DÍA 77
3 6 5
-Mario Mejía-
Día 77
Noviembre 20 de 2022, domingo.
Escribía en el quiosco. Me detuve para ir a caretear. La agitación del mar permanecía intacta, mas el hecho de haber ingresado los dos días anteriores sin ningún percance no me hizo desistir de la idea.
Como señalé antes, a excepción de un par de ocasiones en que me prestaron esnórquel, había estado nadando haciendo uso solo de las gafas que el profe me prestó.
Como de costumbre, disfrutaba al máximo al observar las diversas especies bajo el entorno azul.
Noté que, más rápido de lo normal, había tomado gran distancia de la playa. Empecé a nadar hacia ella, pero no percibí ningún avance. El mar se estaba comportando de una manera extraña. Las olas iban y venían en varias direcciones, y me pareció que ejercían una decidida resistencia frente a mi propósito de regresar a la orilla.
Me percaté de que el agua estaba más agitada que cuando ingresé, y de que, contrario a lo que quería, me arrastraba hacia adentro. Me sumergí para procurar moverme hacia adelante, y con el fin de comprobar la profundidad, que, a decir verdad, me aterró, al igual que sentir cómo alguna corriente me arrastraba cada vez más lejos.
Mis pensamientos adquirieron un matiz funesto, y la desesperación hizo un tenue acto de presencia.
Emergí para tomar aire y la masa de agua que había entre la orilla y yo era tal que comprobé que realmente estaba en serios problemas: la situación se me había salido de las manos.
Inmensas olas me levantaban, me hundían y me llevaban en cualquier dirección, excepto hacia donde quería y necesitaba ir para estar a salvo.
Cuando entré al agua, el profe y Gloria fueron los únicos que había visto en el chiringuito, y entendía que ninguno de los dos era buen nadador, por lo que vacilé antes de gritar pidiendo auxilio. Además, me decía que hacerlo era un punto de quiebre, algo así como reconocer que había perdido la calma, cosa que podía costarme la vida, acelerando mi ahogamiento. Alarmados en la orilla, podrían ser presas del pánico, y no podía darme el lujo de ser contagiado por ellos, pues de seguro equivaldría a atarme una pesada ancla que me arrastraría hasta el fondo.
Habían transcurrido quizá veinte minutos desde que comencé a batallar, y me dije que seguiría intentándolo. Me puse a flotar boca arriba en miras de recuperar energías, pues me sentía exhausto, y después de hacerlo durante unos minutos, lo conseguí, pero una ola enorme cayó sobre mí haciéndome tragar una cantidad importante de agua, aperitivo de muerte salada me hizo retomar posición para tratar de nadar hacia adelante.
Noté que el mar me había llevado aún más lejos. Me vi envuelto entre olas, espuma e invasivos sorbos salados cada vez más recurrentes, y me sentí debilitado.
Una vez más, me dispuse boca arriba, flotando, pero lo único que conseguí fue ser arrastrado y tragar más agua.
El terror me invadió y empecé a pensar lo peor.
El Océano me habló: “eres un atrevido insensato. Hace unas semanas eras un nadador inexperto. Me temías, me respetabas y no te alejabas de la orilla. ¿Decidiste ir mucho más lejos?, pues aquí estás, y te quedarás conmigo para siempre. A mi lado eres una criatura insignificante, ¡me debes respeto!” / me dije que iba a morir de la manera que más temí siempre / tragué tanta agua que sentí que me ardía la garganta, y el Mar Caribe me habló de nuevo: “¿puedes saborear la sal? Te abrazo desde afuera, y ya estoy dentro de ti. Soy sal en tu interior. Eres mío ahora” / pensé que eso exactamente debían sentir las personas que se ahogaban en el mar, que era un principio de ahogamiento inminente.
Finalmente, no aguanté más. Grité:
¡Profe, profe!
Pero estaba tan lejos que nadie me escuchó.
