DÍA 105
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-Mario Mejía-
Día 105
Diciembre 18 de 2022, domingo.
Desmenucé algunos analgésicos y cubrí con aquel polvo mis heridas, con lo que conseguí que mi dolor amainara.
Compartí con Miguel algunas porciones de pizza que no me apetecieron la noche anterior. Me contó que tan solo trabajó dos días en Luz de Oriente, y que tras haber recibido una propuesta laboral por parte de Emigdio, el dueño de la propiedad Iracas, decidió renunciar. Adelantaría oficios varios tanto en la finca como en otros predios de los que el lugareño era propietario.
Tipo 9:30am tomé mi bicicleta y emprendí rumbo al pueblo, dejando atrás las inmensas olas azules que azotaban la costa. Me encontraría con Laura e iríamos caminando a Sapzurro, tal y como lo planeamos el día anterior.
Traté de reservar alojamiento con Michelle en La Gata Negra, pero reportó que el lugar estaba al tope de visitantes, situación que me alegró, pues denotaba el buen fluir del negocio.
Adquirimos hidratación, comida y un par de medicamentos para tratar mis lesiones e iniciamos el ascenso a la montaña. Media hora después hicimos la parada casi obligatoria en el mirador de madera que se erigía en la cumbre, justo a mitad de camino, y mi amiga se fascinó ante la imponente vista que la altura nos proporcionaba contando con un espectro visual muy cercano a los trescientos sesenta grados. Conversamos, descansamos, divisamos y proseguimos. Mientras descendíamos llamó mi atención una flor que nunca había visto. Redonda, de buen tamaño y muy amarilla parecía tener luz propia y brillaba intensamente en medio de la verde espesura. Caminamos entre arboledas, lagartos de tamaño mediano, el mágico canto de especies diversas de aves, el azul del mar colándose entre la vegetación de la montaña, y entretanto Laura cantaba con voz singular y una muy buena entonación canciones en alemán. Al preguntarle qué decía una de ellas, apuntó que orbitaba en torno a una joven que disfrutaba vistiendo y comportándose como un hombre, pero cuando se iba a ver con el chico por el que se sentía atraída, lucía los colores pasteles de una cándida princesita, y actuaba como tal. Me dije que esa trama se enlazaba perfectamente con la arrebatada melodía que emanaba de la boca de mi acompañante.
Hicimos una segunda estación en la cascada La Diana, donde pasamos poco más de una hora disfrutando de sus aguas dulces y benevolentes.
Saliendo del preludio selvático en el que se sitúa La Diana hacia la primera playa en Sapzurro, nos topamos con Camilo, un conocido de mi nueva amiga. Se trataba de un tipo de unos treinta y dos años, robusto, blanco, con alopecia y barba despoblada al estilo candado. Nos dimos un breve saludo y señaló que se quedaba en Casa Mola, donde según aportó podríamos resolver el asunto del hospedaje. Nos puso en contacto con Ramiro Molina, el propietario del lugar, con quien pactamos hablar más tarde personalmente. Yo había visitado Mola en varias ocasiones, y me encantaba el sitio, pero no sucedía lo mismo con Laura.
Cerca al desembarcadero nos topamos con Michelle, que caminaba ataviada con algunos efectos en dirección a La Gata Negra. Presenté a las dos mujeres, y ya que Mola se situaba de paso a lo de Michelle, avanzamos juntos por breves instantes, pero ambas estaban al tanto de las laceraciones en mis pies, así que me sugirieron quitarme los zapatos cerrados que usaba y en lugar de eso procurarme unas sandalias descubiertas. Nos despedimos de mi ex compañera y fuimos en busca de ellas. Resuelto ese asunto, ascendimos por el sendero que se desvinculaba de la playa y que, doblando a la izquierda, conducía a los hostales Casa Mola, El Encanto y Gata Negra. Antes de dirigirnos a la alta ubicación del primero, pasaríamos a echar un vistazo al segundo, dado que Fabián, su dueño, había ofrecido previa y telefónicamente un glamping a mi amiga, opción que descartamos al instante por tratarse de una demarcación un tanto confinada y ajena a la fascinación, o a una vista seductora.
