DÍA 137

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-Mario Mejía-


Día 137

Enero 19 de 2023, jueves.



Primero fueron Camil y Jara. En aquella ocasión fue Sara López quien me puso al tanto de que dejaría atrás Capurganá para retornar a su tierra, Medellín. Refirió que, lamentablemente, Carnívoros, el proyecto en el que se había embarcado tal vez un mes y medio atrás, cerraría sus puertas tras no obtener los resultados esperados. 


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Mientras trabajaba alimentando y ajustando mi blog, me topé con unas bellas palabras de un autor desconocido que aludían a la inmensidad de la música, a su prevalencia en el tiempo y al aporte transitorio del músico como su canal:


“La música te eligió. Tu instrumento te eligió para comunicar algo que existía mucho antes que tú, que existirá mucho después que tú, y que en ti encuentra solo un vehículo temporal.

Nosotros no poseemos a la música, ella nos posee a nosotros”, leí.


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Compartí una cerveza con Manuela Duque. La había conocido en 2022, poco antes de iniciar mi viaje. Era una mujer de veintinueve años, delgada, alta, cabello largo oscuro y ojos pequeños y sonrientes. Atendiendo a su sugerencia, departimos tal vez dos horas “Donde Chucho”, un bar de un señor cincuentón, piel trigueña, cabello corto y afables maneras. El lugar estaba situado en los alrededores del Teatro Pablo Tobón Uribe, en el centro de la ciudad. Su versatilidad musical nos permitió escuchar canciones desde Shakira, una reconocida cantante barranquillera, hasta Cat Stevens, compositor, cantautor y multinstrumentista británico que dio mucho de qué hablar a finales de la década de los 60's.

Un color verde muy intenso que predominaba en su iluminación me hizo imaginar una recámara marciana en cuyo techo se hallaba un recuadro que permitía la fuga de lenguas rojas de fuego, una claraboya al infierno, una ventana al Planeta Tierra.

Un rato después cantábamos en su balcón -situado a poca distancia del teatro-, acompañados por guitarra y un poco de ron, y siendo ella bastante hábil para la improvisación lírica, me bastó ejecutar una progresión armónica simple para encontrarnos ante una pieza bastante interesante.

Platicamos sobre la escritura y la música, pasiones destacadas en ambos. Mientras ella disfrutaba escribir a puño y letra, argumentando que así fluía libremente, y que, por el contrario, hacerlo desde un ordenador le confería un carácter formal que parecía inhibirla, yo muy poco escribía a mano, dado que -como lo expuse a mi amiga- pensaba que si de por sí muchos textos presentados con letra muy clara se prestaban para mal interpretaciones, no quería complicar un poco más el asunto, pues, personalmente, mi taquigrafía podía variar fácilmente dependiendo del lugar donde escribía, el diámetro del bolígrafo, el punto de apoyo o la textura y tamaño del papel, ocasionando posibles casos de ilegibilidad.

Cuando tocamos el tema de poder vivir de esas dos pasiones, para mi sorpresa, fue clara al expresar que no era algo que le hiciera mucha ilusión, arguyendo que el hecho de depender económicamente de ellas suponía, además de ponerlas al servicio de terceros, cierta obligación que prefería mantener al margen discurriendo en torno a ellas a modo de hobbies. Opiné en silencio que su posición era respetable. Sin embargo, mientras pude hacerlo, lo viví y disfruté al máximo, y en ningún momento se volcó hacia lo planteado por Manuela. Por otra parte, más que ponerlas al servicio de otros, creía firmemente que la palabra escrita cobra vida al ser leída, la música al ser escuchada, y mientras mayor fuera la cantidad de lectores y oyentes, más vigentes estarían.

Finalmente, discutimos un poco acerca del placer que la música y la escritura podían proporcionar -tanto al músico y escritor como al receptor-, considerando el asunto de la inmediatez. Se me ocurrió que había que observarlo desde dos frentes. Por ejemplo, si la música era ejecutada en vivo, podía decirse que el disfrute era instantáneo. De otro lado, coincidimos en que un texto, usualmente, era leído luego de haber sido escrito, a no ser que se llevara a cabo alguna suerte de dinámica en la que una o más personas leyeran, en tiempo real, las palabras o líneas que otra iba plasmando, simultáneamente, en un papel, pizarrón o computadora. Si se trataba de un álbum discográfico, al igual que lo que ocurría con un libro publicado y leído tiempo después de haber sido escrito y editado, el goce de los oyentes tendría lugar luego de que los procesos de pre-producción, grabación, edición, mezcla y masterización en estudio fueran finiquitados.


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—Te voy a regalar este libro que compré en La Mariápolis. Ya terminé de leerlo. —clausuró mi noche Ondina. Se trataba de [Frente al mar], una novela del filósofo y pedagogo colombiano Albeiro Flórez Villa. Me pareció que la imagen en su tapa frontal se asemejaba a una foto en la que Tífany aparecía sentada de espaldas, como titulaba el libro, frente al mar.

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