DÍA 83
3 6 5
-Mario Mejía-
Día 83
Noviembre 26 de 2022, sábado.
Establecí contacto, después de mucho tiempo, con Silvana Builes, una vieja amiga, mujer brillante a la que admiré siempre por su disciplina, su inteligencia, y por los nobles propósitos hacia los que encauzaba con vehemencia lo segundo, respaldada por su energía y una actitud vigorosa y siempre dispuesta.
Hacía parte de uno de los grupos de difusión mediante los cuales compartía cada pequeño capítulo de mi obra, y al darle una ojeada a la redacción del atemorizante 20 de noviembre de 2022, me escribió dándome un saludo, extendiéndome las gracias por hacer que mis escritos llegaran hasta ella, y exponiendo un interés axiomático en ahondar posteriormente en lo sucedido en la tan mencionada fecha.
Demostró una satisfacción sincera frente al hecho de saberme adelantando el proyecto de construir mi libro, afirmando que —usaré sus palabras textuales—: “sé que tú tienes alma de escritor”.
Me contó que estaba “atrapada en Medellín”, pero planeaba movilizarse una vez más a la India el año siguiente.
En un viaje previo al país surasiático, conoció a Jean Drèze, un economista belga, nacionalizado en India, que, como aclaró, era para ella una profunda inspiración.
Paralelamente a una nueva maestría que llevaba a cabo por esas fechas, trabajaba en la formulación de una propuesta preliminar que proyectaba presentar a Jean en el mes de diciembre de 2022.
El ímpetu que revestía su discurso mientras hablaba de su profe —así se refería a Drèze— me tocó tanto, que opté por citar a mi amiga:
“[...] a mí se me metió en la cabeza ir a aprender algo a la India con Drèze.
Combina varias cosas que no encuentro en los académicos de acá, a los que veo hablando de pobreza, hablando de desigualdad, sentados, tan solo utilizando datos que han sido recolectados por otros, pero no se involucran con las personas a las que estudian, cosa que “el profe” sí hace en la India, y a mí ese trabajo con las comunidades me llama mucho la atención.
Por ejemplo, mezcla la habilidad de manejar grandes cantidades de datos, dándoles sentido y exponiendo la precaria situación social y económica de muchas zonas en aquel vasto país, con sus actividades como investigador y activista social.
Utiliza la información recopilada como insumo para formular varias de las políticas sociales más importantes de la India, como el programa Mahatma Gandhi, que sirvió como precedente para convertir el trabajo rural en un derecho.
A mí me motiva mucho su trabajo cercano a las comunidades; de hecho, vive cerca de ellas, y como ellas.
[No puedo comprender a la gente pobre si no vivo como ellos], sentenciaba Drèze.
Desde hace tres años es mi sueño trabajar con él, construir una propuesta de doctorado y hacer las aplicaciones ya sea en India, o en otro lugar, pero todo bajo su supervisión.
Yo renuncié a mi trabajo hace aproximadamente un año y medio. He estado estudiando, buscando empleo otra vez, pero con muchas ganas de hacer cosas nuevas, de migrar de nuevo: India es una ilusión para mí, es un país tan diverso en tantas cosas, tan complejo también. Obviamente, no lo pinto como el país perfecto, de hecho, está muy lejos de serlo, pero es el país casi perfecto en miras de lo que yo quiero estudiar, que es desarrollo y pobreza”.
Le pedí a Silvana me recordara en qué materia se enmarcaban sus estudios, y prosiguió:
“[...] mi formación es en economía. Trabajé en economía agrícola y rural. Ahorita volví a estudiar aquí, estoy haciendo otro máster, y quiero seguir en la investigación, pero tengo mucho conflicto interno porque me gusta la investigación, mas al ver lo que hacen los académicos de acá como que… —emitió un sonido que, claramente, denotaba desagrado— y este señor es una inspiración. ¡No me preguntes sobre él, porque te mando otro audio súper largo! —hablaba de él con una pasión contagiosa—. De verdad que es un sueño para mí ir a trabajar con él.
