DÍA 126
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-Mario Mejía-
Día 126
Enero 8 de 2023, domingo.
Escribía en casa de Aura. En la radio se reproducía una canción de Mecano, una vieja agrupación española de pop.
“[…] Ese algo —que soy yo mismo— es un cuadro de bifrontismo que solo da una faz”. —pude escuchar.
El concepto de [Bifrontismo] llamaba mi atención desde la forma y desde el contenido.
Social – Laicos
Odio – Oído
Eres – Seré
Zorra – Arroz
La tele ves – Se ve letal
Eran ejemplos de bifrontes, que por definición son palabras y frases que cobran un sentido al ser leídas de izquierda a derecha, y otro distinto de derecha a izquierda.
No pude dejar de pensar en otro concepto supremamente interesante, inclusive más, y también más complejo: el concepto de [Palíndromo] —del griego “palin dromein”, equivalente a “volver atrás”, o “recorrer a la inversa”—, consistente en palabras y frases que, independientemente de ser leídas de izquierda a derecha, o de derecha a izquierda, se leen exactamente igual, y significan exactamente lo mismo:
—Dábale arroz a la zorra el abad
—Isaac no ronca así
—Luz azul
—¿Acaso hubo búhos acá?
—Ligar es ser ágil
—¿Somos o no somos?
—¿Son robos o sobornos?
Mi perplejidad fue aún mayor al leer que si escribimos una frase de Bifrontismo al derecho, y luego al revés (como por ejemplo: “La tele ves” – “Se ve letal”), y en el medio de ambas escribimos una conjunción —o enlace de proposiciones— (por ejemplo: “y”), se construye una oración perfectamente palíndroma:
—“La tele ves y se ve letal”.
Otro ejemplo apasionante era:
—“La mina de sal y la sed animal”.
En este orden de ideas, adquiría el Bifronte la calidad de partícula o fragmento de algunos Palíndromos.
Considerando el idioma como un dador eminente de placer y conocimiento, no solo en términos de su vasta prosa y su rima cautivadora, sino inmiscuyendo, además, elementos sorprendentes como estos, se definía para mí como un faro cada vez más irresistible.
Existía un equivalente numérico al extraordinario concepto de Palíndromo: la Capicúa.
Explicado y ejemplificado el palíndromo, algunos ejemplos esclarecían, por sí solos, a la Capicúa:
44
969
3113
15351
710017
9126219
22022022
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“[…] el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida”.
Releí [El drama del desencantado], de Gabriel García Márquez, un texto que me compartió Isabel meses atrás. Me decía que experimenté una situación similar. No me lancé deliberadamente, como lo hizo el desencantado de Gabo, pero el fondo del mar, al igual que el duro pavimento, era mi polo opuesto atrayéndome. Sintiéndome perdido frente a semejante vivencia, me dije que el solo hecho de escribir hasta el fin —ya fuera el abismo o la ponzoña— hacía que valiera la pena vivir la vida.

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