DÍA 85
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-Mario Mejía-
Día 85
Noviembre 28 de 2022, lunes.
En un escrito de Esteban Arroyave, sobre el que pretendía ahondar en fechas posteriores, se aludía a los campos de concentración nazis. Curiosamente, un par de días después, leí un artículo de Viktor Frankl, un filósofo, psiquiatra y neurólogo judío-austríaco de los años mil novecientos que sobrevivió, durante la Segunda Guerra Mundial —entre otros— al complejo de Auschwitz —en territorios polacos— y al campo de exterminio Dachau, al noroeste de la ciudad de Múnich, capital del estado alemán de Baviera, después de haber sido deportado en 1942 junto con su esposa, padres, hermano, colegas y muchos amigos, que no corrieron con su misma suerte.
Declaraba que lo que experimentó entre 1942 y 1945 fue inimaginable.
Al ser finalmente liberado, pasó un tiempo en Múnich en busca de su cónyuge, o de algún familiar que hubiera sobrevivido a la barbarie nazi, pero se dio cuenta, paulatinamente, de que los suyos, en su totalidad, habían fallecido, nefasta realidad que lo sumió en un prolongado y crónico estado de dolor y soledad.
Frankl sostenía que tener —y fomentar— un sentido, un propósito, una meta en la vida, se constituía como el motor que guiaba todas las intervenciones psicoterapéuticas y psicohigiénicas —entendía que el concepto de psicohigiene se orientaba al cuidado propio, y al de los demás— practicadas en los prisioneros.
“Siempre que se presentaba la oportunidad, era preciso inculcarles un «porqué» de su vivir, a fin de endurecerles para soportar el terrible «cómo» de su existencia. Desgraciado aquel que no viera ningún sentido en su vida, ninguna meta, ninguna intencionalidad y, por tanto, ninguna finalidad para vivirla: ese estaba perdido”.
Sentenciaba Frankl, citando unas palabras del músico, filósofo, filólogo y poeta Friedrich Nietzsche:
"Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo".
Frankl atribuía un valor considerable a esa máxima nietzscheana, otorgándole, por tanto, una solemne validez en cualquier proceso psicoterapéutico, pues pensaba que la ya expuesta meta en la vida, ese «porqué», era, tal vez, el “salvavidas” más eficaz e infalible frente a las situaciones más adversas que pudieran amargar la existencia de cualquier ser humano.
Su terrible vivencia fue una prueba fehaciente de ello; los mismos campos de concentración fueron testigos —y algunos psiquiatras norteamericanos pudieron, posteriormente, dar fe de ello en países de Asia Oriental como Corea y Japón— de que las personas más proclives a sobrevivir al holocausto fueron aquellas a las que les esperaba alguna misión o tarea en la vida.

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