DÍA 64

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-Mario Mejía-


Día 64

Noviembre 7 de 2022, lunes.



A pesar de la confortabilidad del colchón, dormí escasas cuatro horas. Muy temprano estaba en pie, tras intentar dormir en vano un poco más. 

Ondina me notificó por texto que no pasaría por mí a las 5am, como lo habíamos pactado, debido a un imprevisto.

Me senté en el quiosco a escribir, mientras la esperaba, y un amanecer encendido me tomó por sorpresa a eso de las 5:40am, cual acuarela etérea que esparcía caprichosamente sus tonos pastel por la bóveda celeste, coloreando, finalmente, el mar.

A las seis menos cinco llegó mi amiga y nos encaminamos, con Bruno, nuestro fiel centinela, hacia La Miel. Avanzábamos por un puente de madera que cruzaba un riachuelo cristalino y noté que Ondina permaneció inmóvil durante unos minutos. Al preguntarle en qué pensaba, exclamó:

“Mientras miro el agua, no preciso pensar en nada”.

Retomamos camino y platicamos sobre una experiencia que había tenido lugar unas dos semanas antes. Ondina se ocupaba de poner orden en una de las cabañas de Doble Vista. Al sacudir una de las sábanas sintió que algo la picó en su brazo: se trataba de un arácnido con el cuerpo aplanado y estrecho, de un color marrón —me enseñó una foto en su móvil—, ocho patas, dos pinzas delanteras y una cola articulada terminada en un aguijón venenoso parecido a una suerte de gancho.

Siempre me pregunté si existía alguna diferencia entre escorpiones y alacranes. Indagué al respecto y supe que la divergencia radicaba en el origen de ambas palabras: mientras que el vocablo “escorpión” se originaba del latín “scorpio”, la dicción “alacrán” descendía del árabe “al-ágrab”, que, literalmente, significa “el escorpión”.

Por fortuna, la picadura, aunque en extremo dolorosa —lo equiparó a sentir que la picaron muchas avispas simultáneamente—, no afectó seriamente su salud.

Curiosamente, el mismo día que la picó el alacrán, en las horas de la noche, se topó con una Mapaná. Técnicamente llamada Bothrops atrox, y conocida comúnmente como “mapanare”, “jergón” o “mapaná equis”, es una especie de serpiente de la familia de las víboras, del género Bothrops, presente en la mayor parte del norte y centro de Sudamérica, como también al sur de Centroamérica. Es tan peligrosa, que, según relató, un grupo de lugareños se encargó de matarla, obedeciendo a la arraigada previsión y al miedo que infundía en la región.

Estuvimos de acuerdo en que aquellos dos dechados venenosos fueron una especie de señal muy diciente para ella: 

“Intégrate con la selva respetuosamente”.

De algún modo, sin haber sufrido un infortunio similar en mi propia carne, era un precepto que, desde mi llegada a esas cerriles tierras, había estado tratando de incorporar en mi día a día.


Al llegar a Sapzurro, presas del calor, decidimos hacer una parada en la Cascada la Diana, aquel paraje de aguas frescas, diáfanas y dulces que visité por primera vez con Gilma y Dubán, personajes presentes en la primera fase de mi travesía.

Disfrutamos de ese mágico lugar por espacio de unos treinta minutos y proseguimos.

A eso de las 10am, en la Gata Negra, supimos que Michelle iba de salida. Se dirigía a Casa Mola, uno de los hostales aledaños, donde le extendieron una invitación a desayunar. Estaba acompañada por Andrea, una mujer de unos veintiocho años, de piel blanca, cabello oscuro y largo, baja estatura; lucía lentes. Estaba llevando a cabo un voluntariado en el hostal. También estaba con ellas una negrita hermosa, de nombre Ana —hija de una vecina de Michelle—, una niña de unos cinco años, delgada, pelo muy crespo y una sonrisa plagada de dientes muy blancos y alineados.

Saludamos rápidamente a la cumpleañera, la felicitamos, le entregamos un pastel que previamente conseguimos para ella y convenimos reunirnos en las horas de la tarde.

Michelle y Andrea partieron hacia Casa Mola, y Ondina y yo, hacia La Miel.

Al igual que en el trayecto entre Capurganá y Sapzurro, desplazarse a pie desde este último hasta la frontera panameña implicaba subir y bajar una montaña. En su cumbre, un soldado oriundo del país vecino instalado en una garita nos saludó amablemente y nos hizo un par de preguntas protocolarias. Era un hombre de baja estatura, contextura musculosa, moreno, sonriente y muy cordial. 

Entre otras cosas, nos habló de las mujeres colombianas, ensalzándolas mientras sus ojos adquirían un brillo especial.

“El hombre que tenga como compañera a una colombiana, y se ponga a molestar con otras, es un tonto, pues son las más hermosas y amorosas”, repuso textualmente.

Sostuvimos por unos minutos una conversación politemática que empezó en Colombia y terminó en Panamá, luego de que Ondina, Bruno y yo cruzamos la puerta de acero que dividía ambas naciones.

Era mi primera salida oficial del territorio colombiano, y de igual manera, internacionalizamos a nuestro perruno amigo.

Nos despedimos del guardia jovial, descendimos por la colina y poco tiempo después nos hallamos en una playa de arena muy blanca y serenas aguas de un tono azul claro de ensueño.

Pasamos allí unas tres horas, que repartimos entre disfrutar del mar, practicar un poco de Acro-yoga y procurarnos una botella de vino que obsequiaríamos a Michelle Abaneth.


Como a las 5pm, Ondina, Bruno y yo, estábamos de vuelta en la Gata Negra. Paulatinamente, llegaron nuevos invitados, vecinos y amigos de la homenajeada, con los que compartimos una noche muy especial, disfrutando de la compañía de seres maravillosos, risas, comida deliciosa, guitarra y canción, una chicha de piña fermentada muy bien lograda, aportada por uno de los visitantes, y por el canto nocturno característico de aquel lugar tan mágico.

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