Poco antes de vernos con Fabián, se cruzó con nosotros un hombre moreno de estatura promedio, de tal vez cuarenta años, cabello largo indio y oscuro, facciones indígenas y una actitud en extremo agradable. Al instante supimos que era Ramiro. Estaba acompañado de una mujer de nacionalidad alemana, alta, rubia, cabello largo y ojos claros. También avanzaba junto a ellos Ana, la niña a la que conocí un mes y medio antes en la celebración del cumpleaños de Michelle. Ramiro nos instó a subir a su hostal mientras ellos nadaban un rato. Nos indicó que habláramos con Wendy —madre de Ana, a quien conocí el mismo día que a la pequeña—, que había quedado al mando, y que le pidiéramos nos enseñara los espacios disponibles. Después de que el titular apostillara que en la noche tendría lugar una suerte de agasajo en el dadivoso deck, y que yo tenía carta abierta para tocar su guitarra, no vacilamos un instante.
Después de instalarnos en Mola, decidimos dirigirnos a Cabo Tiburón. Nos acercamos al Paraíso, un hotel-bar en la orilla del mar. Consistía en un grupo de cabañas grandes y pomposas que estaban dispuestas alrededor de una piscina de generosas proporciones. En la parte frontal estaba erigido un quiosco grande y muy bien presentado que hacía las veces de bar, y este, finalmente, estaba rematado por una amplia barra en la que un hombre alto, delgado, piel blanca, cabello negro corto, ojos grandes, muy simpático, de nombre Jonnathan, nos sirvió cerveza fría. Estaba acompañado de Álvaro, un tipo moreno, robusto, estatura media, barba llevada prolijamente, bastante cordial.
El primero nos alertó resaltando la importancia de ser en extremo cuidadosos, notificándonos respecto de una turista que un día antes, aparentemente tratando de conseguir una buena foto, subió a una de las inmensas rocas de los múltiples acantilados presentes de camino al cabo. El mar, furioso como estaba por esas fechas, dirigió una de sus colosales e intrépidas olas derribando a la mujer y ocasionándole heridas muy serias.
Charlamos un rato con los dos encargados del bar. Supieron un poco de nosotros, y refirieron ser paisas y vivir muy a gusto en Bahía Sapzurro. Nos despedimos de los amables personajes y continuamos nuestra trayectoria, mas en cierto punto, obedeciendo al calzado poco idóneo de mi amiga, resolvimos dejar esa caminata para el día siguiente, así que elegimos un buen lugar al margen de un mar abierto e indómito, nos sentamos en un gran tronco que yacía sobre la playa, bebimos un par de cervezas más y mientras contemplamos el ocaso caribeño garabateamos verbalmente un poco sobre filosofía, música, el lugar que habitábamos en ese momento, el océano y la vida.
Queríamos nadar un poco más, pero hacerlo en ese punto de álgidos oleajes habría sido una evidente tragedia, así que, cobijados por la noche joven, deshicimos los pasos y nos sumergimos un rato de vuelta en la serena bahía.
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Compartimos parte de la noche en Casa Mola, acompañados de Ramiro, su compañera, y por Camilo, el hombre de actitud irresoluta que conocí en las horas de la tarde. Nos brindaron algunas copas de ron y platicamos y bailamos un poco, hasta que inesperadamente, al parecer por su avanzado estado de alicoramiento, Ramiro rodó por las empinadas escaleras que conectaban el deck del hostal con la planta de abajo, sufriendo cortadas en su pómulo, cuello, espalda, brazos y piernas. Wendy y Laura le practicaron una curación mientras la víctima del accidente lucía más en un estado de estupefacción que de dolor, arguyendo que lo sucedido estaba directamente vinculado con el hecho de haber perdido un amuleto de protección que siempre pendía de su cuello, y que, habiendo viajado por varios lugares de Colombia realizando tomas de ayahuasca —bebida medicinal indígena—, había adquirido en el departamento del Amazonas.
Camilo, bastante embriagado también, se fue a dormir; Ramiro y la extranjera descendieron un piso y se sentaron en el pasillo. Laura y yo permanecimos en el deck de madera, tomamos otro poco de cerveza, observamos una noche estrellada y hablamos de todo y de nada hasta que fuimos vencidos por el sueño.

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