DÍA 119
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-Mario Mejía-
Día 119
Enero 1 de 2023, domingo.
Escuchamos desde el cuarto, bajo la incesante lluvia, a una manada de monos aulladores que rugieron tan fuerte y estridentemente como nunca lo oí antes. Su matutino estrépito fue el dictamen que dio por finalizado nuestro dormitar, y a su vez, el aval solemne de una tregua climática, pues menos de media hora después estábamos en el recibidor del alojamiento observando un azul claro que pincelaba el cielo y cientos de rayos dorados de un sol que rápidamente empezaba a calentar.
Como señaló Kelly la noche anterior, había salido temprano de Ceiba Bonga para ir a trabajar en algo, así que echamos cerrojo a la habitación, agradecimos mentalmente por la velada nocturna y nos despedimos en silencio de aquel portentoso lugar.
Minutos antes del mediodía, en el pequeño desembarcadero de la bahía, abordábamos La Golondrina, la lancha de don José, con quien pactamos el viaje de vuelta a Capurganá.
Cuando avisté desde lo lejos la aldea y su muelle, supe de alguna manera que algunas cosas iban a ser diferentes.
Camil ingresó al hotel —que era al mismo tiempo su lugar de trabajo, llevando a cabo allí funciones de orden administrativo— y avancé con Sealkie a lo de Prem.
Debido a las últimas precipitaciones el agua del río era turbia, y su caudal enérgico, pero no lo suficiente como para derribar el improvisado puente como sucedía a veces, así que apelamos a nuestro buen equilibrio y lo cruzamos sin novedad.
Ya en la finca, después de comer algo y darle un amoroso saludo a Manchis —la adorable gatita de Prem—, contacté a Fercho y a Mar con el ánimo de corroborar si el acuerdo que el primero y yo establecimos desde el momento en que empecé a tocar en Tres Soles podía cobrar vigencia. Al obtener una negativa, decidí que la noche del viernes 30 de diciembre del año que recién finalizó tuvo lugar mi última intervención musical en la pizzería.
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La tarde era calurosa en demasía, por lo que Sealkie y yo optamos por refrescarnos un rato en la Playa de los Locos.
Mientras nadaba un poco conocí a Cristina y Sebastián, una pareja que había salido de Medellín el día anterior en moto. Refirieron que, prácticamente al azar, decidieron un lugar costero en el cual pasar unos días: ocho horas más tarde, estaban en Turbo. Al encontrarse con un mar turbio y poco llamativo, y luego de haber consultado en un mapa un destino más prometedor, se embarcaron para Capurganá, donde según reportaron se sentían más que satisfechos.
De regreso a Plan Parejo, nos topamos con Miguel y Arturo, y tras darnos un saludo transitorio, proseguimos.
Llegamos a eso de las 7pm a la finca,y después de dar cuenta de una rápida cena preparada por mí, descansamos.

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