DÍA 136
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-Mario Mejía-
Día 136
Enero 18 de 2023, miércoles.
Una vez hube concluido una llamada con Juan Ramírez -como dije, me brindaba gran apoyo con el tema del blog-, escuché en la radio que se había desarrollado una inteligencia artificial capaz de escribir libros y pintar obras de arte. —Está bien, que escriba motones de libros de ciencia y tecnología, pero ¿dónde quedaba el asunto de la sensibilidad inherente al arte? —pensé.
Un par de meses atrás, Isabel me compartió un texto del escritor, biógrafo y crítico literario colombiano Julio César Londoño. Sus palabras me calaron sobremanera:
MAGDALENA SEGÚN MARGARITA
-Julio César Londoño-
María Magdalena nació en Magdala, Galilea, en el hogar de una señora que tenía tierras y un señor que tenía viñas.
Fue objeto de lascivia desde jovencita, en la granja de su padre, cuando les repartía jarros de cerveza a los labriegos que se bebían su sonrisa a lengüetazos y la palpaban como si fuera una fruta cuya madurez dependiera solo de un poco más de sol.
"Sus ojos eran dos fieras atrapadas en la red de sus pestañas; sus labios, casi negros, parecían sanguijuelas hinchadas de sangre", dice Margarita Yourcenar, doctísima en judíos, romanos y mujeres.
Magdalena perdió la cabeza por Juan, que había perdido la suya por culpa de un profeta que andaba predicando la pureza y otras aberraciones. "Amar su inocencia fue mi primer pecado", se lamentaría ella. Ignoraba que Dios es el remedio que buscan los solitarios.
Magdalena y Juan se casaron.
La noche de bodas, ambos temblaban. Ella de lujuria, él de miedo. Había cortejado a Magdalena con la esperanza de ser rechazado y ahora estaba a punto de probar sus más íntimos venenos. Pero el Profeta lo había convencido de que la castidad era más dulce que el pecado, entonces saltó por la ventana y se perdió en la noche.
Húmeda y repudiada, Magdalena corrió por las calles deshecha en llanto y se entregó al primer soldado romano que encontró.
El que ama es inocente, indigente, y vive condenado a mendigar amor.
Luego del soldado vino un posadero que le enseñó la cocina del deseo; luego, un camellero beduino que la llevó a Jaffa y le cobró en besos; luego, un filósofo griego que le enseñó retórica como si fuera un desenfreno más; luego, un marino marsellés que la asaltó en la popa, la embistió como el mar al acantilado y le llenó de espuma los huesos.
En Jerusalén, un fariseo la inició en el arte de la hipocresía, cosmético indeleble. Las matronas de Cafarnaún le revelaron recetas de filtros y marrullas de alcahuetas y le enseñaron cómo hacerles gestos a los hombres con cejas sacadas del corpiño. En Esmirna, un banquero le enseñó el furor que las ostras y las pieles de animales feroces añaden a la piel de una mujer desnuda, y fue motivo de envidia y deseo.
Entonces conoció al Profeta. Era feo como el dolor y sucio como el pecado; tenía los pies callosos de andar por los caminos de nuestro infierno; ojos grandes y puros, únicos pedazos de su cielo que le quedaban, y los cabellos llenos de piojos de astros. Magdalena cayó de rodillas a sus pies, pero muy pronto supo que no podría manipularlo porque no le cabía una culpa más. El hijo del carpintero expiaba los malos cálculos del padre eterno, y no podía borrar de sus oídos el llanto de los miles de niños degollados por Herodes.
Ella lo odió porque le había robado el amor de Juan.
A Dios le enterneció el odio de esa muchacha altanera, inventó números mágicos para verla reír, la defendió de las piedras de los hombres y fue a la casa de Lázaro, el hermano de Magdalena, tocó el cadáver y le devolvió la vida. Entonces Magdalena se rindió y lo quiso como a nadie, pero luego volvió a odiarlo porque no puso sobre ella las manos que hicieron el sol y las estrellas.
Tampoco le perdonó la macabra broma de morir en la cruz, ni la breve alegría de la resurrección, ni su cobarde huida al cielo, y escupió su epitafio: "Él no me salvó de la muerte, ni del mal, ni del crimen, solo me salvó de la felicidad".
Sabina blasfema cuando canta que Magdalena sedujo a Dios y no le cobró.
Los exégetas modernos reivindican a Magdalena como la primera líder feminista de la historia.
Levantar el Vaticano en Roma es la mejor ironía del Profeta; amar a la libertina de Magdala, una bella prueba de su ternura.
Sabiendo más de cocina que de informática y tecnología, y aún con el reporte de la ambición desenfrenada de la inteligencia artificial rondando mi mente, me pregunté de qué manera operaría el algoritmo, qué archivos, qué autores y qué textos de qué épocas escanearía a la hora de "redactar", por ejemplo, líneas de un calibre como este.

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