DÍA 129
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-Mario Mejía-
Día 129
Enero 11 de 2023, miércoles.
—Esta décima hace parte de un libro que se llama [Historia e historias de Medellín], de Tulio González. La décima recrea la historia de un man que se mete a una plaza taurina y se pone a torear borracho y con una ruana. El toro lo embiste y pierde el conocimiento. Luego, despierta en el hospital, donde una enfermera muy bonita le pone paños de Aguardiente. Ahí es donde suelta esa décima. —Me escribió Esteban Arroyave cuando leyó los diez versos en mención, incluidos en mi texto # 117, del 30 de diciembre de 2022, y que decidí citar nuevamente para efectos de relación:
“[…] Mas hay tanta oposición
en cambios bruscos como estos,
que entre esos polos opuestos
hay cierta correlación:
Son lo mismo, en mi opinión,
por obra de los infiernos,
cornadas y besos tiernos
que entre todos, y entre hermosas,
las armas más peligrosas
no hay duda que son los cuernos”.
—Terminé el escrito, ya mismo te lo comparto para que me contés qué te parece. Como siempre, atento a tus correcciones y a tu opinión, que sabés es muy importante para mí. —Agregó Esteban, refiriéndose a la segunda —y última— parte de la narración que me había compartido un par de meses antes, y que había expuesto en mi aparte # 86 de [365].
Algunos de mis lectores me hicieron muy buenos comentarios sobre el relato de mi amigo, y hasta me preguntaron por su desenlace, así que, con el consentimiento de Esteban, me permití ventilarlo también:
PAJARITOS DE CRISTAL
Parte 2
—Esteban Arroyave
“No pasó mucho tiempo para que todo el barrio se enterara de lo sucedido, pues así como Marlon, mi hermano y yo fuimos descubiertos, el resto de los que participaron en el hecho también cayeron. Fue el mono el que al final nos sapió a todos con nombres propios.
Después del concierto de correazos, chancletazos, llanto y gritos que los que caímos tuvimos que vivir en nuestras respectivas casas, las mamás de todos acordaron reunir dinero para pagarle lo robado a ese señor, no había de otra.
Mi hermano y yo fuimos sentenciados por nuestra madre a no recibir un solo peso para la lonchera del colegio hasta que pagáramos el total de la plata que ella tuvo que poner para pagarle a la gonorrea de los confites, como quien dice, a aguantar hambre de cuenta de ese viejo hijueputa. No nos quedaron ganas de volver a güevonear.
La única que se negó a dar plata para reponer lo robado fue mi tía, argumentando que ella a ese viejo no le iba a dar un peso, que hasta se lo merecía por mala gente, y que además Ferney no estuvo ahí, que él no haría una cosa de esas, que eso eran puros chismes de la gente envidiosa que siempre veían mal a su muchacho. Cabe resaltar que, irónicamente, todo esto lo dijo mientras se pasaba con la lengua, de un lado a otro, un confite en la boca.
No sé si la ciencia pueda dictaminar si la razón del comportamiento de mi primo, y la evolución delictiva que este fue alcanzando con el transcurrir de los años, tenga que ver con la actitud permisiva y alcahueta de mi tía; si es el destino el que elige a los que serán los malandros del barrio; o si es la sociedad la que corrompe a estos angelitos, el caso es que siempre hubo una excusa en la boca de mi tía para justificar cualquier acusación en contra de Ferney, defendiendo a capa y espada las razones que este le diera.
Pues esa mañana no hubo razones, no hubo excusas, no hubo una bicicleta nueva que su hijo llegara arrastrando con la explicación de que la había cambiado por unos tenis, o un reloj, nada de eso, lo que hubo cuando llegó mi tía llorando a mi casa fue una pregunta, una que salió de sus labios entreabiertos y que pudimos percibir cuando en medio de un sollozo que desgarró su garganta exclamó: —¿Por qué mi muchacho?, ¿por qué?
Pobrecita mi tía, su angelito, alma pura, transparente, diáfana, como la de Edwin, el hijo de doña Marta, y la de Marlon, el de doña Beatriz, pobres pajaritos de cristal impoluto, que mantenían juntos, en misa, dirían ellas si se les preguntase, pues así, juntos, a los pajaritos de cristal, en la cancha de El Chispero, los quebraron a todos”.
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Visité la tienda de instrumentos musicales. Saludé a los muchachos.
Personalmente, brindé a Esteban mi opinión positiva sobre el escrito que recién me compartió.
Lo acompañaban, como era costumbre en esa sede, Juan David y Alejandro. Charlamos por espacio de tal vez una hora e hicimos un breve recuento de nuestras novedades.
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Después de dedicar un rato a la búsqueda de información, fuentes y algunas imágenes para la construcción de mi blog, pasé un rato agradable con Tífany, bebiendo café negro mientras platicamos largo y tendido al resguardo de un cielo grisáceo que se rompía y descendía a la ciudad en pedazos adoptando la forma de gordas gotas de agua.
“[…] me eclipsa. Es como un velo que no me permite apreciar con satisfacción, orgullo y claridad todo lo que soy, todo lo que he construido”, leí en una revista dispuesta sobre la mesa mientras mi amiga regresaba del cuarto de baño. A continuación, nos dimos una calurosa despedida.
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Pasadas las 10pm conversaba con David Pineda, Paulina Franco, Andrés Sánchez, Natalie Decks y Napoleón. Nos hallábamos en Doppler Venue, un bar-galería-vivero propiedad de los dos últimos. Andrés, un viejo conocido, era un hombre de unos treinta años, estatura promedio, piel blanca y cabello oscuro; Natalie, una rubia de treinta y un años, muy guapa, ojos grandes y claros, y una amplia sonrisa; y Napoléon —su pareja—, un tipo al que le calculé poco más de cuarenta, muy alto, blanco e inteligente.
Doppler era un espacioso lugar compuesto por varias salas temáticas. Una de ellas estaba dedicada a [Paisaje Indiscreto], una llamativa exposición de la artista urabeña Andrea Montoya, inspirada en el voyeurismo, una parafilia consistente en la obtención de placer sexual al espiar a una o varias personas desnudas, o teniendo sexo. Una decena de cajas rectangulares dispuestas en las paredes de aquel salón recreaban a la perfección dicha conducta, dotado cada gabinete de un visor a través del cual los visitantes podíamos espiar, pegando el ojo como si de una cerradura se tratara, y observar finalmente del otro lado imágenes bastante sugerentes.
Napoleón me propuso tocar en vivo el sábado subsiguiente, y en vista de que señaló que se encargaría totalmente de la logística y el sonido del evento —mis efectos musicales estaban en Capurganá—, acepté su invitación.

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