DÍA 103

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-Mario Mejía-


Día 103

Diciembre 16 de 2022, viernes. 



La vorágine salada cubría parcialmente mi entorno con una densa brisa blanca que velaba la mañana. Inmensas olas se erigían con altivez exhibiendo su solemne verde aguamarina encapotado de crestas blancas y espumosas. Pensé en lo hermoso y peligroso que era al mismo tiempo el mar, como hermosas y peligrosas solían ser algunas personas, cosas y situaciones.

Escribía en el chiringuito y avisté lo que parecía ser un tornado. Hasta ese momento solo había visto en la televisión algunos de mayores dimensiones, por lo que me quedé pasmado al ajustar la retina y comprobar que, en efecto, surcaba el firmamento mientras giraba sobre su vórtice. Retiré mi mirada del cielo en búsqueda del profe y Gloria, que por alguna razón no seguían en el quiosco. Salí a campo abierto y escaneé la zona, pues tratándose de lo que por lo menos para mí era algo supremamente inusual, quería que alguien más tuviera el privilegio de verlo. No obstante, por más que recorrí visualmente la finca, no hallé a nadie. Advertí que avanzaba hacia el Darién, y en vista de que árboles y palmas empezaron a interponerse entre él y mi curiosa mirada, corrí en su dirección. Mientras lo hacía, divisé a lo lejos a alguien que extendía un brazo al frente y sostenía algo en la mano. Me encontré con un hombre de unos cuarenta y cinco años, cabello largo negro, algunas canas, alto, delgado, piel morena y ojos rasgados. Al ver un teléfono móvil en su mano le pregunté si lo había visto, y repuso que no, y que lo que hacía era tomarse una fotografía.

Semanas antes, Alexa y Arturo me habían hablado de un amigo suyo que desde hacía un tiempo andaba en Capurganá. Reportaron también que le hablaron de mí. Esa mañana, mientras corría tras un tornado, lo conocí. Su nombre era Sealkie. En cuanto al parvo tifón, desapareció finalmente en la selva del Darién al igual que muchos de los migrantes que intentaban atravesarlo.

Un rato después platicábamos y tomábamos café con los encargados de Finca Iracas. El nuevo visitante nos contó que había conocido aquellas tierras seis años atrás, y que estaba instalado allí hacía un par de meses. Estaba a cargo de la casa de Prem y Jose —quienes coincidencialmente eran conocidos en común de todos los presentes en el quiosco—, que por esas fechas estaban de viaje en Argentina. 

Refirió ser músico y pintor y nos enseñó algunas fotos con un poco de su trabajo que desde mi desconocimiento en la materia hallé bastante bien logrado.

Sealkie se despidió y continué con la redacción de mis textos.


A eso de las 6pm salí de la caseta dejando atrás la cotidiana escena del profe dictando clases vespertinas de inglés a David, un niño de aproximadamente ocho años, moreno, cabello corto oscuro, muy espabilado.

De camino al pueblo me encontré con Sealkie en Luna Escondida, tal y como habíamos acordado. Efectuaríamos una prueba piloto con el fin de averiguar qué tal se conjugaban mi guitarra y mi voz con sus rudimentos percutivos, interrogante que no fue posible dilucidar esa noche dado que mi instrumento sufrió un percance de carácter electrónico que lamentablemente no pude solucionar en el momento.

Con el ánimo un poco doblegado caminé con el recién conocido hasta La Posada del Gecko, donde disfrutamos un rato de la música en vivo de Gabo Valencia mientras bebimos un par de cervezas. Entre canción y canción, Sealkie y yo brindamos virtualmente con Alexa y Arturo, que compartían en su casa de campo en Santa Elena.

Terminado su número, charlamos con él, Alberto y Alezzio. El segundo era un hombre de unos cincuenta años, nacionalidad italiana, esbelto, piel dorada, actitud maliciosa y cabeza carente de cabello. Era el propietario de aquel establecimiento, al igual que de Luna Escondida. Alezzio era su amigo y coterráneo, un hombre de alta estatura, muy delgado, cabello crespo y cara de poca audacia. Después de conversar un rato en la plaza central, por invitación de los italianos, fuimos a parar al Carambolo, donde bailamos y compartimos algunas copas de ron, cerveza y buena conversación.

Una canción terminó y mientras caminaba desde la pista de baile hasta la mesa en la que convergía con mis acompañantes, dos personas me saludaron desde su sitio. Me acerqué y un hombre negro, de cierta musculatura, cabello corto y rizado, muy sonriente, a quien había visto en Capurganá varias veces, pero con quien no había tratado, me invitó a sentarme y me brindó una copa de ron. Esa noche supe que su nombre era Cristian Espejo. Mientras apuraba el trago corto me percaté de que su acompañante me dijo algo que el alto volumen no me permitió discernir. Giré mi cabeza y me encontré con un rostro femenino precioso, abanderado por una amplia y encantadora sonrisa que exhibía unos dientes grandes, alineados y muy blancos, enmarcados por unos labios rosados y sensuales. Se trataba de una mujer de veintinueve años, delgada, estatura media, piel blanca, ojos enormes y expresivos color miel, cabello corto y claro, de curvas sexis y armoniosas. Su nombre era Laura Greiffenstein, una paisa de ascendencia alemana que había llegado desde Medellín. Cristian residía en la aldea y trabajaba como guía turístico. La hermosa mujer, por su parte, indicó ser economista. Pasé un rato agradable con esas dos personas, al igual que con Gabo, Sealkie y los otros, y finalmente, casi sin planearlo y obedeciendo a un instantáneo y afable nexo, pasé el resto de la noche en el oscuro y solitario muelle con Laura platicando sobre prolíficos temas, escuchando música desde su dispositivo móvil y contemplando el mar y la noche hasta unos minutos antes de que las primeras luces del alba decidieran aniquilarla.

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