DÍA 121
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-Mario Mejía-
Día 121
Enero 3 de 2023, martes.
El mar besaba las rocas a unos veinte metros de la cabaña. Sobre él, un rojizo disparo de sol penetró el gris de la mañana.
Abaturk habló de un viaje que hizo por Suramérica unos años antes acompañado de tres amigos, y de cómo el recurso económico que lo sustentó se generó principalmente a partir de la práctica de Acro-yoga callejero.
Transcurrían días difíciles para ellos en Ecuador. Maggio, uno de los viajeros —Abaturk se refirió siempre a él como “un genio”—, presentaba complejos números de magia, pero advertían con frustración que el público sencillamente no los entendía.
Hambrientos y con tan solo ocho dólares en los bolsillos, Maggio —que según indicó nuestro narrador tenía una suerte de obsesión con el agua, al punto de la desesperación creyéndose una mortal presa de la deshidratación después de un par de horas sin beberla— se empecinó en que debían usarlos comprando una redentora botella del preciado líquido. Abaturk fue a comprarla, pero en lugar de eso regresó donde sus amigos con un pequeño frasco de aceite para la piel que le costó exactamente ocho dólares. Cuando el avezado mago le reclamó por su inesperada adquisición, Abartuk, que era además un masajista profesional, repuso que con dicha habilidad y un poco de buena suerte saldrían de su preocupante situación económica. Lamentablemente, no fue así y el hambre adquiría cada vez un matiz más aciago.
Se dirigieron pues a una playa para probar suerte con el acro y un rato después de haber entrado en materia escucharon un sonido metálico, luego uno y otro más: no era otra cosa que las monedas que los miembros de una inusitada concurrencia comenzaron a depositar en el cuenco de aluminio que los itinerantes aventureros habían dispuesto sobre la arena con ese fin. Terminada su primera presentación reunieron veinticinco dólares y de ahí en más su devenir se tornó más amigable.
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Caminé hasta Iracas con Ondina y su grupo. Después de tomar algo en el chiringuito, tomaron rumbo al pueblo. Por mi parte, acepté la propuesta de voluntariado que el profe me propuso, consistente en rastrillar y recolectar las hojas secas de la zona de camping de la finca, actividad que me proporcionó la alimentación de ese día.
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“Mientras más conozco a las personas, más amo a los animales”. Este apotegma rondaba mi cabeza.
Pasé el resto del día tramitando —tanto en el pueblo como en la finca— algunos asuntos que debía ultimar antes de una nueva visita a Medellín la mañana siguiente, entre ellos, recoger mi equipo de amplificación, micrófono y demás efectos musicales en Tres Soles, que Fernando —huésped de Johana— me permitió guardar temporalmente; también dejar mi bicicleta en las mejores manos, o sea, en la cabaña de Felipe, en Plan Parejo.

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