Saqué fuerzas de donde pude y grité mucho más, y cada vez con más fuerza, hasta que, para mi sorpresa, observé que Gloria corrió hasta el balconcito que se conectaba con el quiosco, y que daba al mar.
Me pareció que empezó a gritar pidiendo auxilio.
Minutos después, había un pequeño grupo de personas en la playa, gritando. Me pareció escuchar que decían:
“¡Ponte boca arriba, flota!”
Era algo que ya había intentado, pero, claramente, no me aportaba mucho. No obstante, lo intenté de nuevo, y traté de nadar de espaldas, pero me pareció que el mar estaba dispuesto a tragarme a como diera lugar, y no conseguí avanzar, dado que las olas me arrastraban cinco metros hacia adelante, pero me movían tal vez siete u ocho atrás, complicando mi oscuro panorama.
Grité con voz desgarradora una vez más:
¡Estoy cansado!, ¡no puedo más!, ¡algo que flote, por favor, algo que flote!
A medida que pasaba el tiempo, me costaba más mantenerme a flote, y empecé a hundirme, y a tragar más agua.
Evalué mi situación, y, a decir verdad, me di por muerto, pues me hallaba a mucha distancia, y las personas que veía en la orilla —Gloria, Stephanny y el profe—, hasta donde sabía, no eran precisamente las más avezadas en materia de natación. Además, había transcurrido un lapso importante, y yo perdía poco a poco la fuerza.
Me despedí de mi madre, de mi hermana, de este mundo / no pude terminar de escribir mi libro, eso que era lo más importante para mí / semanas antes le pedí a Natalia que recopilara mis textos diarios / ¿qué fue lo último que escribí? / recordé que la computadora —que no tenía clave— había quedado abierta y encendida sobre la mesa del quiosco, justamente, en el archivo en el cual redactaba el texto de dos días antes. Quien quisiera, podría leer la última línea que digité hasta tal vez unos cuarenta minutos antes de mi muerte / ¿cuál fue la última persona con la que hablé? Fue con Stephanny. Me había dicho que pasaría al quiosco para desayunar juntos / morí en ayunas / no desayunaría una vez más / no abrazaría una vez más / no haría el amor una vez más / no lloraría una vez más / no haría un recorrido más en bicicleta / fallecí ahogado en el Mar Caribe / le falté al respeto y me costó la vida / no escribiría una palabra más / no leería un verso más / ni un párrafo / ni un libro / no vería a mi madre para darle un adiós / la computadora me esperaba en el quiosco. Debía seguir avanzando en mis escritos, pero entré al mar sin tener la menor idea de que tenía la firme intención de devorarme / un pensamiento recurrente: ojalá Ondina estuviera aquí, o al menos en la playa. Fue la mejor nadadora que conocí, ella, sin duda, podría salvarme, pero estaba en Bahía Aguacate, a unos treinta y cinco minutos de ahí. Estaba perdido / finalmente, como lo había proclamado en varias ocasiones, miré a la muerte de frente, y le enseñé los dientes / floté / me hundí / tragué más agua / ya era parte del océano / la gente se agitaba en la orilla / gritaban ininteligiblemente / muchas veces ingresé al mar y pude salir de él con normalidad / jamás imaginé que eso me pasaría esa mañana de domingo / ¿encontrarían mi cuerpo? / ¿sería arrastrado hasta una playa distante? / ¿lo vería flotar un lanchero días después? / ¿sería devorado por algún animal esa misma noche? / ¿cómo se iba a enterar mi familia de mi muerte? / ¿me encontraría con mi papá en algún plano? / ¿quién haría esa llamada difícil a Medellín, informando que me ahogué / ¿quién sería el primero en saberlo? / ¿qué fue lo último que comí? / ¿cuál fue el último libro que leí? Había terminado “El Conde de Montecristo”, de Alexandre Dumas Davy de la Pailleterie, más conocido como Alejandro Dumas, padre / estaba leyendo, en compañía con mi amiga Natalia, “Vivir para contarla”, del Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez, pero me dije que no pude terminarlo / ¿la última canción que escuché? Creo que fue “Come Near Me”, de Massive Attack en colaboración con Ghostpoet / mi extensa lista de reproducción —pensé— de seguro seguía sonando en el chiringuito, allí donde yo anhelaba estar seguro, mágico lugar al que parecía nunca iba a regresar / sentir que iba a terminar en el fondo del océano constituía un longevo suplicio / luchar contra la muerte representaba unos minutos más, y a la vez, cientos de pensamientos que se agolpaban en mi cabeza.