Es un señor de pasados sesenta años, pero por la calidad de vida que él tiene en India, como por decisiones que ha tomado, digo yo, se ve un poco acabado. Él vive como un asceta allá —el ascetismo es una doctrina filosófica o religiosa cuyo fin es la purificación del espíritu mediante la abstinencia, la renuncia y la negación del goce material— hace cuarenta años. ¿Sabes?, Drèze vive como los pobres… como esa frase de San Francisco de Asís —fue un santo umbro, diácono, que vivió en los mil doscientos— que dice: [para entender al pobre hay que vivir como él].
En mi celular tengo una foto de él para recordarme todos los días que tengo que enviarle la propuesta, para recordarme que ese es un plan que tengo a corto plazo.
En una entrevista que le hicieron en un periódico belga declaró: [para entenderlos, tengo que vivir como ellos].
Siendo muy joven, trabajó con Amartya Sen, un economista indio de etnia bengalí, laureado en el año1988 con el Premio Nobel de Economía. Ha trabajado y publicado con Angus Stewart Deaton, un economista británico-escocés que obtuvo, en 2015, el mismo galardón que Sen.
Yo lo conocí por Amartya Sen, que ha reconocido en sus libros haber aportado algunas cosas, pero que ha sido Jean Drèze el que ha hecho el grueso del trabajo”.
Dando un giro a la conversación, repuso:
“[...] creo que, tanto para ti, como para mí, la vida aquí, en Medellín, es muy plana. No sé si obedece al tipo de ciudad, o a la clase de trabajo que uno pueda tener, pero es una rutina —y no hay nada de malo en ellas— que no le da espacio a otras cosas que me gustan mucho. Pero bueno, fue una decisión que tomé, hacerlo durante dos años y ya quiero cosas nuevas. Quiero experimentar algo así como lo que tú estás viviendo —continuó—, tomar una decisión radical, irme, enfrentar mis miedos, salir de mi zona de confort, creo que se aprende mucho de eso, el aprendizaje que has tenido desde que llegaste allá —hablaba de Capurganá— debe ser tremendo.
Me parece muy bonito lo de tu libro. Sé que te apasiona escribir, y ahora tienes un proyecto en el que puedes poner en práctica e integrar todo lo aprendido en materia de escritura y música.
Eres muy valiente, Mario, es de admirar, eso no todo el mundo lo hace, explorar nuevas oportunidades utilizando los talentos que a uno, de alguna manera, más le llenan”.
Respondiendo a su interrogante acerca de los motivos de mi súbita decisión de abandonar Medellín, y de cambiar de vida, le propuse leer puntualmente el apartado # 39 de mi libro, del jueves 13 de octubre de 2022, en el cual se condensaban de manera bastante explícita muchas de esas razones.
Después de leerlo, me escribió una vez más:
“¡Uff, me tocó mucho esto! Has puesto en palabras muchas de las razones de porqué yo no conecto con este lugar. Qué valiente decisión la de dejar Medellín”.
Una noche antes de redactar y compartir este texto, le pedí a Silvana me aclarara algunos puntos sobre su actividad investigativa, poniéndola al tanto de mi intención de incluirla en mi libro, y constatando que estuviera de acuerdo con ello.
Horas más tarde, aportó amable y detalladamente los datos que le solicité.
Sobre el ascetismo practicado por Drèze, decidí enviarle un mensaje de vuelta:
“Me asombró sobremanera, lo escuché también en tus primeros audios.
Admirable. Entendí eso que llama tu atención, que es tan importante para ti, y créeme, lo hallo hermoso, ese rasgo tan humanista que lo diferencia de muchos otros académicos que no van más allá de sus acartonadas investigaciones.
Increíble su ascetismo. Pienso que empaparse de esa precariedad socioeconómica de la manera más directa y real posible debe tener una categórica incidencia en su sensibilización. El hecho de vivir esa adversidad en carne propia, probablemente, ha motivado a tu profe a dedicar su vida a investigar, intervenir e impactar positivamente la vida de las personas menos privilegiadas.
Cuando escuché en tu audio esa parte, a saber, que vive como un asceta, me remitió a aquellas cándidas épocas colegiales en las que leí, por vez primera, [Siddhartha], de mi amado Hermann Hesse.
Puede que te suene loco, y seguramente tiene que ver con todo lo que me cuentas de Jean, pero me bastó tan solo ver sus fotografías para poder sentir que ese señor es poseedor de una energía tan inmensa y noble, que queda muy clara tu evidente proclividad a querer aprender y trabajar con él en la India.
