DÍA 122
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-Mario Mejía-
Día 122
Enero 4 de 2023, miércoles.
El día anterior Melissa y Pipe me invitaron a pasar por su propiedad. A pocos metros de allí me topé de frente con un caballo fatigado que tiraba de una carretilla repleta de arena y piedra que sus dos tripulantes habían extraído, muy probablemente, de Playa Regalo.
Luego de tomar un exquisito desayuno preparado por mis dos nobles anfitriones y de guardar la reserva de maní, nueces, ajonjolí y chocolate que me brindaron para el viaje, proseguí hasta el puerto, y sin otra novedad que un notable desajuste en el vetusto puente, la mediana creciente del río, y un ligero retraso a causa de una imprevista ausencia de electricidad en el pueblo, obtuve el boleto de la embarcación. Por primera vez navegaría hasta Turbo durante tal vez dos horas y media para tomar allí el autobús que, según estimaba, me llevaría hasta Medellín en aproximadamente ocho horas.
De camino al desembarcadero, al recorrer parcialmente una de las márgenes laterales del Narciza Navas, mientras observaba una aeronave que estaba presta a despegar, me dije que aunque tardaría tan solo un máximo de una hora en aterrizar en la capital antioqueña, me decantaría siempre —exceptuando un caso de extrema urgencia— por viajar por tierra.
Ya en el pueblo coincidí con Diego Ospina. Había llegado el día anterior a Capurganá después de haber pasado unos meses desempeñando un voluntariado en algunas islas del archipiélago panameño de San Blas. Nos dimos un saludo transitorio y mencionamos el hecho curioso de que habitualmente cuando él llegaba a la aldea, yo salía temporalmente de ella por algún motivo, y viceversa.
La salida de la barca estaba programada para las 11:30am, pero debido al álgido comportamiento marítimo fue efectuada a las 12:20pm.
El muelle era un hervidero de numerosos turistas que entraban y salían de la población.
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Arribé a Turbo a las 3pm. Me saludó un mar marrón cubierto por un manto de fuego. A diferencia de mis anteriores viajes por Necoclí, aquel comprendió casi una hora más de recorrido, el avistamiento de un par de islotes nuevos para mí y dos paradas adicionales, una en San Francisco, un pueblo situado a las orillas del Golfo del Darién, y la segunda en Titumate, un asentamiento en el municipio de Unguía.
Me enteré de que existía una distancia considerable entre el puerto y la estación de buses, por lo que opté por desplazarme en moto-taxi.
Gestioné el tiquete del bus, comí algo en un restaurante en las afueras de la terminal —un lugar austero y polvoriento muy acorde, de hecho, a la aspereza de la mujer por la que fui atendido—, y casi dos horas después, abordo del vehículo, observaba a través del cristal las vastas plantaciones bananeras bañadas por los últimos rayos de un sol en decadencia.

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