Súbitamente, avisté a alguien. Había entrado al agua y se aferraba a unos troncos. Se movía en mi dirección ¡Era mi salvación!, pensé, y una especie de energía de reserva, de alguna manera, me ayudó —no sin esfuerzo— a llegar hasta donde estaba. Se trataba de uno de los trabajadores de Finca Iracas. Había encontrado, cerca de la playa, dos palos de buen espesor que, curiosamente, según refirió, estaban atados a manera de balsa. Abrazado a ella, saqué como pude el pecho del agua, pues sentía una fuerte opresión en él. Ahora éramos dos a gran distancia de la orilla, pero flotábamos gracias a la madera. No obstante, por más que intentamos avanzar hacia la playa, el mar enfurecido nos reclamó, arrastrándonos a una lejanía cada vez más intimidante.
Transcurrió, tal vez, un lapso de cuarenta y cinco minutos desde el momento en que fui consciente de que estaba en grave peligro, y después de un rato de intentar movernos sin éxito alguno en dirección satisfactoria, de la nada, apareció una lancha que —¡al fin!— nos puso a salvo, ayudándonos sus tripulantes a abordarla.
Las olas llegaban a la orilla de la finca con tal violencia, que el bote tuvo que llevarnos hasta otra playa, a cierta distancia de lo del profe, para que pudiéramos descender.
Mi salvador fue Jose Llorente, un empleado del dueño de la propiedad Iracas. Jose era un hombre de treinta años, blanco, estatura promedio, cabello corto, muy amable. Procedía de Mérida, una ciudad en la cordillera de los Andes, al noroeste de Venezuela. Me contó que llevaba a cabo una de sus tareas en el predio, y de repente escuchó que le gritaron informándole que me estaba ahogando, así que corrió hasta la playa donde el evento tenía lugar. Recordó que dos días antes, el viernes, había apilado una cantidad de madera con el fin de quemarla, dado que ya había sido reutilizada lo suficiente. Señaló que cuando llegó al sitio, todo era cenizas, excepto los dos troncos que me salvaron la vida, que, inclusive, estaban amarrados, confiriéndoles el carácter de una austera balsa.
Caminamos hasta lo del profe, donde había cierto número de personas, amigos y vecinos, que salieron de sus casas al escuchar los gritos de horror. Entretanto, Jose me contó que el profe había llamado a Mingui Buendía, el lanchero capurganalero que asistió a socorrernos.
Escuché muchos comentarios al respecto de lo acontecido: “Mario, dale gracias a Dios, Él puso esa balsa ahí para tu salvación. Fue la única madera que no ardió, y eso obedece a algo” / “tu instinto de supervivencia hizo que emitieras gritos tan fuertes y desgarradores que, contra todo pronóstico, pudieron ser escuchados a pesar de la gran distancia” / “el mar es jodido, cuando decide tragarse a alguien, hace lo que sea para conseguirlo. Mira que Jose intentó entrar varias veces al agua, pero las olas lo rechazaron con violencia, arrojando los troncos contra las piedras de la orilla, como si dijera no permitiré que lo auxilies. Finalmente, el rescatista decidió que lo más viable era ingresar en diagonal, y así lo consiguió” / “Mario, cuando estabas allá, sufriendo y luchando por tu vida, te vimos sobre crestas de olas inmensas que te movían a su antojo. Otro tanto sucedió cuando Jose pudo llegar hasta donde estabas, pero inmediatamente ambos fueron rescatados por el lanchero, el mar se calmó, como si, en efecto, fuera un ente consciente, como si tuviera el firme propósito de acabar con tu vida”.