Ciertamente, una energía similar he percibido en ti desde el momento en que entraste por primera vez, hace tres o cuatro años, por la puerta de la tienda de instrumentos, en búsqueda de tus panderetas, noche en que tuve la fortuna de conocer a una mujer tan excepcional como tú.
Que la vida te bendiga siempre por esa tenacidad que caracteriza tu imparable sed investigativa, y, sobretodo, por ese enfoque tan humano que, a mi modo de ver, le confiere todo el sentido y todo el valor del mundo”.
Mi amiga escribió de nuevo:
“Si el objetivo era hacerme llorar, lo has logrado, qué bonito como lo resumes”.
Yo creo que has descrito de la mejor manera lo que ese señor inspira en mí.
Él inspira a todos”.
--- --- --- ---
En la noche me hallaba con Aura, Claudia López, Alicia, Juan Carlos Montoya, Juan Pablo Román, Alexa Naranjo, Arturo López, La Negra y Berlín, en un espacio mágico y acogedor, una casa de campo situada en el antes mencionado corregimiento de Santa Elena, a unos cuarenta minutos de Medellín.
Alexa y Arturo eran viejos amigos, y residían allí hacía seis años. Alexa era una mujer de unos treinta y ocho años, alta, morena, cabello negro y largo, en extremo afable.
Su compañero sentimental, Arturo, contaba tal vez cuarenta y tres, un poco más bajo, cabello largo, piel blanca y dueño de una cálida energía. Siempre me dije que era uno de los mejores anfitriones que conocí, atento y preocupado por la comodidad de cada uno de sus visitantes.
Claudia, hermana de Arturo, era una mujer de tal vez cuarenta años, rubia, voluptuosa y siempre sonriente.
Juan Carlos era el esposo de Claudia, un hombre de unos cuarenta y cinco, estatura promedio, piel trigueña, corte militar, simpático.
Su hijo, Juan Pablo, tenía veinticuatro años, ojos claros, cabello rubio y largo, barba, delgado, llevaba muchos tatuajes.
La novia de Juan Pablo, Alicia, era una chica de unos veintiún años, muy blanca, cabello rojizo, baja estatura, curiosa, y, al igual que su pareja, lucía varios tatuajes que inferí habían sido hechos por él.
La Negra, una perrita muy pequeña, peluda y juguetona, era la mascota de Alicia y Juan Pablo, y Berlín, un pastor alemán de gran tamaño, muy inquieto —Juana Barazzutti, amiga en común de Alexa, Arturo y yo, aseguraba que padecía esquizofrenia—, bello y juguetón, era el hijo putativo de nuestros anfitriones.
Mis viejos amigos reportaron el disfrute que les producía la lectura en pareja de mis textos.
Alexa declaró que, mientras lo hacía, había aprendido cosas de las que no tenía idea. Comentarios de ese tipo eran cada vez más frecuentes. Muchas veces provenían de personas que nunca me imaginé que me estuviesen leyendo, y, honestamente, era algo que regocijaba mi alma, alegraba mi corazón y me convencía cada vez más de que algo estaba haciendo bien; de que, sin duda —como lo conversé la noche anterior con Fredy Ochoa—, algo útil estaba aportando a mis lectores, y eso me alentaba a continuar escribiendo incansable y voluntariosamente.
Nos comentó también mi amiga que —ya varias personas me habían expresado lo mismo— cuando leyó mi apartado de noviembre 20, se involucró tanto en mi descripción del tentativo ahogamiento, que casi pudo visualizar la agobiante situación, sintiéndose asaltada por la zozobra y el pánico.
El angustiante evento fue ventilado frente a los allí presentes, que tácitamente me exhortaron a leer en voz alta el texto que lo describía en detalle.
Sorprendidos ante lo apremiante de mi vivencia reciente, y exhibiendo una reacción positiva y gratificante de cara a mi manera de escribir, expresaron que deseaban leer más, así que intercambiamos números telefónicos.
Fue una comunión muy especial en la que se conjugaron la grata compañía, la buena música, el vino, las pláticas diversas y una indulgente chimenea que nos sustrajo parcialmente de la temperatura glacial de la noche.

Comentarios
Publicar un comentario