DÍA 79

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-Mario Mejía-


Día 79

Noviembre 22 de 2022, martes.



A pesar de la comodidad de la cama, dormí intermitentemente.

Como a las 3am desperté y experimenté una sensación que había sido un tanto recurrente hacía un tiempo, sintiéndome desorientado, y preguntándome en dónde me hallaba. Esa madrugada del martes 22 de noviembre, aún aletargado, no entendía porque mi fiel acompañante de todas las noches no rugía a unos metros de mí. Minutos después, me concienticé de que estaba en la casa de mi madre. Di unas cuantas vueltas y dormí nuevamente.

Una vez más —tal vez se acercaban las 4am— abrí los ojos. Sentí la necesidad de orinar, y, de nuevo, no estaba al tanto de mi paradero, pero bastaron unos minutos para asimilar mi realidad geográfica.

Salté de la cama tipo 6am, y después de saludar, me senté a hacer lo que más disfrutaba en ese momento de mi vida: abrir mi modesta computadora y sentir cómo las teclas cedían a la presión ejercida por mis dedos, que operaban como una extensión de mis pensamientos, traduciéndolos en movimiento, y materializándolos al plasmarlos y almacenarlos en un archivo arcaico.  

Platiqué con mi amiga Natalia, que por esas fechas se encontraba inmersa en lo que yo concebía como una mezcla de felicidad, ternura, inquietud y un poco de estrés y preocupación tras la llegada de un nuevo miembro a su familia. Se trataba de Bowie, un precioso y rozagante pastor alemán una raza relativamente nueva, cuyo origen data de 1899 que adoptó después de hallarse en tal búsqueda por un lapso considerable.

Así pues, personalmente, contaba cuatro seres maravillosos allí, a miles de kilómetros de distancia, Natalia, Rebecca, Sarah y el peludo Bowie.

Tratándose de un cachorro, por supuesto, tenía mi amiga bastante trabajo por hacer.

Me contó que, siendo un animal de buen tamaño y maneras eventualmente un tanto contundentes y aceleradas, había terminado —siempre jugando— por asustar a Rebe, la más chica.

Sarita, de cinco años —dos más que su hermana— había manejado la situación con más calma.

En todo caso, era un indudable motivo de alegría la llegada de Bowie.

Pude observarlo en las fotos que me compartió Natalia, y se trataba de un ejemplar adorable, fuerte y saludable.


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Pasé todo el día en la casa materna, escribiendo a un ritmo que, ciertamente, no fue el que esperaba, pues me vi en la obligación de hacer reiteradas interrupciones, presa del sueño ocasionado por no haber descansado muy bien la noche anterior.

Hablé con Juan Esteban y me brindó una opinión alentadora con respecto a su lectura del texto en el que intenté dilucidar la expresión “¡mucha mierda!”

“¡Bárbaro!, sí que pusiste en contexto la frase de los teatreros!”, me escribió.

Mi hermana estaba muy cerca cuando leí el mensaje de mi amigo, y algún comentario le hice sobre el tema, del que había leído ya, de primera mano, en mis escritos, pues era una de las seguidoras que habitualmente había dado cuenta de hasta el último y más reciente texto que hubiese difundido en mis nutridas listas de difusión. 

Se mostró sorprendida ante mi previo desconocimiento de la expresión, y aportó a la plática una nueva que, de igual manera, era nueva para mí: “que te rompas una pierna”.

Luego, supe que esa tenía ciertas raíces —también en la comunidad teatral— que rayaban con la superstición, a diferencia de la connotación histórica y realmente interesante que revestía a la ya expuesta “¡mucha mierda!”

Leí que algunos actores tenían la creencia de que decir “buena suerte” invocaría exactamente lo contrario, por lo que adoptaron el modismo “rómpete una pierna” con la firme convicción de que atraería, por consiguiente, un azar satisfactorio.


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