Yo estaba en shock, presa de la ansiedad y mil sentimientos encontrados.
Algunas personas me llamaban “loco”, no solo por el agreste estilo de vida que decidí llevar, sino porque acostumbraba a vivir sin reservas, especialmente después de la muerte repentina de mi padre.
A partir de ese domingo no iba a escatimar al respecto, pues ni yo, ni nadie, tenía la vida comprada, así que seguiría viviendo al mil por ciento, aprovechando al máximo cada segundo que La Providencia me otorgara.
Decidí no contarle a mi madre lo sucedido, pues no tenía sentido preocuparla.
--- --- --- ---
La noche anterior supe que debía viajar a Medellín, así que me dirigí al pueblo para tramitar el tema de la lancha y lo demás.
Después de dar cuenta de un rico almuerzo preparado por el italiano Marco Andrei, escribí en lo de Fercho hasta la hora de tocar.
Esa noche mi presentación fue interrumpida por la lluvia, y permanecí en la pizzería con Ondina y Stephanny —que habían llegado comenzando la noche—, al igual que con Fercho, Marco y Pipe.
Llegó a Tres Soles un grupo de personas. Con agrado comprobé que se trataba de una familia encantadora.
Lina Ramírez, una vieja amistad, hermana de Juan Esteban, había llegado a Capurganá unos días antes con su esposo e hijos. Era una mujer de cuarenta y un años, muy guapa, piel blanca, estatura promedio y cabello largo oscuro.
Su pareja, de nombre Andrés Soto, era un hombre de unos cuarenta años, blanco, alto, esbelto, muy simpático y extrovertido.
La hija mayor, Maria Antonia, contaba catorce años, blanca, delgada, cabello largo, lacio y negro; habló inteligente y fluidamente sobre un par de asuntos.
Jerónimo tenía tal vez nueve, de cabello claro, piel blanca. Era algo callado.
Andrés me comunicó que se sentiría honrado de leer a su familia, en voz alta, uno de los escritos de 365, y por supuesto accedí.
Se trataba del [Día 23], un texto tan emotivo que, tras leer durante unos cinco minutos, se disculpó y con lágrimas en los ojos y la voz quebrada aclaró que no era capaz de continuar.
Platicamos sobre Juano, mi amigo entrañable, sobre su música, y en general, sobre diferentes asuntos, y compartimos un resto de noche en extremo agradable.
Nos despedimos a eso de las 2am, y en vista de que yo viajaría a Medellín en pocas horas, acordamos un reencuentro citadino.
--- --- --- ---
Todo lo que me pasó después de que Jose y Mingui me arrebataron de las famélicas fauces del Gigante Azul: el delicioso almuerzo de Marco Andrei, las conversaciones que sostuve, el ameno encuentro con Lina y su familia, las sonrisas que me obsequiaron las personas que empezaba a querer, y que ornamentaron aquel día, estuvieron muy cerca de no suceder, y eso era algo que, según sospechaba, iba a taladrar mi cerebro por mucho tiempo.
El océano era un titán gigantesco, formidable y muy poderoso, todos le debíamos un profundo respeto. Esa mañana del domingo 20 de noviembre de 2022, logré mantenerme durante aproximadamente 40 minutos, y presa del temor, mas no del pánico —por lo menos hasta el estadio más crítico—, combatí el tiempo suficiente para que acudieran en mi ayuda, por lo que me dije: Mario = 1 / Océano = 0 ... al menos por ese día.
Como le escuché decir a una de las personas que estaba al tanto de mi aterradora experiencia, "a Mario Mejía aún le queda mucha tinta por gastar".

Comentarios
Publicar un comentario