DÍA 81
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-Mario Mejía-
Día 81
Noviembre 24 de 2022, jueves.
Supe que en uno de los partidos del mundial de fútbol que corría ese año en el estado de Qatar tuvo lugar algo admirable.
Terminado el encuentro deportivo, muchos de los asistentes se sorprendieron al ver cómo un gran número de japoneses limpiaron el estadio, recogiendo vasos desechables, plástico y basura en general.
Tal vez un día antes —era algo que había presenciado muchas veces— vi cómo la mano de un ser mezquino e ignorante emergió por la ventanilla de un autobús y arrojó lo que me pareció era una bolsa plástica transparente con residuos de fruta.
Para no desparramarme en verborrea a ese respecto, diré solamente que, partiendo de un comportamiento de esa índole —para algunos, al parecer, es un asunto superfluo—, resulta posible atisbar una suerte de pobreza e incompetencia mental, de inferioridad conductual, un exiguo nivel de consciencia cuya incidencia repercute en menor o mayor detrimento dependiendo del escenario en el cual acaece.
Mientras pensaba en esto, observaba, desde algún punto de la ciudad, correr las aguas del Río Medellín, asaltadas por la inmundicia humana en medio de la glorificada civilización.
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Platiqué con Nina María Toro, una vieja amiga con la que, a pesar de establecer contacto con poca frecuencia, se suscitaban inusitados pero gratos encuentros y conversaciones.
Después de leer el escrito en el cual plasmé mi escalofriante encuentro cercano con la muerte, me escribió:
“De los que he alcanzado a leer, es mi texto favorito.
Obviamente, me alegra saber que estás sano y salvo.
Creo que ya sabes: el agua, el mar, los lagos, los ríos…
Acto seguido, aportó una imagen que rezaba:
Ella es agua, lo suficientemente potente como para ahogarte; lo suficiente como para limpiarte; lo suficiente como para salvarte.
Un abrazo, Mr. Writer”.
( Al leer su última línea, no pude dejar de recordar la canción homónima de una de mis bandas favoritas, la agrupación de rock galesa Stereophonics )
Entre otras cosas, me contó Nina que un conocido suyo fue una de las víctimas en un luctuoso accidente aéreo ocurrido tres días antes, el 21 de noviembre, en el que ocho personas perdieron la vida cuando la aeronave en la que salieron de Medellín con destino a Pizarro —un pueblo en el litoral del Chocó—, al parecer, por una falla en el motor, cayó sobre una zona residencial de la capital antioqueña.
La novedad reportada por mi amiga —sumada a mi reciente muerte tentativa— fue una reconfirmación que desató aún más el ímpetu que revestía mi decisión de, más que simplemente vivir, ARDER.

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