DÍA 112
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-Mario Mejía-
Día 112
Diciembre 25 de 2022, domingo.
Este sobresalto tuvo lugar en una playa cercana al muelle. Desataba mi bicicleta del vallado donde la dejé mientras tomé lo que no debió ser más que un ligero chapuzón y me topé con Sebastián Pintapiedra, con quien sostuve una fugaz conversación que involucró someramente cómo fue la noche de navidad de ambos, la dinámica de su negocio en el marco de la temporada, y la muy favorable valoración que el artesano hizo de las arepas de huevo que preparaban en un modesto quiosco muy cerca de allí.
Fui a Tres Soles. Preparé e ingerí el menjurje pretendiendo que fuera un bálsamo para mi garganta, y me dispuse a escribir.
Recibí un mensaje de Maria Isabel Mira, una vieja amiga paisa que andaba por esos días en Triganá acompañada de su novio. Platicamos sobre la posibilidad de reunirnos en los próximos días, aprovechando la cercanía.
Redactaba uno de mis textos, y adolorido como estaba pensaba en que todo era efímero y por lo tanto esa mala racha —esperaba más temprano que tarde— también iba a quedar atrás.
Sealkie me propuso ir a ensayar a la finca que, junto con Manchis, la hermosa y peluda gata blanca de Prem y Jose, estaba a su cuidado por algunos meses. A eso de las 4:30pm llegué a la encantadora y silvestre propiedad en mi bicicleta. Observé un llamativo exhibidor de madera que Andrés estaba adelantando y algunas postales pintadas por él, que yacían allí dispuestas.
A medida que discurría nuestro ensayo, me percataba de la interesante atmósfera sonora que el cajón percutivo nos confería, desplegando un sinnúmero de posibilidades para jugar e improvisar con mi guitarra, agregando nuevos artilugios sonantes a las dinámicas rítmicas propuestas.
Entre canción y canción Sealkie planteó cómo mientras estaba en Medellín, donde adquirirlo era una tarea más sencilla y cómoda, finalmente nunca lo hizo, y en lugar de eso, habitando aquellas remotas tierras chocoanas, se aventuró a procurarse un cajón peruano, el mismo sobre el que sentado aquella misma tarde tañía sensible y espontáneamente sus novedosos rudimentos.
Adriana y Juan, una amiga suya que había viajado un par de días antes con su hijo desde Medellín, llegaron del pueblo en un tuk-tuk y presenciaron el desenlace de nuestra práctica musical. La primera, una mujer de unos cincuenta y tantos años, estatura promedio, piel trigueña, esbelta, ensalzó los resultados del encuentro, mientras que el joven de tal vez veinte años, muy delgado, pálido y de actitud ingrávida, ejercía una presencia inocua que no sumaba ni restaba nada al momento.
Como a las 6:30pm salimos de Plan Parejo hacia la pizzería, cobijados por un pintoresco violeta celeste que mecía a la luna y acunaba las expectativas de una primera presentación totalmente acústica —como señalé, la guitarra sufrió un daño eléctrico que imposibilitaba su amplificación—, dotada de los recientes pincelazos percutivos que Sealkie y su cajón aportarían a nuestra puesta en escena.
La presentación musical estuvo bastante bien, y tuvo una muy buena acogida, mas el incremento de turistas exhibía un comportamiento inversamente proporcional a la contribución económica que de ellos obteníamos.
Le dejé la guitarra a Jose para que revisara, nuevamente, su falencia eléctrica, dado que su primera intervención no fue para nada eficiente. Acto seguido, caminé con Sealkie hasta Plan Parejo, donde nos despedimos.
Monté mi bicicleta y me desplacé a Finca Iracas entre la tiniebla literal y la penumbra alegórica que parecía permear mi existencia por aquellas fechas.

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