DÍA 114
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-Mario Mejía-
Día 114
Diciembre 27 de 2022, martes.
Me concentré en mi rodilla izquierda y aunque la herida en ella aún no sanaba por completo, constaté con alivio que el dolor había menguado considerablemente.
Gloria y el profe estaban acompañados de un hombre que rondaba los cuarenta, alto, fornido, de cabello crespo, piel trigueña, barba poblada y ojos claros. Usaba lentes.
Sobre la mesa plástica del centro de la caseta yacían los dos posavasos que Aura y Arturo habían diseñado, elaborado y me habían obsequiado, y una lata de cerveza vacía que a todas luces el visitante había bebido. Minutos después supe que se hacía llamar Sigui, y que se alojaba en La Gata Negra —el hostal a cargo de Michelle, en Sapzurro— asumiendo la figura de voluntario. Al escuchar mi voz áspera y desgastada me sugirió preparar una suerte de puré con banano, miel y limón, aduciendo que obraría como humectante para mi garganta. Dado que en ese momento carecía de banano lo dejé como pendiente y en lugar de eso tomé un poco de jengibre, ajo y limón que había comprado el día anterior, los maceré lo mejor que pude e ingerí la pasta resultante mientras mis músculos faciales convulsionaban ante su sabor fuerte y penetrante.
Me pidió prestada mi guitarra —la había llevado a la finca con el ánimo de hacerle un cambio de cuerdas— y ejecutó un par de progresiones armónicas utilizando algunos acordes de séptima y novena tensión que sonaron bastante bien.
Platicamos un rato y se despidió comentando que caminaría hasta Bahía Aguacate.
Como una hora más tarde convergíamos en el quiosco el profe, Gloria, Andrea Lozano, Arturo Ramírez, y Saya, la hija de la tercera.
Después de una copiosa lluvia el día permaneció frío y gris, pero sentí una reconfortante calidez en mi pecho y una tenue sonrisa se trazó en mi semblante al advertir una vez más la presencia en la finca de las adorables “vacas marinas”, y al observar cómo una de ellas, la de mayor tamaño, levantó su cabeza, extendió sus enormes orejas y me miró tierna y fijamente con los ojos muy abiertos.
El profe agasajó nuestro humor recreando una vieja historia familiar. Relató que en su juventud su hermana menor escribía un diario, y que al albergar serias sospechas de que la madre estaba fisgoneando entre sus páginas escritas a mano, añadió a su bitácora un eficaz señuelo, a saber, una falacia estratégica e intencional del tipo:
“[…] acabo de enterarme de que estoy embarazada. Me encuentro confundida, no sé qué voy a hacer…”
No pasó mucho tiempo para que su mamá pusiera el grito en el cielo, recriminándola, y en simultánea, delatando la deliberada invasión a la privacidad de su hija.
Llovió a cántaros una vez más y pensé que el camino entre Iracas y el pueblo, que adquiría una fisonomía medianamente presentable obedeciendo al buen clima de la última semana, sería nuevamente un mar de fango.
Me sentía exhausto y en vista de que las precipitaciones restaban a mi tienda de campamento su diurno carácter habitual de crematorio sintético, entré en ella y dormí quizá durante poco más de una hora.
Pasadas las 5pm me escribió Maria Isabel. Se encontraba en Sapzurro. Me instó a desplazarme a la bahía para pasar la noche allí precelebrando su cumpleaños número treinta y uno, que tendría lugar al día siguiente.
No me fue posible conseguir una lancha, así que acordamos vernos luego.
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Diego Palacio asistió a la presentación musical de esa noche. Lo acompañaba su padre Héctor, algunos primos y Manuel Medrano, un cantautor cartagenero al que su familia le regaló su primera guitarra a la edad de catorce años; a los dieciséis escribía sus propias canciones y emprendió su devenir musical tocando en numerosos bares en la ciudad de Bogotá, forjando así su carrera como solista y ganando años después dos Premios Grammy Latinos, galardones otorgados por la Academia Latina de Artes y Ciencias de la Grabación.
Una vez más, Sealkie y yo ofrecimos un repertorio musical ausente de electricidad pero rebosante de energía y buena actitud que redundó en aplausos múltiples y en el unísono cantar de prácticamente todas las canciones por parte de los allí presentes.
David Palacio, primo de Diego, interpretó algunas canciones acompañado por Sealkie en el cajón, y por el nylon de mi benevolente Alhambra. Era un hombre de tal vez cuarenta años, alto, musculoso, piel blanca y buena actitud. No lo había visto antes. Posteriormente, supe que era un actor reconocido por sus papeles en distintas telenovelas mexicanas.
Melissa Palacio, hermana de David y prima de Diego, disfrutó, al igual que los demás comensales en su mesa, de nuestras interpretaciones. Según me enteré, era también una modelo bastante conocida. Contaba unos treinta y cuatro años, y era una mujer alta, un cuerpo voluptuoso y armoniosamente delineado, piel blanca y una cara hermosa.
Finalizada la prolífica velada Medrano me felicitó por mi intervención musical, exaltando mi forma de ejecutar la guitarra. Me brindó también un par de consejos para un cuidado concienzudo de mi voz.

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