había escrito una décima que dediqué al aborrajao':
Me quedo como antojao’
con tan suculento manjar.
Su nombre creo recordar:
El bendito aborrajao’.
Estaba yo muy pelao’
cuando me comí el primero.
Era por allá un enero,
estaba en Ginebra, Valle,
feliz, andando la calle,
inquieto y dicharachero.
Lamenté que más de cuatro mil kilómetros se interpusieran entre Natalia, yo y sus aborrajaos, que tan solo pude apreciar en una foto que mi amiga me compartió digitalmente.

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