DÍA 90
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-Mario Mejía-
Día 90
Diciembre 3 de 2022, sábado.
Muy temprano, mediante un mensaje, Silvana me instó a adelantar un tema que semanas antes Laura Guevara, la turista pereirana que conocí durante uno de mis recitales en lo de Fercho, me había sugerido ampliamente, la creación de un blog que permitiera a mis lectores acceder ágil y cómodamente a mis textos. Ya había recibido comentarios sobre lo engorroso que resultaba acercarse a los escritos de las primeras fechas de mi travesía, que había ido posteando, únicamente, en una red social desde el primer día. Por descuido, cuando se me ocurrió compartirlos en los grupos de difusión, ya había publicado sesenta y ocho contenidos, y varias personas que comenzaron a leerlos desde ese punto tardío se mostraron posteriormente interesadas en acercarse a sus inicios.
Silvana me envió un par de tutoriales que asistían la generación de un sitio web que me permitiría difundir, de manera más estructurada y efectiva, los capítulos que día a día iba redactando.
Como ya he señalado, mis conocimientos en materia de tecnología eran bastante limitados. En realidad, no era un tema que me interesara, pero comprobaba que, lo quisiera o no, a veces era práctico y necesario. En todo caso, debía admitir que era un asunto que procrastinaba deliberadamente, pero que, ojalá más temprano que tarde, debía implementar.
Me contó que había soñado con Jean Drèze, su maestro belga, y sugirió que probablemente aquel evento onírico se derivó de las conversaciones que tuvimos en nuestro encuentro de la noche anterior, en las que se vio inmiscuido.
Habló una vez más sobre lo inspirador que Drèze era para ella, añadiendo, a propósito, que había sido una constante el hecho de precisar de una inspiración para poner en sólida marcha algún proyecto.
Agregó algo que me honró sinceramente. Señaló que habiendo transcurrido tres meses desde que tomé la decisión de abandonar Medellín para comenzar una nueva vida en tierras remotas, regresé a esa ciudad cargado de fuerza, y que las historias que le conté, permeadas de ella, la habían contagiado y a la vez inspirado para retomar con mayor vehemencia la construcción de la propuesta que un mes después presentaría a Jean. Refirió que mi conjugación de escritura, música y la dinámica actual de romper esquemas le encantaba y la llenaba de energía, siendo como era, una mujer en extremo sensible a esos factores, en especial, al segundo.
A diferencia de mis talentos, los suyos estaban orientados a una labor de corte social, como he señalado, en la India, donde, además de adelantar su trabajo en pobreza y desarrollo, deseaba llevar a cabo una intervención frente a la sobrepoblación de fauna doméstica —perros y gatos—, interés que, como férvido amante de los animales, me movió muchas fibras.
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Aura y Alexa habían conectado bastante. La primera diseñó y elaboró un artilugio artesanal muy llamativo para obsequiarle a mi vieja amiga. En vista de que esta amaba ostensiblemente las calaveras, Aura se decantó por elegir un recipiente de un material que parecía ser yeso, lo pintó con toda la minucia y la dedicación que su presente ameritaba, le aplicó cera de soja —una fuente renovable y biodegradable derivada de las plantas que le confería a la peculiar vela un carácter sostenible—, y a ese conjunto le sumó algunos cuarzos que estaban revestidos de una intención específica que luego expuso a Alexa.
Mi entrañable Aura me pidió la acompañara a entregar su regalo, y de paso, una maceta que mi hermana le había encargado días antes —también pintada por ella—, que fabricó en concreto, y a la que le añadió una planta. Por supuesto, acepté, siendo una excusa perfecta para pisar una vez más tierras selenitas.
Unos cuarenta y cinco minutos después llegamos a Mazo, la vereda en la que residían Alexa y Arturo. Para acceder a la finca era preciso atravesar un pequeño bosque. En su entrada, una señora ofrecía un menú tradicional, empanadas —consistentes en una porción de masa de pan o maíz, rellena comúnmente de un exquisito guiso de papa y carne deshilachada—; papas con un relleno bastante similar al de la empanada; y pasteles de pollo, entre otras delicias. La distinguía desde tiempo atrás, habiendo desayunado varias veces en su negocio en numerosas visitas que había hecho a mis amigos en años anteriores. Esa tarde me enteré de que su nombre era Maria Estela Vásquez. Platicamos con ella mientras disfrutamos del apetitoso entremés que sus manos trabajadoras dieron a luz para nosotros.
Tras haber recorrido la franja boscosa, avanzamos hasta la encantadora casita de campo.
Mientras salvamos ese tramo, pude tomar en mis manos, desmenuzar y olfatear hondo algunas hojas de eucalipto —un género de árboles de la familia de las mirtáceas, muy presente en esa zona—, práctica que ipso facto me situó unas tres décadas atrás, puntualmente, en las caminatas matinales que regularmente llevaba a cabo con mi padre a destinos arbóreos y silvestres, en las que era muy común que me exhortara a triturarlas y olerlas, aduciendo que harían bien a mis pulmones.
Alexa quedó fascinada con el presente. De inmediato, procedió a ubicarlo al lado de otras calaveras que ornamentaban una porción de la sala.
Nos sirvió café negro, charlamos un rato y más tarde nos dirigimos —no sin antes darle un afectuoso saludo a Esperanza, la novilla de pelaje rubio y suave, lengua larga y áspera, mirada inocente y pestañas pronunciadas de un vecino— al parque de Santa Elena, donde, al igual que el fin de semana anterior, Arturo y su marca Manosy Arte eran partícipes de una feria artesanal.
Ya en sitio, me pareció que algo le faltaba a ese paisaje tan familiar para mí. Se lo comenté a Arturo y me contó que la excavación del túnel de oriente, que simplificaba notoriamente el trayecto Medellín-Rionegro, y viceversa, conectando el Valle del Aburrá con el Valle de San Nicolás, ocasionó una falla geológica que terminó por derribar dos de las paredes de la iglesia, referente católico que poco después demolieron en su totalidad.
Compartimos quizá un par de horas muy gratas, bebimos más tinto —café oscuro—, observamos las presentaciones artísticas desarrolladas en la plazoleta, en el marco de la feria, hablamos sobre la posibilidad de que me visitaran en tierras chocoanas durante los meses subsiguientes, y nos dimos un cálido “hasta pronto”.

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