DÍA 65
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-Mario Mejía-
Día 65
Noviembre 8 de 2022, martes.
Pasadas las 7am, Ondina, Bruno y yo viajábamos en una lancha rumbo a Capurganá. Nuestro peludo amigo se comportó a la altura. Me pareció que disfrutó del viaje y de la vista azul.
Tocamos tierra firme. Mi amiga debía llegar pronto a Doble Vista para iniciar labores del voluntariado, así que apretó el paso. Bruno la siguió.
Pasé por Tres Soles para conversar algo con Fercho, pero, al parecer, este no estaba en el hostal, pues la puerta permaneció cerrada.
Luego de comer algo, realicé mi caminata hasta Iracas de Belén, que como era costumbre, disfruté paso a paso, dejando atrás el pueblo, la multitud, los moto-carros y los parlantes que a un volumen a veces exagerado reproducían cierto tipo de música tan mal lograda que hacía que me ardieran los oídos.
Empezaba a percatarme de que mientras más lejos estuviera del ruido y la congestión —inclusive en Capurganá—, más tranquilo me sentía, y Playa Belén era un lugar que encerraba todo eso que me proporcionaba paz y bienestar.
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Gabriel Durán y Fernando eran dos amigos que vivían en la ciudad de Bogotá. Llegaron a Iracas para pasar un par de días en la finca. Con los bolsillos maltrechos, el profe les facilitó muchísimo las cosas, apelando a un rasgo —entre otros— que me parecía identificar en él como un auténtico atisbo filantrópico.
Gabriel era venezolano, blanco, cabello corto, estatura promedio. Su amigo colombiano era delgado, cabello indio negro, moreno y muy gracioso.
Esa tarde el primero me prestó un esnórquel. A pesar de que era un pésimo nadador y tragué una cantidad importante de agua salada, disfruté mucho de la experiencia, introduciéndome en un mundo del que sospechaba iba a tener muchísimo por decir.
Platicando con el profe, me compartió algunos datos curiosos sobre la porción geográfica que nos aceptaba, como el hecho de que el modesto aeropuerto capurganalero —Narciza Navas— era el único en el país con nombre de mujer. Que, en lengua Guna, “Capurganá” quería decir “tierra del ají”. “Sapzurro” equivalía a “bahía profunda”. “Acandí” era lo mismo que “río de piedra”. “Triganá” significaba “tres bahías”; y que el islote Narza —aquel al que dos meses antes llegué en lancha con Fercho, Yésica, Enrique, Nerea y los demás para almorzar y pasar allí una tarde espléndida— debía su nombre, precisamente, a Narciza Navas.
Finalizando la tarde llegó un grupo de tal vez veinte personas que iban a acampar en Playa Belén. Comprobé que la afluencia de turistas no dependía de si era sábado, martes, domingo o lunes.
Graciela, una integrante del grupo, de unos cuarenta años, de nacionalidad argentina, muy delgada, cabello rubio, mestiza, una bonita sonrisa y un acento marcado y muy simpático, narró algo bastante cómico. “Carlitos” —así se refería a él apelando a una sustentada confianza—, quien fue su odontólogo de cabecera desde los cinco años de edad, era protagonista, justamente esa fecha, de un “culebrón” —fue el término exacto que ella utilizó— en Argentina. La mujer se enteró, mediante un grupo virtual de amigos coterráneos, de que su dentista estaba en la boca de los noticieros argentinos. Carlitos, residente en San Francisco, una ciudad de la provincia de Córdoba, Argentina, y cabecera del departamento de San Justo, disparó un arma de fuego en detrimento de Damián Javier Bernarte, intendente interino de esa población, al enterarse de que este mantenía amoríos con su esposa.
Esa noche no hubo servicio de pizzería en Tres Soles, así que permanecí en lo del profe.
Conversé con los otros miembros del círculo de visitantes, compuesto por el novio de Graciela, de nombre Jose, un hombre de unos treinta y ocho años, delgado, moreno y alto, dedicado a la pesca, según refirió, desde que era un niño; Marcela, una mujer robusta, que rondaba los cincuenta, robusta, de ojos verdes, cabello castaño claro, piel trigueña, muy cordial; y su esposo Sebastián, de tal vez cuarenta, cabello plateado, estatura promedio y piel blanca. Gabriel y Fernando también se sumaron al modesto agasajo.
Todo el tiempo sonó la música bendita en el equipo del quiosco, embelleciendo la atmósfera nocturna. Un par de canciones de Joaquín Sabina —un cantautor, poeta y pintor español, maestro de los versos y las rimas consonantes, bastante escuchado por el profe Diego—, y una de Nino Bravo —un cantante y compositor español—, “un beso y una flor”, fueron entonadas emotivamente, al unísono.
Mientras departíamos, se escuchó un virtuoso solo de violín, y Graciela, figura chistosa y ocurrente, nos puso al tanto de la cómica significación que revestía la palabra “violín” en su país natal, señalando que así llaman al que siempre está dispuesto a ser “violado”.
Compartí con el afable grupo un resto de noche agradable, en el marco de prolíficas pláticas, enérgicas carcajadas, juegos de mesa y muy buena música.

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