DÍA 118

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-Mario Mejía-


Día 118

Diciembre 31 de 2022, sábado. 



Fatiga, un colchón y un mosquitero fueron la combinación perfecta para procurarme un buen descanso. Adriana y su hijo estaban de vuelta en Medellín, así que usé la habitación que desalojaron.

Abordé mi bicicleta y me dirigí al pueblo. Precisaba recoger mis cosas en lo de Kike.

Regresé prontamente y desayuné con Sealkie en el benévolo corredor de la finca. Luego, escribí.


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Por previo acuerdo, Camil pasó por nosotros a Plan Parejo. Caminaríamos hasta Bahía Aguacate y pasaríamos allí el último día del 2022.

Hicimos una parada en la Finca Iracas, donde pasamos un rato con Gloria y el profe, y tras empacar uno o dos ligeros efectos continuamos nuestra ruta, disfrutando como siempre de la trocha y de la majestuosa panorámica que la montaña ofrecía a nuestra famélica vista.

Tal vez cuarenta minutos más tarde nos encontrábamos en la propiedad de don José, un señor que rondaba los sesenta años, robusto, alto, moreno y tosca actitud que recibía a diario en su restaurante a campo abierto a cientos de turistas que llegaban desde distintas ciudades de Colombia, como también de otros países.

A pocos metros del comedor del lugareño se hallaba la playa de aguas claras y sosegadas en las que a unos treinta metros de la orilla permanecía anclado —concluí finalmente que estaba fuera de uso— el yate hasta el cual acostumbraba a nadar cada vez que visitaba aquel sitio.

Sobrenadé alrededor de veinte minutos, recibiendo, bajo un cielo cerrado, el último abrazo que ese año recibiría por parte del océano, ese que estuvo a punto de sustraerme para siempre de un plano terrenal, pero al que día a día respetaba e idolatraba en mayor medida.


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Como referí en fechas previas, en febrero del 2021 visité por primera vez aquellas tierras chocoanas. Los días que pasé en Bahía Aguacate me alojé en Ceiba Bonga, un eco-hotel consistente en una gran edificación de dos plantas que incluía las alcobas, y una segunda, de menores proporciones, en la que se adecuaba una amplia cocina y un comedor. Ambos alzamientos se rodeaban de una extensa y esmeraldada zona campestre naturalmente ambientada por el canto de prolíficas especies animales.

Recién me enteré de que Kelly administraba Ceiba Bonga desde meses atrás, y no habiendo un solo huésped aquel día —cosa que encontré curiosa—, aceptó el ofrecimiento por parte de los propietarios del hotel de disponer de sus instalaciones para propiciar allí un modesto agasajo al que decidió invitarnos, al igual que a Ondina y a unos amigos de esta que la visitaban por esas fechas, y que se hospedaban en la fantasmagórica y seductora cabaña —localizada también en El Aguacate— que estaba al cuidado de mi amiga.


Los tres van a amanecer aquí, ¿no es así? —nos preguntó Kelly, y al aportar una respuesta afirmativa nos instaló en una espaciosa y cómoda habitación compartida.


Más tarde tertuliábamos en la zona del comedor preparando la ansiada natilla, escuchando algo de música que reproducía en mi móvil, compartiendo algunas copas de ron y platicando sobre temas diversos.

Tipo 8pm llegaron los demás invitados a la reunión.

Convergíamos pues Kelly, Camil, Sealkie, Ondina y sus acompañantes: Olga, una señora de unos cincuenta y cinco años, piel blanca, baja estatura, cabello rojizo. Refirió ser la rectora de un colegio en El Carmen de Viboral; su hija Ñáyade, una jovencita de diecisiete años cuya educación, según reportó la madre, discurría bajo el modelo independiente de Pedagogía Waldorf, esbelta, cabello corto y baja estatura; y Abaturk, su compañero sentimental, experimentado profesor de acro-yoga, un hombre alto, piel morena, atlético, pelo largo, abundante barba, espabilado, sonriente y poseedor de una energía muy especial. 

Nos acompañaba también Tarzán, el tierno y fiel perro de nuestra anfitriona, un ejemplar cuyo gran tamaño era equiparable a sus ininterrumpidos deseos de jugar, dar y recibir afecto.


Ayudamos a Kelly en la fabricación de tal vez una docena de antorchas. Usamos pequeños frascos vacíos de vidrio en los que introdujo combustible líquido y mechas de tela que hicimos pasar a través de las tapas metálicas de los recipientes.

Encendidas, confirieron el toque perfecto al lugar donde cenaríamos y pasaríamos el resto de la noche, un deck de madera al lado del mar en el que dispusimos una mesa que Kelly ornamentó con incontables caracoles de diversos colores y tamaños. A unos metros de la tarima se hallaba un apacible quiosco de cuya estructura superior pendían dos hamacas.

Dimos cuenta de la deliciosa cena preparada por Kelly mientras charlamos y brindamos con sidra que Abaturk elaboró en Guarne —municipio del oriente antioqueño— a base de mora madurada con astillas de roble tostado.

Mientras degustábamos su creación, nos explicó cómo algunas personas atribuían erróneamente el carácter de [vino] a sidras de manzana, maracuyá y otras frutas, cuando el primero es una bebida estrictamente a base de uva a través de la fermentación alcohólica de su mosto.

Entre otros tópicos, alguno de los allí presentes narró cómo un día antes un cocinero de un restaurante cercano a la bahía sufrió quemaduras de tercer grado mientras incineraba una pila de basura. 

Kelly era diseñadora. Nos habló de su proyecto —ya en marcha— de entintar telas con pigmentos naturales como el achiote, que proporcionaba el color rojo, la moringa, el verde, y la cúrcuma, el naranja. Por esa época del año había cosecha del primero, y nuestra expositora pagaba a los chicos del Aguacate por el achiote que recolectaban. 


Cabe anotar que esa noche, al fin, me deleité comiendo una generosa porción de natilla.


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Recibimos el año 2023 alrededor de una grandiosa hoguera, a poca distancia del mar, por lo que los cuatro elementos latían en torno a nuestra calurosa ceremonia.


Poco después de las 00:00h, Camil, Kelly y Sealkie nos desearon buena noche y fueron a sus dormitorios. Los demás pasamos un rato más en el deck. Canté acompañado de mi guitarra y bebí un par de copas más de sidra con ellos. 

Aproximadamente a las 3am encauzaron sus pasos a la temporal cabaña de Ondina, y me dirigí a la recámara en la que los muchachos dormían plácidamente.

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